Ha vuelto a ocurrir

Ha vuelto a ocurrir

Así es: me he topado de nuevo con una señora hablando por teléfono en el bus, que se conoce que no era creyente. Me refiero a que, a juzgar por los berridos, no debía creer en el teléfono y su capacidad para transmitir la voz a distancia. Tres decibelios más y le casca el protector de pantalla al selular y nos borra los viajes de la tarjeta de la CTA a todos los pringaos en tres manzanas a la redonda. Yo creo que semejante nivel de radiación cuenta como radiografía realizada en un taller mecánico pirata a las afueras de Prípiat.

Estos casos nunca fallan: suena el tono de llamada a un volumen nivel alarma antiaérea desbocada sin educación ninguna. El móvil se debe encontrar en el sótano -8 del bolso a juzgar por el tiempo que la señora tarda en sacarlo. El selular llega por fin a la superficie. En el largo tiempo transcurrido Leticia Sabater ha sacado otro superhit de los suyos y la Unión Europea ha prohibido cuatro o cinco cosas de esas que son como pegarse un tiro en el pie y pellizcarse el glande con unos alicates de herrar porque el resto del mundo sigue haciéndolas igualmente y a nosotros se nos pone la cesta de la compra a precio de uranio repujado. Pero molamos mucho y somos guays. Intuyo que en el nivel -9 del bolso ya debe haber metales estratégicos, gas natural, tomates de los buenos y otros valiosos y escasísimos recursos.

La señora descuelga y grita en algún idioma extranjero lo que intuyo que debía ser un «¿¿¿DIGA???» pero en versión muy encabronada. Hablaba con acento como del este. Más concretamente del este de Europa. Pero al final resulta que llegué a la parada y me quedé con el reconcome de saber si en algún momento de su conversación a berridos dijo «¡¡¡Firmín, hijodiputa!!!» o algo que todos pudiéramos entender. Lo que nos quedó clarísimo al resto de los viajeros es que «¡¡¡SIBIRSTRE PARNIK KATRUVALU TRIFORNIYA DA KOSTRI TRAMIYE!!!». Que en la cuenca del Voroniskpridaye debe ser el «¡Ay madre, fía! ¿Daste cuenta?» de toda la vida.

Me parece fatalamente. Así no se puede, tía.

Fragmento de «La herencia de los cautivos»

Fragmento de «La herencia de los cautivos»

Prefacio de «La Herencia de los cautivos». Libro disponible en Amazon (660 páginas, tapa blanda)

Prefacio

 

En el nombre del padre al que tardé años en poner rostro, y el resto de mis días en conocer; no encuentro invocación más precisa para iniciar este relato que, con el último hilo de vida que me queda, ruego al cielo para que sea el remedio que sane al fin el árbol familiar en el que de forma inevitable, y más por voluntad propia que otra cosa, soy la única rama que no ha de dar fruto alguno. Porque de heridas sin restañar, y ramas agostadas a fuerza de enterrar el dolor en el olvido de nuestras raíces, bien sabemos los Magadán. Y es tiempo ya de poner coto a la sangría.

Mi nombre es Isaac Magadán y nací a la vez que la guerra, en una aldea mínima del concejo de Tineo, en el occidente de Asturias. Desde entonces mucha sangre habría de correr aún, y durante muchos años, en una España donde el odio, los rencores y la venganza ya eran moneda de uso común desde generaciones atrás. Visto con sotana desde los tiempos en los que aún me recuerdo como un hombre de fe, capaz de hablar en latín como en mi lengua materna, cuando empecé a vivir empapado en las aguas de la Summa Theologiae y me importaban mucho las cosas sagradas y todas aquellas que tuvieran algo de eso que llamamos transcendencia. Y por lo mismo, rehuía estúpidamente cuanto oliera a profano o se me antojara de poca altura. Craso error.

Desde que dejé de ser niño, cosa que ocurrió mucho antes de lo que hubiera querido, viví encadenado a la anestesia de la formulación teórica, y cómodamente encorsetado en los rigores de la doctrina. Y en ese corsé hallé no tanto la curación de mis males, como el falso alivio que proporciona mantener la mente centrada en asuntos ajenos a los dolores familiares, que hice míos desde que guardo memoria. Fui, y soy hasta la fecha, un hombre dedicado a divagar sobre teología en cientos de páginas que se suceden inacabables. Pero ahora, cuando estoy recibiendo avisos claros de que llego irremediablemente al umbral de la última estación de esta vida, me enfrento a todas aquellas cosas que atormentaron mi alma y mucho más la de los míos, para traer al fin tanta paz verdadera como me resulte humanamente posible y alcanzable. Cierto es que esas inclinaciones por escribir, sumadas a la inmensa fascinación que siempre he sentido respirando el polvo viejo de cuantos archivos y bibliotecas se me han puesto al alcance —pues he de decir que pocos lugares encuentro tan felices y gratos como esos—me trajeron la dicha de vivir en Roma durante muchos años, buena parte de los cuales estuve al servicio del cardenal emérito Scandalli, que fue mi otro padre y maestro. De su mano aprendí a moverme con solvencia por las aguas de las bibliotecas y archivos de la Santa Sede, que era a lo que aquel anciano, ajeno por su edad y sabiduría a toda traba banal e innecesaria, dedicaba los últimos capítulos de su vida.

No me duele reconocer, al menos ahora que es mi propia ancianidad la que me libera de tantas ataduras y observancias inútiles, que a pesar de lo mucho que me enseñó el cardenal a desenvolverme en los entresijos de la política y las intrigas de la curia romana, jamás fue aquella una tarea por la que tuviera yo el más mínimo interés. En ese arte, el viejo cardenal Scandalli dominaba todas las técnicas como quien respira sin esfuerzo, por más que tratara de ocultar tal habilidad. Me viene vivo a la mente el recuerdo del primer día al servicio del cardenal, cuando al dirigirme a él como Su Eminencia Reverendísima me afeó con severidad el andar con tanta pompa y protocolo vacío. Y eso casaba muy bien con mi poca afición por títulos y apellidos de relumbre, y por todo lo que tenga que ver con liturgias excesivas. De ahí que cuando veo mi nombre precedido de los aditamentos que trae aparejada la condición de obispo electo, tales como Excelentísimo y Reverendísimo Señor, se me abran las carnes. El mío no fue un caso al uso para un obispo pues, en aquellos días que siguieron a mi nombramiento, la rara enfermedad degenerativa que padezco desde la juventud se desbocó por completo. Y como quiera que lo que hasta entonces había sido tolerable pasó a ser una tortura casi constante de dolor, deterioro y falta de capacidad para valerme, me vi obligado a pedirle al Santo Padre que pospusiera mi definitivo nombramiento hasta estar en condiciones de hacerme cargo de mi diócesis. Pero la poca salud que me quedaba, ya nunca volvió a su ser. Y hasta el día de hoy he vivido en este limbo en el que me acompaña el título de obispo sin sede, y en la práctica he ido allá donde se me requirió en cada momento según las necesidades que tuviera la Iglesia, y permitiera a la vez mi escasa salud. Y así, de Roma, donde como digo pasé largos años, fui a dar a Mondoñedo, donde hago cuanto puedo ayudando con las tareas de la diócesis al obispo titular. Lo cierto es que, a un altísimo precio, fue justamente la enfermedad la que me permitió seguir consagrado buena parte de mi tiempo al estudio y a escribir sobre teología y otros asuntos.

Pero en pocos días me trasladaré al que fue mi primer hogar, junto al joven padre Andrade, que es quien ahora me hace las veces de secretario, cuidador, amigo y confidente. A él, que es muy dado al protocolo estricto, le tengo terminantemente prohibido que se ande con esos tratamientos y zarandajas, y dejamos las formalidades y los títulos en un simple «padre», que me parece pompa y liturgia más que sobrada. Ahora, con los muchos achaques que este cura viejo lleva repartidos por sus carnes, y sobremanera con los dolores casi insoportables con los que me obsequia esta pierna que me sirve más de tormento que de otra cosa, veo al fin llegada la hora de la verdad. Y a ella me enfrento con la certeza de tener que agachar la frente ante la evidencia de que el adagio tantas veces repetido, «por sus frutos los conoceréis», me define más y mejor de lo que quisiera reconocer. Tan es así esa realidad para mí evidente, que siento que nada he hecho en mi vida más allá de empaparme de cuestiones teológicas en los muchos millares de páginas leídas y escritas, y en los kilómetros infinitos de estantes recorridos.

Confieso que siento alivio por verme a un paso de rendir cuentas ante Dios sabiendo, según se rumorea por los mentideros, que en los próximos meses me ha de llegar desde la Santa Sede una carta lacrada concediéndome el capelo cardenalicio. Y esto, no tan secretamente como querrían mis compañeros de fe y oficio, es cosa que aborrezco y no quiero para mí. Si acepto, llegado el caso, no será más que por pura obediencia. Yo rezo cada día para que me halle la muerte antes, y así verme —tal vez cobardemente— privado de tanto honor y sometido por la debida obediencia a la voluntad del Santo Padre.

Esto último escandaliza mucho al pobre padre Andrade, que estima que el cardenalato es a la vez carga y honor, y no habrá de faltarle razón en ello. Pero no es más que carga y dolor, y ninguna otra cosa deseable, lo que yo veo en semejante distinción. Jamás he tenido madera de príncipe, ni de la Iglesia ni de cosa alguna. Tendré derecho, digo yo, después de tantos años, a pasar mis últimos días sin ruidos ni estorbos, ni honores que no ansío. Nunca fui, pues, hombre de hechos y sí de hallar refugio en formulaciones más bien abstractas.

Y ahora, a fuerza de pérdidas, dolor acumulado y tantos desengaños que apenas puedo ya recordarlos todos, tengo edad más que cumplida para que títulos, tratamientos y dignidades, lejos de importarme, me importunen y me resulten cosa poco deseable. Pienso que poseo ya la sabiduría esencial para decantarme por las cosas más pequeñas, que son al fin las que de verdad tienen valor. Ya se sabe que a mula vieja, cabezadas nuevas. Y por ahí no pasa esta mula vieja mientras esté en su mano. Sepa el lector que se santigua el pobre padre Andrade cuando me oye decir estas cosas, que juzga como auténticas barbaridades. No se lo tengo en cuenta porque es cura nuevo y alma joven, y además ese juego me proporciona no pocas risas, a mis años y en mi estado tan necesarias. Si acaso, peco de envidia por ese ímpetu de juventud vigorosa que se gasta sin ser consciente del valor de semejante capital. Y por ello justamente, ya en el final de esta vida, enfermo pero tranquilo, todo cuanto anhelo es volver al olor de la tierra de la era de mi pueblo, al verdor de aquel campo pequeño al que llamábamos El Pasquín, a la amplitud del Serván, y a tantos otros trozos de tierra con nombre propio. Si todo va como espero, en los próximos días me trasladaré desde Mondoñedo hasta allí junto con el padre Andrade, para llevar a término esta tarea que me reserva la vida, allá donde pasé mi primera niñez siendo, de facto que no de acto, huérfano de padre. Porque mi padre vivía, aunque yo no tuviera recuerdo alguno de él. Se había marchado a la guerra cuando yo tenía poco más de dos meses de vida. Y abruptamente, pasé casi sin transición de la niñez a la primera juventud desde el mismo momento en que le conocí años después cuando así, tan de repente, todo cambió. Pero de ello daré cuenta más adelante, pues mucho es lo ocurrido en ese tiempo.

Por si alguien se sintiera inquieto pensando que esta es una historia de curas, obispos y beaterías, he de decir rotundamente que no lo es. Esta es la historia de mi padre, de mi madre, de mi familia, y de las personas extraordinarias a las que la vida unió tan estrechamente a nosotros, que irremediablemente nos hizo tribu. Se trata de un relato crudísimo, que se desempeña en tiempos muy convulsos. Es esta, en última instancia, la historia que vivieron y construyeron mis ancestros y mi gente, y por tanto también la mía propia. Es esta al fin, la historia de un linaje con raíces en la aldea que fue mi hogar y sustento de los míos durante muchas generaciones. La aldea de la que tanto me alejé y a la cual, en los últimos suspiros de mi vida y si Dios así me lo concede, estoy a punto de volver para pasar los días que me queden dando forma a este relato y, llegado el momento, reposar junto a mis padres para siempre.

No me es ajeno que muchos consideran que orígenes tan poco elevados como los míos casan mal con la dignidad de obispo electo. Pero le pido a la divinidad que siento como padre, madre, y aliento de todo, que como última merced me proporcione provisión generosa de fuerzas y lucidez para hacer justicia y rescatar todos y cada uno de los fragmentos de mi alma y la de mi estirpe, y liberar al fin todo el horror que las asfixia. Esta es la última voluntad de este viejo que, enfermo y cansado más de lo que pueda describir, ve llegada la hora de contar lo sucedido. Algunas de las cosas que relataré no las viví en primera persona. Y por ello me limitaré a dar fe de cuantos recuerdos me fueron confiados gota a gota por mis mayores, tantos años rehenes de sus miedos, y también por boca de otros protagonistas, muchos años después de los hechos. Miedos que mis mayores veían como un baúl repleto de ignominia que hubiera que enterrar y mantener oculto a todo trance, y que ahora debo abrir para que al fin haya luz donde nunca la hubo. Porque así ha de ser. Muchos otros de los hechos que voy a contar, por el contrario, sí los viví de forma directa. Y tal como se impregnaron en la piel de mi existencia, así los voy a rescatar de cuantos rincones de la memoria me sea concedido visitar. Pero muchas otras cosas, diría que las más importantes por lo mucho que me marcaron, me fueron confiadas siendo un niño por la única persona que pudo y quiso contarme, dentro de lo que mis pocos años permitían, todo cuanto sabía acerca de mi padre y de otras personas que compartieron lazos fortísimos con mi familia. Aquel padre que me contaban que estaba en una guerra que yo desconocía que, en realidad, había terminado años atrás. Así viví mis primeros cinco años y medio. Aquel joven desharrapado, al que mis amigos y yo conocimos por pura casualidad en una de nuestras muchas correrías cuando estábamos en puertas de empezar a ir a la escuela, vivió huido varios años cobijándose en un chamizo construido para él por mi abuelo, en un monte cuyas lindes empezaban a unas pocas decenas de metros de mi casa, pero que en realidad distaba todo un mundo. Y aquel hombre joven llamado Fredín fue capaz de grabar todo ello en mi memoria de niño, con enorme acierto y sensibilidad y de forma que pudiera yo asimilarlo a pesar de mi corta edad. Muchos años después, siendo él un anciano enfermo, igual que yo ahora, juzgó oportuno terminar de darme los detalles que, como adulto, yo ya podía manejar con solvencia.

Estos son, por tanto, los mimbres con los que voy a tratar de tejer esta historia. Por eso pido a quienes lean estas páginas que tengan clemencia para con este sarmiento viejo, por si algo de cuanto aquí relate pudiera ofender o confundir. Si así fuera, no es cosa que esté en mi intención y pido disculpas por ello. Más allá, si ustedes permiten el consejo de este anciano, hagan todo lo posible por no olvidar jamás la memoria de sus mayores que, junto con la misma vida, es de los mayores tesoros que se puedan poseer.

Quede pues por escrito para que no se pierda lo que ha de ser recordado. Y que la savia vuelva a correr por todas y cada una de las ramas del árbol de mis ancestros, llenando sus venas de vigor y alimento. Y si así me lo quisiera dar Dios, que mi cuerpo sea entregado de nuevo a la tierra que me vio nacer para que mi alma pueda, al fin, reposar en paz junto a la de los míos.

Que así sea. Que así me sea concedido. 

+ Isaac Magadán González Ob.
 Mondoñedo, agosto de 2008

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Texto extraído de «La herencia de los cautivos», de Isma Álvarez Paz. Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa expresa y por escrito del titular del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

 

 

Personas de honradez discontinua

Personas de honradez discontinua

Estoy muy contento porque ayer me contactó por WhatsApp Alice, de la «agencia de contratación», desde un teléfono con prefijo de un país que queda al sur de otro país que termina en «aña», como «maña», «caña» o «saña» y cuyo nombre acaba en «ecos». Como «telecos», «Los Pecos» o «zuecos». No dijo de qué agencia en concreto ni qué contrataba exactamente. Igual era mi oportunidad anhelada de trabajar como domador de bolsas de Cheetos.

Pero en ese momento, por lo que fuere, me pareció buena idea decirle que soy un importante empresario noreñense del mundo de la chacina, a pesar de lo cual la amable Alice no se dio por aludida y me ofreció trabajos con sueldos a partir de 1500 leuros a la semana, cosa muy tentadora porque podría permitirme hacer la colada con gasoil, aliñar la ensalada con billetes de 50 o comprar tomates de los buenos. Ahí, a lo jeque.

Le dije que por supuesto que no, y aun así me pasó un móvil con prefijo nacional para que me pusiera en contacto con el estafador local para ir haciendo los trámites y la transferencia en concepto de gastos de uniforme de domador y esas cosas.

Tres minutos después me pide amistad en Feisbus un señor que directamente tiene de foto de perfil el texto «préstamos España».

Si en los próximos días devolvemos Al Andalus, es que me extrajeron del selular información sensible. Esto, o parecido, ya ha pasao antes. Yo aviso.

Así no se puede.

Las cosas, como NO son

Las cosas, como NO son

o de llamar a las cosas por el nombre que no es, mola muchísimo porque parece que el mundo es mejor. Casi siempre. Porque lo de llamar «el esférico» a la pelota de jugar al júrgol, «el colegiado» al árbitro o «el cancerbero» al portero, da muchas ganas de ir a Ikea a comprar guillotinas (Kortatärro), látigos (Zäska) y garrotes viles (Petanuëz).

Pero en general, no me diréis que no es molón del todo llamar a las cosas así:

Resiliencia: te jodes y bailas.

Coyuntura de desaceleración temporal: tamos en la pvta ruina.

Armonización fiscal: abrid el ojal, ¡pringaos!

Transporte sostenible: en lugar de llevar el material pa reformar el aseo en tu cequince reglamentaria de albañil, te jodes y vas cargando con él a hombros en el metro. Fascista contaminador.

Seremos inflexibles con la corrupción: seremos inflexibles con la corrupción en las filas ajenas. En las nuestras, aserejé ja dejé gromenagüer y es todo por culpa del grpthusnfjhs, de los Illuminati y de Jordi Hurtado, que algo habrá hecho en sus seis siglos de carrera con esa cara de no haber roto un plato. Platos, no sé. Pero flechas de sílex, seguro que pila de ellas.

Estamos en un claro momento de pujanza y recuperación con respecto al resto de países de la OCDE: tamos en la pvta ruina.

Estamos tratando de abrir caminos que lleven a un entendimiento en el que prime lo mucho que nos une frente a lo poco que nos separa: ¡Pardiez! Temo que mi cómoda posición amamantándome de las ubres públicas se vea amenazada y tenga que ganarme la vida ahí, como los pobres ¡Ay, parfavar! ¡Qué ascazo!

Es necesario activar mecanismos de solidaridad interterritorial que corrijan los desequilibrios en materia de renta: to pa ti, y si sobra algo ya lo vamos viendo.

Siempre hemos defendido nuestra posición en esta materia: no es que antes dijéramos que por supuesto que sí, luego que ¡meh! y ahora que no. Es que somos de convicciones fijas discontinuas.

Gato: entidad divergente que unas veces es martillo neumático y otras Seat 124 en función de cosas muy tochas que tonto el que lo lea y a la hoguera con él.

Libertad de expresión: derecho que faculta a las personas y a los martillos pilones para emitir cuantas opiniones y consideraciones estimen oportunas dentro de lo que nos salga del nardo a nosotros, que somos los que decidimos lo que sí y lo que no. Si lo digo yo, es libertad de expresión. Si lo dices tú, se muera tu papa.

Datos objetivos: herejía que sólo debe ser tolerada si combina bien con la decoración que a mí me salga del entrepato.

La voluntad del pueblo me ha otorgado un papel de representatividad que me hace intocable: yo iba tan tranquilo sin meterme con nadie, tropecé con un ñordo de búfalo, me caí el octavo en unas listas electorales cerradas y ahora soy diputao por aclamación popular. ¿Cuándo dan el bocata?

A pasar buen viernes, que creo que dan lluvia pa por la tarde. Ojo con el tendal. Y con lo que no es el tendal.

Convocatoria inminente (obra teatral en un solo acto)

Convocatoria inminente (obra teatral en un solo acto)

Y para expresar lo que siento ante las inminentes convocatorias electorales, he escrito una obra teatral en un solo acto en la que explico de forma abreviada el tema de la política actual y cómo ofender gravemente a todo el espectro (nunca mejor empleado el término «espectro») político:

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-¡JAMÁS!

(pasan cinco minutos)

-Afirmo tajantemente que jamás hemos dicho «jamás». Si acaso, se nos habrá escapao un poco de «ja, ja, ja» porque somos alegres y resilientes. Pero NADIE podrá decir que hemos añadido ni un solo «más» después de «ja» porque somos mucho más de ¡ja, ja, ja! Anuncio también la creación de una Comisión Permanente para las Personas Tartamud… para las Personas con Capacidades del Habla Diferentes para que digan «¡ja, ja, ja ja, ja… más!» porque es una cosa que da alegría y sensación de abundancia y crea puestos de trabajo.

(pasan 10 minutos)

-¡¡SIEMPRE HEMOS DICHO QUE «SIEMPRE»!! Y ahora, mirad este cachorrito de facóquero. ¿A que es adorable? Pues ahora, vais a pagar un impuesto especial a la adorabilidad cachorril. Por lo del cambio de hora y el clima y eso.

(la oposicioncita cobarde)

-¡Lo que hay que hacer, mayormente, es quitar todos los coches que tengan más de 10 años y prenderles fuego en un descampado de Porriño! Y así se arregla lo de aparcar y lo del mambo cismático.

-¡Cambio climático!

-¡A ver! Que me dice aquí el asesor que cambia el climático. Será que va a comprar otro, o algo ¡carallo! ¿A cómo me lo vendes? ¡te lo cambio por estos cromos repes de Mazinger Orzowei Heidi Pipi Calzaslargas!

-Esto se me va a hacer muy largo…

(la oposicioncita que no es cobarde)

-¡A fe mía que pagaréis caras vuestras muchas felonías! ¡Mi espada hállase con grande sed de sangre del impío enemigo que nos invade en este campo de batalla que non se abarca con la simple vista! ¡Guardias! ¡Prendedlos!

-Es que esto es un mitin. Va a quedar mal en la prensa y eso…

-¿POR QUÉ NO HE HE SIDO CUMPLIDAMENTE INFORMADO DE TALES HECHOS? ¡PESIA TAL QUE YO MISMO HABRÉ DE AJUSTICIAROS A LA SOMBRA DE AQUEL EXTRAÑO ÁRBOL!

-No es un árbol. Es una farola de esas modernas.

-¡¡¡MALDITOS COMUNISTAS Y SU MOBILIARIO URBANO DE FANTASÍA!!!

(el gobien-no que es gobien-no pero poco)

-¡Lo que hacemos/as/es está bien, y si no está bien es por culpa de alguien que es otro que no somes nosotrotratres!

-No es cierto que nos estemos apuñalando entre nosotros. Si acaso, estamos estudiando el coeficiente de penetración de objetos incisocortantes en condiciones de gravedad y temperatura que no son normales por culpa del cambio gravitacional y climático, y su relación con la penetración en las diversas capas resilientes de la dermis y sus concomitancias en los tejidos fasciales y musculares de los cuerpos de las personas humanas no normativas, que son todos muy hermosos y perfectos. Y ahora os daré un abrazo de luz ¡pero cuidado! De luz eco a precios populares y asequibles.😍😍😍😍

(otra vez la oposicioncita cobarde)

-… y lo mismo que vos digo una cosa, vos digo la outra ¿eh? ¡Cuando gobernemos, vamos a bajar el precio de la mortadela y toda esa merda que coméis los menesterosos, porque…

-¡Jefe! No se moleste, que esto no es un mitin. Es la caseta de guardar los carritos del parking del Carrefour…

-¡Ay carallo! Ya me parecía a mí raro que después de lo que dijera yo de prender fuego a los coches vinieran todos sobre ruedas! ¡Hay que ver lo que inventan! ¿eh?

(los del asunto de la periferia)

-¡Ahí va la hostia! ¡Vaya chollo todo esto!

-Sí, no, y depende. ¿Qué hay de lo nuestro?

-¡Cullons, quina cholladera, nen!

FIN

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La dirección del teatro recuerda a los distinguidos espectadores que tienen a su disposición botones de desamigar / salir / ignorar, y otros sofisticados medios tecnológicos en las mesas ubicadas a la entrada del recinto.

Cansinismo

Cansinismo

El hecho de que de vez en cuando vuelvan los pantalones de pata de elefante, esa prenda que mágicamente hace parecer que vas a hacer de prota navajero en una peli de cine quinqui o de rumbero con camisa plateada de chorreras en 1973 a punto de ser entrevistado por Íñigo, demuestra científicamente que TODO lo que no debería volver NUNCA, vuelve fijísimo.

Antes de nada, conviene aclarar que «prota navajero en una peli de cine quinqui», hoy se llamaría «persona con capacidades de socialización, empatía y autocontrol diferentes» o «Técnico Superior en Sustracción Coercitiva con Arma Blanca Ecosostenible Libre de Ftalatos y Redistribución de la Riqueza con Perspectiva de lo Tuyo pa Mí». De nada.

A lo que iba: observo con gran inquietud que se vuelven a llevar ciertos tipos de post en Facebook, que todos creíamos condenados a desaparecer igual que desaparecieron los lustradores de polainas, los calafateros de esquifes o los bruñidores de trabucos.

A saber:

.-Persona de la Pola que comparte una publicación de un niño que ha aparecido en un hospital de Winnipeg y necesita ayuda urgente. La voluntad es buena, pero la publicación es de 2010. Y el niño, de Winnipeg. Que pilla MUY a las afueras de la Pola. El niño, harto de esperar ayuda durante tantos Carmines de la Pola sin que nadie lo haya ayudado, actualmente luce canas en el entrepato y dirige el hospital de Winnipeg sin ayuda ni nada y con un resentimiento que le supone el 50% del sueldo de director en psicólogos, coaching y psicotrópicos de la farmacia del hospital.

.-Un gatito ha aparecido en una fábrica de potas donde los que funden el hierro para hacer la pota van en chanclas, pantalón de Tergal y camiseta de tirantes, ahí cumpliendo con el tema de prevención de riesgos laborales. Y además son morenazos, todos llevan bigote y tienen cara de llamarse Gannesh Haranamawasiddarta. Post fechado en diciembre de 2009. Actualmente el gatito se autopercibe tigre de Bengala en una selva a las afueras de Phraadämahbaratti muy acertadamente porque es un tigre de Bengala. El gobierno de la ciudad lo emplea para el control poblacional dentro de la campaña «Sé solidario y deja que el tigre de Bengala municipal te coma por una pähta, que somos mucha peña y no hay Jarekrishna que ande pola calle y las colas en la charcutería del Alimhërkanda son de tres lunas».

.-Lo de la pena máxima me parece bien recuperarlo en los casos de:

A) «Sé que no me darás like porque tengo 108 años y ando pola güerta deslomao porque no coticé bastante»

B) «Sé que nadie me dará like por mi condisión de letrista de Reguetón,
yo te tomo la matrícula
polque tengo febrícula
y te doy pola vesícula
polque soy un cavelnícola.
Rodaballo, corneta, plexiglás.
ya tú sabeh».

C) «No me darás un like porque heres una persona orrivle hi muy hinsensivle hi no te gusta que me falte el hantevraso hi el pitorro polque soi una tetera con terrivles mutilasihones».

.-Penas de destierro para los casos de «Conparte la erradura de la suerte hi tendras mil haños de avundancia. Gosefina, Marigose, Hencarnita y Bisitación no la conpartieron y aora se autoperciven palafreneras a las hafueras de Gorondongo, con lo mal pagao que esta heso».

.-Guantá a mano abierta (Openhanding face smashing) para todo ente que cuelgue videos de un payo que dice en Youtube que un estudio de la Universidad de sus Güevos Pintos morenos demuestra fehacientemente que las Ruffles sabor a tubo de escape de Dodge Dar son una conspiración de Aliexpress, la CNN, la TPA y la Cooperativa Agrícola de Kiwis de Calasparra para que fenezcan todos lo que se llamen Faustino Smith Cantueso y se hayan vacunao contra las fiebres del heno en cuarto menguante.

.-Idem para los que otrosí afirman y proclaman que ellos «están despiertos» y los otros no, porque los otros afirman que los despiertos son ellos, y eso no puede ser porque entonces estaría despierto todo el mundo y por lo tanto estar despierto no tendría absolutamente ningún mérito o, de tenerlo, sería el equivalente a tener culo, aparato circulatorio, o eliminar dióxido de carbono al exhalar.

He dicho. Cansinos.