Viento

Viento

El viento no dejaba de soplar. En condiciones normales, le habría parecido un día espléndido. Una de esas jornadas en las que estar de buen humor era algo cantado desde que ponía un pie en la calle. El otoño, astenias aparte, siempre le había resultado un compañero agradable.

Años atrás, le habría bastado con aspirar el aroma a hojas secas, tierra húmeda y leña quemándose en la chimenea de alguna casa de las afueras, para que el espíritu se le iluminara de forma inmediata y sin condiciones.

La mayor tortura era la plena conciencia de que las cosas no eran diferentes. Eran como siempre habían sido, pero su capacidad de verlas de aquella forma tan sencilla se había quedado en algún punto del camino. Seguramente en alguna cuneta, arrancada de cuajo por algún viento de mala índole, empapada de agua y pudriéndose bajo una capa gruesa de hojas muertas.

Miró hacia atrás y solamente vio a un hombre mayor afanado en que la ventolera no le arruinase por completo el paraguas. Y pensó que tal vez a aquel anciano lo único que le quedaba sin descomponer era, precisamente, aquel paraguas. Como si supiera que una vez roto ya no le iba a dar tiempo para disfrutar de uno nuevo. Como si en la cola de la vida, el dispensador ya no tuviera número para él y ya no le fuera a llegar más turno que el de irse. Ese número con el que venimos todos de serie, y con el que a todos nos atienden antes o después.

Un poco más adelante, había una montaña enorme de hojas de tilo. Todas ellas amarillas y marrones, pegajosas y completamente empapadas. Habían hecho tope contra un banco en el que nunca había visto a nadie sentado. Era un banco con vistas a la nada. De espaldas, un muro de hormigón frío y sin gracia. Y de frente una miríada de coches aparcados y cortados todos ellos por el mismo patrón, que tapaban el otro lado de la calle, tan desangelado que ni el viento se dignaba a pasar por allí. Jamás caminaba por aquella otra acera. La peste a sótano insalubre que salía por las rejillas llenas de hierbas que había a ras del suelo, se le antojaba que debía ser el olor exacto que se obtiene al destilar el perfume de la decadencia y el fracaso y embotellarlo en frascos de vidrio barato de algún color imposible para tratar de ocultar su aspecto infame.

Aquel otoño, igual que los de los últimos años, todo era más o menos igual. La idiotez y la mezquindad humanas eran las mismas de siempre. Sólo habían cambiado de sitio llevadas a rastras por la conveniencia de unos pocos. Como siempre. Pero, sin embargo, todo olía diferente. Volvió la vista atrás. El anciano había cerrado el paraguas con aparente éxito. Lo llevaba colgado del brazo, resignado a mojarse antes que perder aquel compañero que, de momento, le iba seguir dando cobijo cuando los vientos fueran más benévolos.

Aspiró hondo. Y supo que el olor a otoño seguía estando allí aunque ya no fuera capaz de reconocerlo. Se embozó con la bufanda empapada. Solo sintió el olor a lana húmeda. Y siguió caminando, tratando de creer que, en algún momento y sin razón aparente, el viento iba a devolverle al menos el recuerdo de todo cuanto creía bueno e inmutable.

Tal vez, en algún momento, le llegaría el turno.

Que vuelva Yisus

Que vuelva Yisus

Yisus expulsando del templo a los timadores, activistas coñazo, captadores pa hacer tarjetas de creditum Visae , MasterCardum, Gomorrabank y demás familia, turras, hiperventilaos, vendedores de brócoli, gente que llama para decir «acá le vengo llamando de Abrahamfone para ahorrarle unos denarios», a los influencers de cloaca, y a la gente que dice «nosotros los intelectuales…»

Óleo sobre lienzo.

A ver si es verdad lo de la segunda venida y lo repite en Internete, pero con lanzallamas.

Intercambios de cromos unidireccionales y otras negociaciones

Intercambios de cromos unidireccionales y otras negociaciones

-Buenos días, ministre. Como responsable del Ministerio de Sí pero No, y Volubilidades Resilientes pero Poco Muchísimo Para Yin y Yang el que me cuelga del Pantalang, nos gustaría conocer cual es su postura de esta mañana, y si va a ser la misma después de la hora del pincho.

-Rotundamente no. Excepto que ocurriera que sí. Eso jamás pasará. Menos ahora, que entonces ya sí. Respecto a la hora del pincho, eso son invenciones de los de Villabajo, que usan Fairy de marca blanca. Los muy hijueputas. Pero lo importante es lo de la solidaridad, la hermandad, la fraternidad y toda esa hostia. Le aseguro además que cuando sea viable, las patatas Sabrosona se pondrán de oferta. Lleve dos y pague tres o cuatro. En otro orden de cosas, ¡mire qué cachorrito más mono llevo aquí!

-Oiga, se está usted sacando la chorra por la portañica del pantalón y…

-No voy a contestar a su pregunta, porque seguro que es usted uno de esos caravergas de Villabajo, ahí queriendo dinamitar la paz social y la tarabica de la abuela ¡USTED NO PIENSA EN LOS MAYORES! ¡A VER, QUE UN MOSSO DE PUSDEMÓNCUADRA LE APLIQUE UN CORRECTIVO!

-¡OIGA, QUE ME ESTÁ ROBANDO LA CARTERA!

-Lo que está haciendo el agente Josep Lluis Perals, es armonizarle el estatus económico en aras de la justicia histórica y los derechos del lemur de Madagascar y la pantera de Palafrugell.

-¿Y lo de pegarme con la porra?

-Le está haciendo una limpieza de aura, que ya es mucho más de lo que merece usted ¡Asquerose!

-Ministre, soy Quim Menjapolles, del diario La nova fel·lació. Es que he aparcado mi Toyota Pantumaca Hybrid en carga y descarga, y un agente malo me ha puesto una multa insolidaria. ¿Hasta cuándo cree usted que deberemos soportar esta opresión terrible?

-A ver, que le den a Menjapolles un vale pal parking del Carrefour. Bueno no, que estoy generoso ¡¡PARA EL DEL CARREFIVE!!. Y que le peguen un agüita al Toyota, y que le den mil duros por las molestias. Y el municipal fascista de las Güafen ese ese, lo quiero de patitas en la calle ya mismo por malo y por cabronsón.

-¡Y exijo también un tren de cercanías que cuando toque la bocina suene la de «Ho tornarem a Fer» de Shakira!

-Pero Shakira no tiene una canción que se llame así…

-Pues que se ponga a ello de inmediato, que ya está tardando.

-¿El tren lo quieres de vía ancha o estrecha?

-Mientras que no sea de ancho ibérico, me la sopla.

-¡Claro que sí, guapi!

España. Noviembre de 2023.

Será por estafadores…

Será por estafadores…

Buenos días. Hoy es un jueves buenísimo porque ayer me pidió amigación una presunta señora que tenía como foto de perfil a otra señora de mediana edad abundante, sentada en una mesa con su computadora y todo. Como si diera préstamos o algo.

Esta persona decía llamarse Carmen Cámara Hermandez. No «Hernández» como el gemelo de Fernández, no. «Hermandez». Como «hermandad» pero en inclusivo de Moratalaz.

Naturalmente, con esos antecedentes acepté. Lo que pasó, como debe ser, es que Carmen (Menchu para los amigos estafables), me ofreció por Messenger un préstamo muy bueno y con más garantía que un marcapasos de AliExpress. Os ahorro la captura de pantalla donde ofrece el préstamo porque lo único que mola es que afirmaba que su institución financiera estaba «bien registrada en el registro financiero» de sus webos morenos. Creedme: eran morenos. Lo sé por detalles nimios como que en publicaciones más abajo era todo muy sursajariense. La foto de perfil era una engañifa. Como tantas otras, pero por razones diferentes que no tienen que ver con los filtros.

Lo que pasó después, queda para la posteridad en las capturas de pantalla. Menchu me ignoró a tope.

Una vez más, el amor fue imposible. 😭😭

Poesías del Facebook y otros horrores

Poesías del Facebook y otros horrores

En este día tan señalado, me levanto leyendo una poesía mierder, pero mierder de las que sí que dan susto al pánico, y no como tu vestido de vampira sepsi/secsi seis tallas pequeño. Que también da miedo, pero al menos es un desafío a las leyes de la física.

A lo que iba: eso lo lee la policía de la moral poética y manda cuatro furgones de GEOS del verso a sacar arrastrando por los pelos -muy merecidamente- al ente hijo de mil brócolis que lo perpetró. No hay lanzallamas bastantes para hacer una crítica literaria ajustada a semejante derroche en verso.

Una poesía de esas que te hace seguir leyendo porque dices: «ya es imposible que pueda soltar un ripio más penoso o una sinsorgada más estúpider». Pero lo hace. Y entonces dices tú: «esto tiene que ser de coña». Pero no sólo no es de coña, sino que además deja a las claras que lo suyo es pura genialidad y talento.

En serio: ¿Qué te pasa? ¿Es un efecto secundario de los estupefacientes que te metes con la máquina de embutir butifarra? ¿Te has pinchao una sobredosis de porros caducaos? ¿Te controlan el cerebro con un 5G de los chinos? ¿Te caíste en la marmita de la poción imbécil cuando ibas a la egebé y entavía te dura el subidón? ¿PERO A TI QUÉ COJONES TE PASA? ¡¡¡QUE TE PARES YA!!!

Hablamos de un nivel más o menos así (intentaré aproximarme tratando de no herir mucho la sensibilidad de las personas y los cactus borriqueros):

Me pica la tarabica

Porque estuve hueliendo perica.

Me ha tocao una cornamusa

En el bote de la mayonesa Musa.

No es Musa ni poca.

Cara foca.

Soy la hostia en pepitoria.

Por eso voy a Fitoria.

Que allí no me conocen.

A ver si hay suerte y no me persiguen los lugareños.

Y me dan hasta en el páncreas pa que tenga.

Barreños.

Cotolenga.

Jo, soy mejor rimando que el Baudelaire

ese de los cojones.

Marcho a que me dé un poco el aire,

Indiana Jones

Estos porros no pegan un pijo.

Botijo.

Mi opinión al terminar de leer la magna obra:

«Pe… pero qué cojones… ¿ca pachao? ¡Que venga Chusnorris! ¡Ay, mi pericardio! ¡Socorroooooo!»