¡TE HAS QUEDAO SIN PAQUETE, MANOLETE!

¡TE HAS QUEDAO SIN PAQUETE, MANOLETE!

Hoy venía de la radio tóo contento, que me lo he pasao mejor que Pocholo en un amagüestu, e iba mirando el esmarfón cuando de perrente vi un video de una moza que va repartiendo justicia a dos manos por el metro de algún sitio de Rusia. El tema es que la rutilante joven, en cuantis que ve que el personal masculino va haciendo mansplaining, que es ir con lo que es el arco de triunfo con un ángulo entrepatal excesivo en el transporte público, pasa a la acción ipso facto y no se anda con menudencias.

Concretamente, en cuanto que estima que tienes el piernamen demasiado abierto, pues te afea la conducta echándote agua con lejía sobre la portañica, que te pone a la moda el pantalón en un pispás a la misma vez que te hace un blanqueamiento escrotal, y si tiene puntería, otro anal. Que está muy de moda. Es muy lógico, y da mucha calidad a la acción reivindicativa, aunque la lejía me parece poca cosa. Yo echaría ácido sulfúrico o aceite hirviendo, que da mucha más impresión y directamente se te disuelven los güitos. No vuelves a hacerlo más en la vida.

Desconozco si esto lo aplica preguntando previamente si eres cis, meta, homo, meta, trans, tripi, o armario empotrao. Que estaría bien porque de esa manera no sé qué diferencia iba a haber, pero estaría bien igualmente.

-Disculpe, amable indeseable que va con el piernamen en ángulo excesivo, ¿Podría indicarme con pelos y señales el asunto de su identidad de género, y si carga a babor o a estribor? Es pa un trabajo del cole.

-Pues yo soy un señor que…

¡ZAS! ¡TE HAS QUEDAO SIN PAQUETE, MANOLETE!

Y por eso a los actos reivindicativos hay que darles calidad mediante el uso de métodos químicos o biológicos. Yo como soy alérgico al ácido sulfúrico y al aceite hirviendo en el entrepato, pues no puedo prestarme a ello.

Pero me he hecho el firme propósito de no volver a subir en la moto haciendo mansplaining a lo tonto, dejando las piernas asomando pa’l mismo lao, que queda súper cuqui porque vas conduciendo ahí como que todo te la trae al pairo. Aún no pude hacerlo con las piernas cruzadas porque me se pilla un huevete contra el sillín y se pasa mal cuando te paras en los semáforos o pasas por una rotonda.

La ventaja es que ningún señor con gorra intenta venderte klínex. Es como que captan el mensaje.

¡Qué día más güeno, rediós!

 

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Cada queja con su pareja (microrrelato de ovejas)

Cada queja con su pareja (microrrelato de ovejas)

Las modernidades son cosas de mucho interés. Casi se podría decir que son cosas del copón. Hoy en día, si no tienes pareja pero sin en cambio la buscas, ya no hay que ir como antes a los bares, a la sección de chocolates del Pryca, a un naiclús, o a apuntarse al coro parroquial. Eso pertenece al pasado, y está caduco. Es casi, casi, fascista.

Conozco a una persona que encontró a su pareja por el Wallapop, que estaba de oferta. Mal no le debió ir, porque aluego en los comentarios puso: “Muy recomendable. Como pareja es una caca, pero luce mucho en las recepciones del embajador, de consumo no está mal, y de chapa y pintura está regular tirando a fatal. Se opina “de que”, y por las mañanas le huelen las fauces a fosa séptica. No cambio a mi pareja por nada. Es completamente imbécil “.

El vendedor, por el contrario, se convirtió al Budismo-Leninismo en agradecimiento por los favores recibidos y en la actualidad es librepensador pero no mucho, y se dedica a graznar por los foros de Internete a cambio de unas migajas y algún bocata de choppedpork.

Lo de la pareja es una cosa curiosísima que merece profundos estudios. De hecho es algo que suscita infinidad de preguntas para los estudiosos de la materia:

“¿Qué hace ese ceporro con semejante jamelga?”, “¿Qué le habrá visto”? -aquí siempre surge alguna observación referente al tamaño de la pichurrica, o a las habilidades amatorias.

Incluso hay quien no se hace preguntas porque tiene las respuestas directamente:

“Casose por el interés”, “¡Probe! ¡Cómo lo engañó! Si le quitas el culo, el pechamen, la cara, el tipín la inteligencia y el carácter, sería fea, tonta, y desagradable”

Yo lo que recomiendo es llevar a tu posible pareja a una boda y someterla a pruebas científicas irrefutables: he visto en las bodas a señoras hacer escáneres y resonancias a otras señoras sin quitarse las gafas ni nada.

Eso no puede fallar de ninguna manera, porque ya puedes saber, pero fijo, si tiene alguna tara o defecto importante.

Luego no os quejéis.

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Legados

Legados

Se levantó más o menos en la misma línea de siempre. La cabeza a vueltas, los huesos doloridos, y la conciencia inquieta de centrifugar las mismas cuitas mientras enredaba las sábanas sin remedio. Las mismas creencias tantas veces remachadas en lo más hondo como si de verdades universales se tratara.

El mismo café aguado y sin gracia. La misma rutina repetida hasta verse convertida en liturgia sin oropeles ni mayor gloria. El mismo ascensor, que iniciaba cansino el descenso y terminaba en una sacudida seca. Aquel zarandeo le servía como recordatorio de que, desde aquel punto, había de mantenerse alerta. Había aprendido que la vida había que vivirla en permanente alerta. No más engaños. Nunca. A él ya no le engañaban.

La calle hervía de gente gris, cada cual rumiando sus propias penas. El trabajo: el mismo trabajo de siempre, pero como novedad peor pagado cada día. Un día tras otro. Las letras no dejaban de llegar. Y ya ni tan siquiera lo hacían en papel. Ahora eran puras secuencias de bits fluyendo para componer la más anodina de las sinfonías y la más imbailable de las zarabandas. Trabajar para poder seguir trabajando. Cumpliendo a rajatabla las expectativas que como ciudadano se le suponían.

Y todo por el bien común. El sacrosanto y perfectamente violable bien común. Ese abrevadero donde las alimañas espantan a las manadas que se atreven a acercarse para saciar las sedes o, si se da el caso, regalarse el más lúdico y gratuito de los revolcones. Y eso a veces salía caro. Casi siempre, de hecho.

Alimañas a las que antaño aclamaban las masas, sabedoras de que eran ellas quienes iban a recibir el influjo benefactor de quienes las guiaban por el buen camino. No podía ser de otra manera: eran los guardianes de las esencias de la manada, aunque ellos jamás hubieran formado parte de ella, y fueran por libre, ajenos a toda norma. Siempre por el bien común.

El autobús. Podía caber más gente, pero no más desesperanza. Había espacio de sobra para las carnes que cada cual arrastraba, pero no para más carencia de perspectivas e ilusiones. Las ilusiones hacía tiempo que cotizaban muy a la baja para compensar el latrocinio en alza permanente. Esa gente sí que sabía. Alerta. Siempre en alerta. Nunca se sabía cuándo te podían robar la cartera, o sacarte lo que te quedara de valor.

La misma oficina de siempre. La misma gente de siempre, aunque las caras cambiasen con frecuencia. Una vez aprendido el oficio, lo suyo era recoger los bártulos e irse con la desesperanza a otra parte. Pero siempre atendiendo el pago puntual de las letras que seguían llegando incesantes. Aquello era sagrado. De lo contrario el sistema implosionaría, y ello podía tener graves consecuencias. Eso jamás. Sería el caos. El perfecto caos.

Agarró el teléfono para empezar a ofrecer aquellos productos de mierda que no servían a más propósito que a encadenar a nuevos clientes. Más letras a cambio de la felicidad efímera de poseer lo que no se precisa en absoluto. Diez llamadas. Veinte. Cincuenta. Toda la mañana repitiendo la misma letanía. Habían caído media docena de incautos. No se había dado nada mal.
Estaba satisfecho. El orden artificial de las cosas seguía su curso, como debía ser.

Colocó la silla en su sitio. Abrió el cajón del escritorio. Allí estaba. En el mismo sitio donde había estado los últimos quince años. Lo mismo de siempre. Abrió la caja de latón descolorida que una vez había contenido píldoras de regaliz. Un diente de leche y una canica de las de colores. Se la había ganado hacía décadas al matón de la clase. No se lo había tomado con deportividad, y aquel diente le había saltado de la boca como cortesía de aquel bigardo sin principios. Por eso desde entonces había estado siempre alerta. Siempre. El sobre diminuto que albergaba el último regalo de su madre, reposaba en el fondo mellado de óxido. Sonrió al sacar la llave, y aquella nota escrita con el pulso tembloroso que había acompañado los últimos meses de su madre.

Era la letra de una anciana prematura comida por el tormento de la desesperanza. Nada que ver con lo que ella había sido en realidad:

“Hijo. Poco tengo que darte, aparte de disgustos. Poco valgo ya, y siento que nada pinto aquí. Esta es la llave de la casa de tus abuelos. Tuya es, para que nunca olvides que siempre puedes volver a las raíces. A tu casa. Allí viven las esperanzas y los sueños que tus mayores no supimos tener. Por si quieres regresar y tomar lo que es para tí, y dejar ir lo que ya no es sueño, sino pesada carga.

Espero que algún día me perdones y sepas perdonarte.

Te quiere:

Tu madre”

Lo había encontrado en la mesita de noche, junto a los mil fármacos que habían prometido ayudarla. Pero era imposible ayudar a quien no quería ayuda alguna. Estuvo a punto de preguntarle al juez si podía quedarse con aquello. El dolor aviva este tipo de estupideces. Acababan de llevarse el cuerpo de su madre, y nada tenía el juez que entrar a husmear en aquello.

Guardó el sobre en el bolsillo. Era ahora. Era ya.

Miró atrás. María resoplaba colgada del teléfono, angustiada por no cubrir los objetivos del día.

– ¡Eh!

Le miró, sorprendida, mientras trataba de coger aquella caja que venía volando hacia ella.

-¿Y esto?

-El mapa de regreso. Para que no te pierdas

-¡Desde luego, eres un chiquillo!

-¡Exacto!

Oyó la puerta cerrarse tras él, y supo que era el momento. Y mandándolo todo al cuerno se desnudó de aquel confort asfixiante y castrador.

No más engaño. No más alerta. No más control. No más. Ya no.

Y saltó a aquel vacío lleno de posibilidades que su madre le había dejado como última voluntad y más valioso legado.

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Keep karma y otras pilosidades

Keep karma y otras pilosidades

Hay muchos ejemplos de karma. Por ejemplo cuando hay almóndrigas y te las comes de incógnito directamente de la pota (o perol), y se te cae una porción de grasilla en la pechera, que te queda lo que se llama una pechera Versallesca. Esto es, llena de lamparones.

En mi caso acabo de sacudir la manta del perro habiendo calculado previamente la dirección y velocidad del viento, así como las corrientes de convección interseccionales, y el precio medio de la luz. Según mis cálculos, los pelos deberían haber salido en dirección Sotrondio aproximadamente, quedando depositados en los montes intermedios donde servirían de materia prima para que las aves de la zona puedan hacer acopio de materiales para sus nidos, que los hacen con las mierdas que se encuentran por ahí.

Lamentablemente mi mujer ha abierto la puerta de la terraza, provocando unas fuertes corrientes de chorro, que por algún puto fenómeno de inversión eólica ha venido ha provocar un curiosísimo resultado por el cual unos 400.000 millones de pelos rubietes me se han incrustao directamente en el careto, en la glotis y en las fosas narizales, que ahora parezco Pocholo viniendo de San Mateo.

Y por eso la física es una mierda y me cae mal.

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