por Isma Álvarez Paz | 10/07/2023 | Otros relatos
Se despertó con una sensación de asfixia que sabía de antemano que era tan falsa como angustiosa. Sin venir a cuento, el aire había decidido seguir llenándole los pulmones con normalidad, y a la vez dejarlo con hambre de más en cada bocanada. La razón le decía que no le faltaba el oxígeno necesario para vivir. La ansiedad le gritaba alto y claro que lo que le faltaba era el aire preciso para sobrevivir. Pero como nadie había inventado aún un pulsioxímetro capaz de cuantificarlo, era su palabra contra la del resto del mundo. Al igual que los afectos o las manías, hay saturaciones que son medibles, y otras radicalmente inconmensurables. Y mejor que fuera así. De repente, que sus miserias se pudieran medir en cifras no le pareció buena idea.
Levantó la persiana para ver si lograba refrescar un poco el ambiente. Aquel calor de mierda no ayudaba. Lo único que había logrado era que un vaho infame de humedad pegajosa atravesara la casa regodeándose en una suerte de procesión no autorizada a la que los permisos de la autoridad competente y la propiedad privada le importaban cero. Se asomó con la esperanza de poder respirar con un poco más de solvencia. Un operario se afanaba en baldear la calle. El tipo parecía contento de estar allí. Completamente solo, fresco y bien despierto en lugar de sudando la gota gorda en su cama, maldiciendo las noches tropicales y la madre que las alumbró. De vez en cuando dirigía la manguera hacia el muro desvencijado que rodeaba el solar de enfrente, y el agua a presión, al chocar con los desconchones y la maleza que rebosaba desde dentro, le venía de vuelta en forma de bruma refrescante. Claramente, aquel era un tipo con tablas y un filósofo de la nocturnidad. Uno de los buenos. De los que van al grano y se dejan de zarandajas que no rentan.
Por un momento, le pareció sentir el frescor del agua que bañaba las aceras cinco pisos más abajo. A juzgar por el escándalo que estaban armando, hasta la colonia de urracas que vivía en la espesura de lo que un día había sido el jardín de algún prohombre del que ahora no quedaba ni la memoria, parecía no poder dormir.
Llevaba tiempo con la sensación de haber perdido el rumbo que se suponía que debía seguir. Tal vez fuera precisamente por eso: porque en realidad todo había sido una mera suposición que la realidad, tozuda como ella sola, se empeñaba en dejar en cueros. Allí no había traje nuevo del emperador que valiera.
Lo frustrante de verdad, era que teniendo la certeza de que hay tantos rumbos posibles no sabía cual tomar. Por si fuera poco, era consciente de que sus rumbos carecían de la épica de los que se podían seguir por mar, velas y timón mediante. Lo suyo era más bien una glorieta de polígono de extrarradio con infinidad de salidas. Y como ninguna de ellas parecía llevar a sitios particularmente excitantes, llevaba meses dando vueltas en ella sin decidirse por una. Ni siquiera se había atrevido a tomar una para acto seguido arrepentirse y volver a la rotonda con la cabeza baja y más penas que glorias.
Fue entonces cuando tuvo aquel remedo de epifanía: echaba de menos lo simple que era la vida décadas atrás. O al menos así la recordaba. La mente es tan cabrona que resulta mejor no fiarse en exceso de cómo nos muestra lo vivido. Pero con todas sus malandanzas, sus carencias, y sus asperezas, recordaba aquellos tiempos más floridos. Claro que infinidad de cosas eran peores. Claro que por entonces muchas cosas hoy inadmisibles eran moneda de uso común. Obviamente. Pero ¡qué coño! Por un momento recordó que entonces se sentía infinitamente más feliz. Dormía en paz y se levantaba descansado. Porque aun siendo el mundo la misma cloaca de siempre, las cosas no se disfrazaban de lo que no eran. Porque la razón dentro de la sinrazón tenía más chispa. Porque no tenía nada y lo tenía todo. Porque aquel era el mundo que había conocido. El mundo que había creído inmutable y ahora se iba por el desagüe autofagocitándose en medio de la imbecilidad más complaciente. Inmolándose a lo bonzo por decreto y, para mayor escarnio, con la gasolina y el mechero que había pagado de su bolsillo.
Porque aunque ahora era consciente de que no sabía nada, antaño sabía menos aún. Porque antes el oxígeno y el aire se daban por hechos. Porque aquel lodazal era SU lodazal y no el de ahora, que ni entendía ni quería entender.
Así de simple.
por Isma Álvarez Paz | 04/07/2023 | Otros relatos
Al doblar la esquina todo le pareció aún más extraño. La parte anterior del trayecto, al menos, sí le había resultado vagamente familiar. A lo mejor había pasado por allí alguna vez por cuestiones de trabajo. Eso debía ser. Había pateado muchas calles. Seguramente todas las de la ciudad.
El hombre apoyado en la puerta de aquella zapatería le había saludado muy efusivamente, y un matrimonio de mediana edad que salía de un bar le había dado las buenas tardes. Por la puerta de aquel establecimiento salía un aroma exactamente igual al que había en casa cuando Teresa le hacía tortilla de patata. Por un momento se había sentido tentado a entrar y pedir un trozo. Y puede que también un café. Olía muy bien. A tortilla de patata y café recién hecho. Era lo propio. Pero no le había parecido prudente. Aunque tenía muchas monedas, le dio miedo que luego no le alcanzaran los dineros para poder llamar a casa.
Habían sido escenas objetivamente muy amables. Nada había en aquella calle que diera la más mínima razón para sentirse amenazado. Pero el caso es que llevaba ya un rato sintiendo cómo le saltaban todas las alarmas una por una. Sin razón aparente, el corazón se le desbocaba por momentos y notaba los músculos tensándose uno a uno, como si estuviera a punto de tener que defender su vida a puñetazos.
No sería la primera vez que lo hacía. Como cuando un ratero había intentado quitarle la carterilla donde llevaba la recaudación de las pólizas de seguro que había estado cobrando por un montón de domicilios en el barrio de San Telmo. Aquel delincuente de medio pelo le había roto las gafas, sí. Pero tuvo que huir corriendo con las orejas gachas, un ojo hinchado y sin haber logrado su objetivo. La diferencia es que entonces había encontrado de inmediato una cabina desde la que llamar a la policía para denunciar el intento de robo. Después había pensado en llamar a Teresa para contarle lo ocurrido, pero no quiso preocuparla tontamente. Al fin y al cabo no había ocurrido nada grave, aparte de las gafas y el corte en la mejilla. Peor hubiera sido perder la recaudación y que Don Fernando quisiera descontárselo todo de sus comisiones. Eso habría supuesto muchas semanas trabajando sin ver un duro.
Pero ahora era distinto. Muy distinto. Era como si las fuerzas no le acompañaran, y no estaba muy seguro de poder salir airoso de una pelea. Se dio la vuelta. Miró a un lado y a otro. Incluso se bajó de la acera para ver si se aproximaba algún vehículo sospechoso. Pero no había nadie. No terminaba de encontrarle sentido a lo que estaba viviendo en los últimos momentos. O en las últimas horas. No lo sabía con certeza, porque el tiempo también parecía discurrir de forma diferente. Había tratado de encontrar una cabina para llamar a casa. Llevaba monedas más que suficientes para hacerlo. Muchas. Echó mano del monedero para asegurarse de nuevo de que así era. Se lo había regalado Teresa no hacía mucho tiempo. Por su cumpleaños. Pero de repente se dio cuenta de que el monedero estaba muy ajado. Era como si tuviera muchos años de uso. No tenía lógica que estuviera tan deteriorado.
¿Por qué no había ni una sola cabina en aquel barrio desconocido? Sólo quería llamar a Teresa. A su Teresa. Ella siempre sabía cómo resolver las cosas. Sintió ganas de llorar por el estado lamentable del monedero. Seguro que ella había estado ahorrando un montón de tiempo para poder regalárselo. Era de piel buena. La imaginaba arañando unas pesetas de aquí y de allá, pateando por todas las tiendas para encontrar las cosas más baratas y así ahorrar lo suficiente para comprarle el mejor monedero posible. Y sin embargo él no había tenido el cuidado necesario para mantenerlo en buen estado.
No vio llegar a aquellos dos hombres. Le decían cosas con mucha suavidad, sin aspavientos ni gestos que pudieran llevar a pensar que iban a agredirlo. Uno de ellos lo ayudó a sentarse en un banco, mientras el otro parecía hablar solo. Miró a los ojos al mas joven. Le había puesto una mano en el hombro, y eso le dio tranquilidad. Pero no entendía nada de cuanto le estaba diciendo. Escuchó un tintineo, pero no supo qué era lo que lo provocaba. Se quedó hipnotizado con aquellas luces azules que parpadeaban rápidamente en el techo del coche en el que habían llegado los dos hombres. El que hasta entonces parecía estar hablando solo, se afanaba en recoger algo del suelo.
Miró el reloj varias veces, y se angustió al advertir que era incapaz de determinar qué hora marcaba. Y lloró por el estado del monedero, por la confusión de no saber en qué hora vivía y por no poder llamar a su Teresa para que pusiera orden en aquel sindiós.
Llegó más gente. De repente le pareció entender alguna palabra suelta entre toda aquella jerga incomprensible que intercambiaban entre sí. Alguien preguntó quién era Teresa. Había sido el joven amable que le había puesto la mano en el hombro. El hombre de mediana edad que acaba de llegar se lo explicó, y el joven pareció darse por satisfecho para acto seguido volver a ponerle la mano en el hombro con afecto infinito.
-Tome el monedero, Antonio. Mi compañero ha recogido todas las monedas y las ha metido dentro. Ande, guárdeselo bien en el bolsillo no vaya a perderlo.
Al cogerlo, reparó en su propia mano arrugada y llena de manchas oscuras. Exactamente igual que el monedero. Miró a los ojos de aquel joven, y supo que no iba a necesitar cabina alguna a pesar de tener monedas suficientes. Ahora fue el hombre de mediana edad quien le puso la mano en el otro hombro.
—Vamos a casa papá. No pasa nada. Todo está bien.
Antonio fue consciente por un instante de que al llegar a su casa, donde quiera que estuviese, Teresa no iba a estar esperándolo. Y dejándose llevar, suplicó al cielo para que le retirase aquella cordura momentánea lo antes posible y así poder volver a pensar en llamar a su Teresa.
Para eso llevaba siempre monedas de sobra.
—–
FIN
por Isma Álvarez Paz | 01/07/2023 | Otros relatos
Facebook logra que uno se vaya volviendo cada vez más estoico. O sea, que ante la otra opción, que es coger un escopeto y subirse a la azotea a dirimir pequeñas diferencias usando argumentos del calibre 12, pues pasas más de todo y tratas de que ni frío ni calor. Con escaso éxito, por otra parte. Y esto pasa porque las tipologías más irritantes de usuario jodelón están ahí para alimentar el fuego interno, el mecagoentumadrismo en general y el «¡Te bloqueo, leche! ¡Te bloqueooo!». A lo Ruiz Mateos, pero sin dar aquella minitoña absurda que no pasaba de ser un soplamocos de Aliexpress que como mucho te saltaba las gafas del sitio. Que ya ves tú qué mérito. Y todo porque Facebook carece de botón «Hostiar», lo cual es una grave carencia.
Usuarios jodelones que fomentan el estoicismo (o el francotiradorismo en azotea fija):
El Cuñao impenitente: (no precisa más comentario)
-¡Jajajaja! ¡No se dice «estoico»! Se dice Stoichkov ¡Hijnorante! ¡Vaya jurgolista más bueno!
El poeta que lo peta:
Cree que escribe con la sensibilidad del Lorca que surca el alma de Iberia, pero no pasa de moñas que hurga en la porca miseria. Mil ochocientos adjetivos mierder para decir que «hoy ha amanecido mu bonico». Se distinguen de los buenos porque dan ganas de preguntarles si están de coña y por qué escriben siempre el mismo poema cagao y pintao al anterior, y más previsible que el capítulo de Pocoyó donde explican los códigos ocultos de un semáforo.
El / la justifiqueitor:
Eso es un no parar de airear y justificar sus mierdas personales en las que hasta ese momento nadie había reparado, haciendo que sus publicaciones no tengan ningún Me gusta pero a la misma vez la vean cienes y cienes. «Mira bonita: a tí, SÍ, A TI TE DIGO. ¡jajajajaja! Mira, lo del bolso robao en el Hipercor es una cosa que la dices tú, porque en realidad yo solo estaba probando si funcionaba lo de la alarma que hay a la salida, y resulta que sí. Pero ya te pillaré, ya… Por cierto, ya no estoy con Paco, pero porque lo he dejao yo, no porque él sea segurata en el Hipercor ¡jajajajaja!».
Los implicaos a muerte y a tope con to lo bueno, y en contra de to lo malo:
Eso es un monotema constante. Lo mismo te conciencia acerca del clima, que te explica por qué es una idea cojonuda el coche eléctrico, los sitios donde te puedes informar de las cosas, o a quién tienes que votar pa hacerlo correctamente. Eso hay que tenerlo constantemente en modo «Dejar de joder la marrana 30 días». Son los Cervantes de la tocahuevez. Los Einstein del jartismo integral, y las Gracitas Morales del «¡Hay que ver el señoriiiito!». Lo bueno y lo malo, por si no queda claro es lo que les salga a ellos del chochopíter, o lo que les escriban en el argumentario en la columna de «bueno» y «malo».
Los de la conciencia elevá:
Se definen a sí mismos como «los que hemos despertado». Se supone que han despertao a la verdad del sentido de la vida y el universo, pero mayormente pa mí que se despiertan como todo Dios: con legañas, greñas, dolor de lomera y halitosis en grado variable. Eso sí: una halitosis consciente, unas legañas que creen que son el lacre que una vez retirado abren el sobre de la plena observación del universo, unas greñas que son la prueba de un sueño conectado y placentero, y un dolor de lomera que les está «enseñando algo». Efectivamente: te está enseñando que te duele la lomera. Igual es por el colchón o algo. Y lo de las legañas es porque al quitártelas te se abren los párpados y ves. Qué pereza todo.
El ultraactivista del activismo más activo:
No sabes muy bien de qué viven, ni cómo es posible que pongan todos los días decenas de publicaciones a las que nadie reacciona. Por lo que sea. Por alguna razón. Porque no los aguanta ni Píter. Por algo.
El «Me piro de Facebook, y esta vez va en serio»:
Mentira. No se pira ni con salfumán. Se va de Facebook los lunes miércoles y viernes, y amenaza con irse los martes, jueves y sábados. El domingo pone fotos de comida. Desde 2009 yéndose de Facebook, pero ni pa Dios. El caso es que de vez en cuando miras a ver si es verdad que se ha ido o qué. Pero no. A lo más que llega es a irse a las 14:00 y volver a las 18:30. O sea, que como mucho se pira pa echar la siesta. Pero luego ya, vuelve a dar la matraca con que se pira.
Hay muchas más, claro. Por eso no me piro de Facebook. Porque hay variedad y eso es como tener un huerto que lo mismo te da churros que cebolla sabor frutos del bojque.
Y citaré otra tipología más que es la de «Te ha faltao en esta lista el que pone fotos de botijos y carburadores de Seat 127».
Y, naturalmente, la de «Pongo todos los años los mismos memes de Julio Iglesias desde el 15 de junio hasta el 10 de agosto»
Nos ha jodido julio con sus flores.
por Isma Álvarez Paz | 28/06/2023 | Otros relatos
Hay una cosa que me trae a mal traer: los avatares estos que te permiten hacer las redes sociales a tu supuesta imagen y semejanza.
Los avatares Son unos moñecos que puedes personalizar para que se parezcan a ti, y luego puedes ponerlos, por ejemplo, en un post con un megáfono en la mano, haciendo como que dicen cosas a grito pelao como queriendo decir que el mensaje es muy importante. Spoiler: NO, NO LO ES. La importancia del mensaje es SIEMPRE inversamente proporcional al nivel de megafonismo del avatar (Primera Ley de Pollard Monguerson, también conocida como «Ley del que si quiere bolsa, señora»).
A los avatares les puedes elegir el corte y color de pelo, el asunto racial, la indumentaria, los complementos, los labios más o menos salchicheros, la perilla, el bigotillo a lo Adolf, o lo que se te cante. A veces hay que reconocer que aparece alguno que guarda cierta similitud remota con el titular. Por ejemplo, porque lleva gafas. Es normal, porque los avatares son como la realidad, pero maquillada y explicada por un político.
He llegado a ver avatares de personas no racializadas (que es la forma guay de decir «blanco/a occidental») que por lo visto se autoperciben como personas subsaharianas del mismo centro del Subsahara. Pero más que a un problema de autopercepción lo achaco a un problema de falta de pericia con el esmarfón a la hora de currarse su propio avatar, y luego les sale una Florinda Chico de Sierra Leona cuando lo que buscaban era algo más rollo Audrey Hepburn, «porque me doy un aire a ella». Un aire dice… Será en que Audrey desayunaba con diamantes y usted desayuna Chiquilín de marca blanca untá con manteca pa mojar en el Nescuís. Virgensanta, qué pedrá tienen. ¡Que no, señora! ¡Baix!
Esto es normal que pase cuando de foto de perfil de Facebook te pones una que le hiciste con la cámara del móvil a una Polaroid de cuando Naranjito era un boceto y Heidi todavía no estaba ni dada de alta. Que luego la realidad se te deforma a lo tonto y tus compañeras de la escuela -esas señoras mayores que a veces te saludan en las redes- te dicen cosas como «Estás igualita, Mary. Por tu Polaroid de cuando el Torete hizo la comunión, no pasan los años». O Luego cuando quedáis para la cena de antiguas alumnas, todas te piden que lleves la Polaroid en la pechera para que te puedan reconocer. O que hagas el favor y ya que vienes del pasado remoto les traigas una Mirinda. Que en el presente ya no las expenden en los ultramarinos, nena.
En serio: no pongan de foto de perfil una Polaroid de cuando las Polaroid se hacían al óleo. No. ¡QUE NO! Mayormente porque el mensaje que lanzan es: «a pesar de disponer de un esmarfón con cámara de alta resolución con el que podría hacerme un selfie sin ningún problema ni dificultad técnica, estimo que es menos bochornoso poner de foto de perfil una foto de una foto de cuando Mazinger Z todavía iba a la escuela de roboces de combatir el mal. No vaya a ser que mis conocidos, que me ven a diario, sepan como soy y se partan el hojaldre a mi costa.
Luego se preguntan por qué a las demás personas humanas al ver su perfil les vienen a la mente cosas como «¿Por qué esta persona, a sus años, usa como avatar una caricatura de Vrizni Espirs de Aliexpress?»
Fascinante…
por Isma Álvarez Paz | 18/06/2023 | Otros relatos
Despertó a eso de las tres de la madrugada para no perder las malas costumbres que la acompañaban desde mucho antes de lo que podía recordar. Ya ni siquiera se molestaba en mirar el reloj. Sabía que eran las tres, y ya. También sabía que eso no tenía marcha atrás. Invariablemente, a la hora en que se supone que los espíritus se ponen a la faena de atormentar a los vivos y avivar los miedos en toda alma que pillen desprevenida, cada noche, y si había suerte tras menos de cuatro horas de sueño, volvía a la realidad sabiendo que ya no tenía opciones de dormirse hasta que el minutero diese al menos veinte vueltas completas. Veinte. Y todas ellas cargadas de la certeza absoluta de no saber qué hacer con ellas ni con todas las vueltas venideras.
«Céntrate. Enfócate en aquello que quieres». Había gastado una fortuna en oír miles de veces esa frase u otras parecidas en un cargamento de terapias de colores que en el mejor de los casos habían tenido efecto para unos pocos días, y ya. Algún avance había logrado con ellas, sí. Pero ninguna sobrepasaba el umbral del corto plazo. Al parecer, era porque no se centraba ni enfocaba lo suficientemente bien. Ya le daba exactamente igual. Ni por la vía del esfuerzo, ni por la de dejar las cosas correr tratando de no influir en ellas, ni tampoco por la de la indolencia absoluta. Centrarse y enfocarse, ¿en qué? ¿Cómo centrarse, y no digamos ya enfocarse, en algo que no sabes qué es?
¿Café poco después de las tres de la mañana? Pues sí. De tener que pasar vigilias forzosas, elegía hacerlo bien despierta. En eso sí que tenía el foco bien puesto. En materia de vigilia, nada de medias tintas. Las horas siguientes las dedicaba a tratar de reducir la altura de la pila de libros y revistas pendientes. En realidad hacía tiempo ya que no era una pila, sino una estantería sueca casi al completo.
Cuando se cansaba, ya de amanecida, hacía el mismo ejercicio de masoquismo de cada jornada, y echaba un vistazo a las redes sociales. Le resultaba fascinante visitar aquellos perfiles de gente que cualquier persona ordenada catalogaría como «imbéciles integrales». Seres de todo color y pelaje cuya principal característica era, esencialmente, la necedad en el más clásico sentido del término. Gritones, eternamente enfurecidos, con la verdad siempre agarrada por las pelotas y con la exasperante capacidad de quebrar la paciencia del más entrenado monje Shaolin.
Desde tipos empeñados en corregirle la conducta a todo ser moviente a razón de media docena de faltas de ortografía y una idiotez sin pies ni cabeza por cada línea escrita, hasta iletrados cum laude exhortando al resto de la humanidad a que «lean y se informen». Cosas veredes.
En categoría aparte estaban los trastornados puros y duros. La mayoría resultaban tan inofensivos como incomprensibles. Pero eran fascinantes.
Por último visitaba a los de la secta del efecto Dunning-Kruger. Estos sí que eran fascinantes de verdad. Gentes de nulas capacidades pero con una sorprendente autopercepción de genialidad. Muchos de ellos militaban también en la categoría de fanáticos e imbéciles integrales. Pero los buenos de verdad eran los pacíficos. Los que, sin gritar, estaban convencidos de estar en posesión de ideas y descubrimientos inimaginables para el resto de las criaturas del universo, que se limitaban con total pasmo a no reaccionar ante semejante alarde de la nada más absoluta e irse despacio, en silencio y sin dar la espalda. Por lo que pudiera pasar.
Era curioso. Aquel ejercicio de autoflagelación le daba paz e ira a partes iguales. El balance, por tanto, era claramente negativo. Pero, aun así, repetía ese ritual de autoagresión cada día y hallaba cierto consuelo en ver que hay gente que, aunque sea en la idiocia, el fanatismo, la bilis escupida a presión, o el vacío más apabullante, sí que es capaz de centrarse y poner el foco con absoluta precisión. Y sentía envidia por ello a la vez que pensaba que siempre está bien comprobar que existen otros estercoleros diferentes a los propios, cada cual enmarañado en su propia madeja.
Que no es poca cosa.
por Isma Álvarez Paz | 16/06/2023 | Otros relatos
Hoy me contactó Patricia Veronique, que es de esa clase de estafadores que se lo curran de verdad de la buena. Lo primero escogiendo un nombre molón (Patricia Veronique Jennifer) y lo segundo poniendo de foto de pefil la enseña nacional, como queriendo indicar que es más de aquí que la morcilla o las puñalás traperas en época de precampaña, campaña y postcampaña electoral. Y en todas las demás épocas.
En esta ocasión, se trataba de la milmillonésima herencia que me querían dar porque al parecer está afectada de una terrible enfermedad estandarizada y además entre comillas. Y por si no era bastante, «casi» vende su compañía petrolera (por un pelín no la vendió), y tiene las perras en una cuenta bloqueada, que ya me dirás cómo coño me iba a hacer el Bizum. Total que quiere darme parte de las perras, y el resto pa fundar cosas como centros de bienestar y clubes. Vamos, que la va a doblar, pero tiene vocación de crear una cadena de hacer la caidita de Roma por todas las carreteras nacionales y políganos.
En fin, resumiendo: lo primero el coñazo que me suelta: (cada vez son más abnormalers, la verdad).
«Buen día Mi nombre es Patricia Véronique Jennifer, encantada de conocerte. Soy belga y actualmente estoy internado en Francia. tengo 61 años Gracias por su pronta respuesta, Dios los bendiga. Tenía que contactarte de esta manera porque quería hacer algo muy importante. Te parece un poco extraño, incluso si no me conoces. De hecho, estoy sufriendo de la enfermedad estandarizada «CÁNCER», que es la etapa 2, el médico me acaba de decir que mis días están contados debido a mi estado de salud. Tengo esta enfermedad desde hace más de 01 años. Mi esposo murió y yo no tuve oportunidad de tener hijos porque perdí a mi esposo ya nuestra única hija en la guerra de Irak. Donaré todas mis posesiones. Casi vendo mi negocio a mi compañía petrolera, parte del dinero se destina a varios clubes, centros de bienestar y huérfanos sin hogar. No sé en qué campamento estás, pero quiero ayudarte a ayudar a otros. En mi cuenta privada, que tengo bloqueada, hay actualmente una cantidad de 878.200 euros que tengo reservados para el proyecto de construcción del orfanato. Estoy agradecido de darle este dinero para desarrollar sus proyectos. Honestamente digo mi sueño, por supuesto que quiero donar, pero también quiero crear una fundación (orfanato) para ayudar a los niños desfavorecidos. Niños sin hogar, niños sin tutores legales o padres. Siempre he tenido estos sueños y quiero que alguien me ayude a lograr este sueño. Mi padre espiritual me aconsejó elegir a alguien que no conozco. Por eso te elegí a ti. Le sugiero que guarde 278.200 euros para necesidades personales y 600.000 euros para establecer una fundación para el cuidado de los huérfanos, un orfanato. Acepta esto como si fuera mi regalo para ti y sin s»
Como en ese momento no podía atenderla como es debido y luego se me pasó por completo, varias horas después me dice:
«¿Estás interesado en mi donación?»
Y uno, que no es de piedra, pues ya tal:
Estimada Patricia Veronique Jennifer: en nombre de mi compañía Seguros y Reaseguros La Pústula Dolorosa International Ltd., quiero manifestarle mi pesar por su inminente óbito a causa del «cáncer» entre comillas, que ya imaginamos que tiene que ser una cosa muy difícil de llevar, puesto que si ya el mero hecho de diñarla es una cosa muy chunga, hacerlo entre comillas tiene que ser ya la repanocha. Eso es tener más mala suerte que el que le compró un Navidul a Bertín Osborne y le salió salao. En otro orden de cosas, estamos en condiciones de ofrecerle nuestro magnífico seguro de defuncionamiento entre comillas «Total Morition Plus» que, sin lugar a dudas, en su terrible situación es una cosa muy recomendable. Ahora, por cada póliza «Total Morition Plus» le regalamos sin coste alguno unos magníficos adhesivos reflectantes de alta visibilidad para féretros, muy útiles en caso de que el cortejo fúnebre se vaya a desarrollar de noche y/o en algún lugar insuficientemente iluminado. Aproveche esta oferta imbatible hasta final de existencias, y sobre todo antes del final de su existencia. Nos lo quitan de las manos. Nota: respecto al asunto de la donación, pasando que no veas las hostias que pegan aquí con el tema de Sucesiones y Donaciones. Te dejan con las aurículas temblando, prima. No me iba a quedar ni pa comprar una huertina en medio de una escombrera. Hala, alegrándome y que haiga salú. ¡Ay no, calla!
Hasta las criadillas me tienen ya.