Y así es como se hace

Y así es como se hace

Toy ahí escribiendo los guiones de los dos siguientes programas de la radio, que es una cosa que me gusta mucho de hacerla. No es como la cama, que no me mola nada de hacerla.

Es curioso, porque cada vez que decido el tema a tratar, pongamos por caso que se trata de «Las mil y un maneras de liofilizar la casadiella», por alguna razón que desconozco acabo hablando de otra cosa totalmente relacionada. Totalmente relacionada con algo que no tiene nada que ver. De hecho, creo que la expresión «liofilizar la casadiella» es muy ponible.

Por ejemplo, cuando alguien te importuna, te molesta de manera pertinaz, te resulta estomagante y arranante, o por el contrario te toca los webos con inusitada habilidad, queda fetén decir: «Tenga usted la bondad de irse a liofilizar la casadiella, pongamos por caso, a casa Dios.»

Esta expresión es completísima. Analicemos:

.-«Tenga usted la bondad de irse»: esto denota una clara intención como de ser amable. Como queriendo quitarle hierro al asunto. Sin alharacas innecesarias ni nada. Pero manteniendo la firme voluntad de mandar a tomar por el orto a otro concejo o pedanía no demasiado próxima.

.-«A liofilizar la casadiella»: a pesar de que pudiera denotar un cierto simbolismo fálico, esta locución es absolutamente ambivalente en materia de género porque lleva anís y eso lo hay lo mismo del mono que de la asturiana. Esto es irrefutable. No se puede futar.

.-«Pongamos por caso»: esto es un canto al libre albedrío, a la par que enseña y entretiene. Como el Libro Obeso de Petete, o Aramís Fuster, que enseña de tó y a la misma vez, Petete entretiene. Como queriendo decir: «esto que le voy a manifestar a continuación, es meramente ilustrativo y/u orientativo, no constituyendo obligación contractual alguna.» Como queriendo decir que no constituye «obligación contractual», que en derecho significa «Po te jodes. No haber firmao».

.-«A casa Dios»: denota lejanía y atomarporculez.

Y así es como se escriben guiones pa la radio.

 

 

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“La Semana, ensimISMA” Cuarto programa

“La Semana, ensimISMA” Cuarto programa

Cuarta colaboración en el programa «Asturias x2», conducido por Camino Sofía de la Guerra,  emitido en la Radio del Principado de Asturias el 14-10-2018.

 

 

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¡Ay!

¡Ay!

Tengo agujetas en el páncreas, en el íleon, en el yeyuno, en los menudillos, en la campanilla, en las trompas de Eustaquio, en la rabadilla y en las agujetas. Y luego ya en todo lo demás. Que me lo noto yo ¿En el cielo la boca hay músculos? Y luego ya para rematar me encuentro con que ha habido serios problemas en el protocolo de besar manos. Qué importa. Lo bonito es quererse y besarse. Por cierto, en el protocolo también tengo agujetas.

Al salir de la ducha estaba Pedro Piqueras esperando con una tortilla Ibuprofeno y me ha dicho:

«Las agujetas que van a ver a continuación son absolutamente apocalípticas, demoledoras, ¡Acojonantes!»

De esto último no estoy seguro porque iba yo así como catatónico. Pero de lo que estoy seguro es de que detrás de un matorral estaba Matías Prats defecando y dijo claramente: «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Sin duda alguna cuando te levantes mañana te va a… Cagar».

Yo creo que me voy a dormir, que es más mejor. Tengo agujetas en el pijama.

Porca miseria…

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Maestro

Maestro

Como un mantra se repetía la historia. Una vez. Dos. Miles. La misma idea rumiada una y otra vez sin tregua. El mismo clavo que, golpeado sin la menor piedad, mantenía la herida en carne viva, lozana y sangrante. Y en esa calidez infame vivías como el peor pagador de entre los huéspedes.
Tirano a pensión completa y con derecho a roce en mala hora acogido. Yo te di las llaves y la espada. Yo te las quito.

No. Nada eres. Por más empeño que saques de las entrañas que, por más señas, son las mías. Me cansas, sí. A veces me agotas sin más victoria que la miseria de verme de nuevo en pie. Y los muros inmensos que tantas veces como levantaba te empeñabas en derruir a golpe de soplidos, quedaron al fin en el suelo vencidos porque no volví a poner piedra sobre piedra. Ya no. Porque a base de odiarte aprendí que muralla vencida hace buena calzada por la que transitar saltando de piedra en piedra. Eso viniste a enseñarme, y esa lección me queda.

Fue muy ingrata tu compañía, maestro. Gracias por hacerme verlo. Llegó la hora. Depón ya las armas y ríndete porque tu misión está cumplida y empieza la mía. Ya no eres mal hallado. Ya no eres. Ya no.

Lo que haya de venir, sea sin esfuerzo. Que del esfuerzo dejé media vida sin mayores frutos. Que de subir peldaños y arrojarme al vacío perdí las fuerzas y gané la única certeza de volver de nuevo al mismo sitio. Ya no. Que el camino no era ese, y por ello vuelvo al camino. Porque por andar buscando no encontré, dejo la búsqueda y abandono el anhelo, de tal suerte que sea la búsqueda quien me encuentre a mí si lo tiene a bien.

Y por eso te escribo, maestro. Para hacerte saber que agradezco el servicio inmenso de tu presencia exasperante, tanto tiempo repitiendo sin descanso que el empeño en no querer, nada es lo que concede. Y al fin te escucho.

Por eso quiero. Por eso nada espero. Por eso.

Justo por eso. Gracias maestro. Aquí ya no tienes posada ni nadie que te odie. Por eso es. Por eso te suelto. Vete. Que donde antes había muralla tienes, a falta de plata, puente de piedra. Vete, que el triunfo es tuyo y en esa derrota está la victoria que hago mía.

Aprendí. Por eso. Justo por eso.

Buen camino tengas, maestro.

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¡Pos te jeringas!

¡Pos te jeringas!

Ayer vi una foto terrorífica. Pero no terrorífica en plan: «me ha entrao diarrea tocando el trombón en la cabalgata de Reyes». Terrorífica rollo «he soñao que me perseguía Aramís Fuster en tanga con un hacha mientras tocaba el trombón con diarrea en la cabalgata de Reyes y la diarrea la tenía el trombón. Y Aramís».

Efectivamente: me refiero a una foto de la peor pesadilla de la infancia de los años 70 y anteriores. Aquella caja de metal asquerosa que dentro llevaba la herramienta de tortura favorita de los verdugos de la época: LA JERINGA DE CRISTAL DEL PRACTICANTE.

De aquella se producía una curiosa epidemia entre la clase médica, y es que si te ponías malito de algo, invariablemente te recetaban supositorios o una inyección. Era rollo: «pos métale al muchacho este supositorio con cabeza nuclear por el ojete. Y por si acaso que le corneen en el cachete que más joda esta garrafa de antibiótico».

Yo cada vez que tenía anginas, que era todos los martes y jueves, intentaba disimular tratando de que la infección remitiera ella sola. Tan solo quería una convivencia pacífica con las bacterias de mi garganta para evitar aquel genocidio, pero el mundo me lo impedía.

-¿Te duele la garganta, hijo?

-¡O aá! ¡O e uele o ás íimo!

Pero la cosa siempre acababa como con el recibo de la luz: poniendo el culo. Sonaba el timbre de la puerta, y por las risas de hiena ya sabías que se trataba del practicante. A mí, como era gilipollas, siempre me encontraban en mi escondite secreto debajo de la cama. Se las sabían todas los practicantes, joder.

El ser del Averno sacaba de la mariconera la cajita metálica aquella, que contenía una jeringa familiar de litro y medio y cuatro o cinco agujas de tejer que iban bailando. Claro, tú pensabas que te iban a ensartar con aquello que había conocido los culos de todo el barrio, y te temblaban las canillas que te se ponían los huevers a punto nieve.

Había un tiempito de espera que contribuía a que te acojonaras más, porque aquello había que ponerlo a hervir en un cazo. Era el método Milton de la época. Cuando ya estaba al dente, sacaban aquella mierda del cazo, le calzaban la aguja del ocho y el practicante te decía aquello de «tranquilo, QUE NO TE VA A DOLER ¡MUA HA HA HA HA HAAAAAA!». Ya desde pequeños todo era una puta mentira. A mí me pinchaban una droga que se llamaba Becentazil, que lo había de varias tallas. Él mío era «Becentazil mil millones» y tenía la virtud de dejarte con ardor y parálisis de culo una semana.

Anda que no me habré visto veces el UN, DOS, TRES apoyao en el brazo del tresillo con el culo en pompa mientras me jincaban el Becentazil mil millones. El nombre le venía porque mandaba mil pares de millones de cojones lo que dolía. Que las bacterias emigraban por solidaridad. «Pobre muchacho. Vamos a joder la marrana a otras amígdalas.»

El único alivio y consuelo era pensar que aquella invención del Maligno saldría de tu casa para martirizar otros culos que no eran el tuyo. Tu madre le pagaba al sicario aquel, y lo acompañaba a la puerta, y tu te quedabas viendo a Bigote Arrocet decir polladas. Eso sí, tumbao boca abajo.

Buen lunes, oye.

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