Rayos, truenos y aeroplanos.

Rayos, truenos y aeroplanos.

La  señora Merkel, que es ese ente mezcla de Walkiria hipertrofiada y sargento chusquero con estreñimiento crónico  y una dosis poco saludable de tensiones sexuales resueltas a medias, está que lo vierte por los bordes. Se conoce que es lo que tiene esto de ser dueña y señora  de esta cosa en la que vivimos que se llama Europa. El caso es que gracias a  Frau Merkel (lo que en Españistán sería «la señá Ángela»), ya nos vamos enterando por vía rectal y nasogástrica  de que el marco alemán ahora se llama Euro, de que las inversiones germánicas privadas que han resultado fallidas ahora se llaman «deuda soberana ajena» y de que los antes llamados muy descriptivamente «países de mierda» ahora se llaman «países periféricos», que es lo mismo pero dicho en lenguaje más molón, guay y políticamente correcto.

Los periféricos somos esos vecinos que vivimos  más o menos alejados del centro de Europa, en lo que vienen a ser los barrios chungos de las afueras.  En definitiva, somos una retahíla de cutrones, voceras, vagos con olor crónico a ajo y una preocupante densidad de políticos por metro cuadrado. Sólo en Españistán, por poner un ejemplo triste, tenemos  cuatrocientos y pico mil, todos ellos con mando en plaza y un inusitado talento para sodomizar a la ciudadanía por el artículo 3. Y en muchos casos sin tener tan siquiera los estudios mínimos exigidos para la tarea. Se conoce que son autodidactas los muy cabrones.
 En definitiva, somos los griegos, portugueses, Irlandeses,  italianos, españoles… resumiéndolo mucho, amigos de la fauna ibérica, los periféricos somos la chusma del continente ( en alemán «Die Chusmen»).  

Lo cierto es que habitamos en esta celtiberia periférica y ajoarriera nuestra en la que se invierte más en puticlubs que en I+D+i  y por tanto andamos bastante justos de inventos y patentes en todo lo que vaya más allá de la fregona, el chupa-chups , el morcón ibérico o  los concejales de urbanismo, y así nos luce el tupé. Llevamos años recibiendo sacos de perras gordas desde Europa para hacer carreteras, aeropuertos peatonales,  palacios de congresos donde no se congrega ni el Tato, estaciones de AVE en cada barrio,  o lo que se le cante en sueños al iluminado electo de turno. Y todo ello por el módico precio de mandar la agricultura, la pesca, la ganadería o cualquier atisbo de industria al mismísimo orto en aras del bien común de no se sabe quién. Bueno, sí se sabe pero ya nos entendemos…

Claro está que con un poco de suerte igual el nuevo Monsieur le Président de France  le aplaca los humos a la señá Ángela, aunque visto lo visto poca carrera lleva el hombre, que ya el primer día se pilla una notabilísima mojadura y acto seguido cuando se dirigía a Berlín empollándose la partitura para cantarle las cuarenta en Do Mayor a la señora canciller de la Bundesrepublik le cae un rayo en la mismísima mitad del medio del aeroplano. Se ve que el hombre no tuvo en cuenta que Thor jugaba en casa. Está claro que hay que leer un poco más de mitología nórdica o  en su defecto algún que otro cómic de Los Vengadores.  Por conocer el percal del enemigo, más que nada.
Y entre sinvivires y sambenitos variopintos capeamos el temporal como se tercie, que a improvisación no nos gana nadie tal y como han puesto de manifiesto nuestros últimos presidentes patrios. Eso sí, lo haremos subidos en nuestros Opel, Mercedes, Beemeuves y demás troncomóviles germanos fabricados con maquinaria germana bajo patente aún más germana mientras nos ponemos ciegos de Bratwurst con Kartofell de guarnición. Y para pasarlo por el gaznate una birrita de las que tenemos en el frigo Siemens. Eso sí:  la birra que sea  Pilsen. Faltaría más. 
Estimados parroquianos: que Thor nos pille confesados… 
Elefantes, sexo y armas de fuego.

Elefantes, sexo y armas de fuego.

Tras un mes sin dejarme caer por estos andurriales blogueros de laxas costumbres y dudosa moral,  los acontecimientos de este y otros  suelos patrios me obligan. Es triste pero es así.

Y es que en estos últimos tiempos -digamos, por afinar un poco,  en estos últimos quinquenios- me ocurre constantemente entre otras cosas poco molonas que lo veo y no lo creo, lo leo y no lo capto, o lo oigo y no lo asimilo, por citar las más floridas. Y en esa frustración crónica  trato de sacar la media aritmética, o ponderada, o la madre que la trujo, y la conclusión a la que llego invariablemente es que  en este parto ibérico no sólo hay dudas acerca de quienes son los posibles padres, sino incluso acerca de quien es la madre, de tal suerte que el punto de partida sería determinar de forma paritaria el grado de putez y el de puterismo y currarse con los resultados un PowerPoint molón pero eso sí, con  fotos de gatitos y perretes, frases moñas y de fondo musiquilla de José Luis Perales cantando la misma de siempre.  En definitiva, éramos pocos y parió la abuela dando a luz un hermoso armario empotrado. 
Por poner un ejemplo, en estos días se discute acerca del papel actual de la monarquía española y por alguna extrañísima asociación de ideas lo que se me viene a la mente es esto, que sólo los privilegiados nacidos en el período temporal de «Cuéntame» recordarán:
Sí, amigos. El papel higiénico El Elefante. Ese complemento que no podía faltar en los más modestos cuartos de baño patrios allá por los efervescentes años 70 más o menos.
Aquello era una cosa tremenda. Lo había en casa de mi abuela, supongo que por el tema de la economía y eso suponía ir con los deberes hechos de casa. Y es que aquellas generaciones de ojete rudo e indómito sabían lo que suponía un apretón inoportuno en una casa con rollo marca  El Elefante 100% puro papel de embalar.
Este mítico y metafórico papel venía dotado, al igual que la vida misma,  de una cara suave y satinada, casi resbaladiza y de otra cara menos glamourosa pero más eficaz al efecto  con textura de lija del 2 capaz de poner firme al legionario más aguerrido. 400 hojas tenía el higiénico adminículo. El número no era casual. Si tenemos en cuenta que para rematar la faena era necesario lijarse el ano un centenar de veces, se puede colegir que se trataba de un rollo de unos 4 usos. Pura regla de tres hispánica. 
Y hablando de papeles regios y caza mayor, ver al Rey pidiendo disculpas y diciendo que lo de la cacería de elefantes y esas macarradas caras en tiempos de vacas flacas para el vulgo no se va a volver a repetir, me produce una inquietante sensación mezcla de tomadura de pelo y alivio por ver que hay alguien capaz de pedir disculpas al populus, cosa que no ha hecho ningún iluminado parlamentario. Al menos el gesto le honra y que conste que uno es de idiosincrasia republicana. Ya decía el ínclito José Luis, actualmente dedicado en cuerpo y alma al noble oficio de contador de nubes y sexador de ninfas,  que tenemos un Rey muy republicano. Menos da una piedra, excepto si debajo tiene petróleo, claro está.
Respecto a Felipe Juan Froilán de Todos los Santos Fjfdtlsito para los amiguetes- permítanme que comience por la parte políticamente correcta dejando clara mi satisfacción, que no mi orgullo, por el hecho de que las cosas no hayan ido más allá de un simple boquete en el empeine que siempre será útil para guardar las llaves o el Iphone en la playa.  Me reservo para mí, eso sí,  ciertas reflexiones acerca de la inexorable acción de la herencia genética. Contra los genes, al igual que contra la alopecia, no hay nada que hacer por más que te empeñes en peinarte haciendo la cortinilla. Casi mejor te rapas y ya está. Mucho más digno todo…
Del tito Iñaki mejor no hablamos para no interferir aún más en el sumario, que dicho sea de paso,  tiene que ser espectacular leerlo  en el baño haya o no paquidermos adosados en la pared. Tiene que ser una lectura como para defecarse de forma incontrolada.
Y respecto al tema de YPF, francamente me hallo o encuentro entre dos aguas: por una parte uno siente la cosa esta medio patriótica de que el gobierno argentino «nos» roba una emblemática empresa española y tal y Pascual, y por otra me entra la sensatez y  me acuerdo de aquello de «Cuando un monte se quema algo suyo se quema…Señor Conde» y me pregunto si no es eso mismo lo que Repsol  lleva haciendo largos años metiéndonos a los españolitos la manguera del surtidor doblada por el orto. Digo yo. Y conste de que eso de la inseguridad jurídica es una cosa muy fea ¡Ché! Y no es por dar la razón ni mucho menos a la Señora Presidente de la República Argentina, a la que junto a su difunto marido no le tembló el pulso cuando apostó por privatizar YPF. ¡Cagamos Señora Presidente! Todos menos usted, que visto lo visto trincó plata dos veces del mismo cepillo y encima le aplauden. ¡Eso sí que es ser Grosso! Algún día aspiro a comprender el alma del pueblo argentino, siempre pesimista dentro, chauvinista fuera, y muy brillante allá donde vaya. Nos os comprendo del todo, y menos políticamente, y eso a pesar de haber oído a Enrique Pinti explicando el argentinismo miles de veces. 
Y ya que antes ha salido a colación el ínclito ZP, y en aras de la paridad más paritaria,  no puedo dejar de tener un cariñoso recuerdo a las madres y padres de nuestros amiguitos del gobierno y la oposición de Españistán, que siguen esforzándose en afinar el tiro para terminar con todos nuestros males. Lástima que tengan la puntería en el culo. Más concretamente en el nuestro. El de los ricos está envuelto en magnífico tisú  de blanco cegador y agradable por ambas caras. Es lo que hay. Para todos los demás, ya lo saben:  400 hojas bisiestas de El Elefante.

Haya paz y salud aunque sea poca, ya que de lo otro cada vez habrá menos salvo que hagamos algo. Lo malo es que no queda nadie legitimado para ponerle el cascabel al Elefante.

Qué lástima…
Perroflautas de diseño, anuncios de Loewe y otros sacerdocios

Perroflautas de diseño, anuncios de Loewe y otros sacerdocios

Veo con pasmo y ojiplatismo galopante la nueva estrategia publicitaria de Loewe, esa marca que de todos es sabido que compite con el Rey en campechanía y proximidad al vulgo. Y es que ya se sabe que no hay adolescente, adolescenta, joven o jóvena que pueda salir a la calle con dignidad sin portar un bolso o  faltriquera mileurista de la mentada marca. No se pueden llevar las llaves, la cartera y la blackberry en cualquier bolsajo de mala muerte, que a poco que te descuides se te avería el karma, y no es plan…

La cosa es que a los zagales y zagalas del departamento de marketing de Loewe, que por lo que se ve han debido abusar de las drogas más de lo normal, viéndose abocados a repetir varios cursos de la LOGSE, se les ha ocurrido buscar nuevos mercados entre la juventud nacional, que como todo el mundo sabe están en condiciones de adquirir bolsos de a mil euros la unidad, eso sí, IVA incluido, como quien ve llover en finca ajena. Vamos, como si no costara o costase. Y para ello no les ha temblado el pulso al perpetrar un  «spot» (lo que viene siendo un anuncio de la tele de los de toda la vida), protagonizado por una serie de entes y «entas» que le pondrían palotes los pelillos de la chepa al mismísimo Chuck Norris.

Así es que, tras estrujarse el cerebro y tirar de la cadena al terminar han llamado entre otros a las sobrinísimas de Ana Belén, a la hija de Ouka Lele (la fotógrafa modernísima de la movida madrileña), o a la hija de Verónica Forqué -(Sí: yo también me pregunto Forqué sin hallar respuesta…)-,  que a lo largo y ancho del spot van soltando sin anestesia ni previo aviso perlas como las siguientes:

  • «¡Estar enamorada es superguay! …es como…¡Todo te da vueltas!…¡Son como mariposas!…»-No te preocupes bonita: con lo que te van a pagar por el superspot superguay que te pasas podrás seguir fumando estupefacientes de los buenos. Verás que vueltas más guays y qué mariposas más bonicas y reshulonas– 
  • «Un buen gazpacho, una tortilla de patatas…¡Mucho bueno vino!» Lo triste es que la zagala que dice esto es la más normal de todas. No digo más…
  • «Me bajo del avión, me pinto, me visto, y….¡Pumba! ¡Ya estoyyyy!»
    Lo de estos dos lerdos del belfo, que cada vez que abren la boca hacen caer el IBEX35,  sobrepasa varios límites que hasta ahora parecían infranqueables o como mínimo reservados a unos pocos elegidos entre los profesionales de la idiotez extrema. Deberían meterlos en el mismo avión del que se han bajado y… ¡Pumba!…. deportarlos a su planeta sin más dilación  no sea que les de tiempo a pintarse y a vestirse y la cosa vaya a peor, si es que cabe tal posibilidad.

Aquí va el vídeo. El que avisa no es traidor:

Y qué decir, amiguitos de la fauna ibérica, del último anuncio de la Conferencia Episcopal incitando a los muchachos más piadosos a ser curas pero enfocándolo como una salida profesional. Más o menos el anuncio viene a decir que ganar, lo que se dice ganar, no vas a ganar gran cosa, pero al menos vas a tener trabajo estable.

 

Y es que, efectivamente,  ante la crisis galopante  lo que más apetece es ponerse a repartir hostias de forma estable e indiscriminada -preferentemente empezando por los del anuncio de Loewe- y encima que te paguen.  No se arreglará mucho pero debe ser un desahogo…
Si al final van a tener razón los obispos. Por eso uno de mis deseos más perversos e inconfesables  ha sido ser Obispo de Mondoñedo. Tengo que hacérmelo mirar…

La intención es lo que cuenta

A pesar de los pesares varios que pesan sobre  nuestros hombros, siempre nos quedarán a  plazo fijo una serie de certezas y verdades universales tales como que  Marzo marceará, o Mayo nos mayeará con sus flores, por poner un par de ejemplos ilustrativos.  Es lo que tienen los inicios primaverales.  Pero  hasta ese momento no nos dejemos llevar por las ansias de calor y disfrutemos  de este Febrero a medio uso, mes  febril por donde se quiera mirar.
Y es que mientras unos  deliran  postrados en  sus respectivas piltras con toses mucosidades y temperaturas corporales de record  Guiness  en su comunidad de vecinos, otros se dejarán caer en los febriles   vapores de San Valentín, conocidísimo santo del Siglo III lustro arriba o abajo, y probable accionista mayoritario de unos grandes almacenes de la época. 
Santo, sí: pero con visión comercial. Algunos, en un alarde de acaparación sin precedentes conjugarán ambas cosas demostrando que es posible casar romanticismo y mucosidad, eso sí de forma febril y disparatada en la escala Celsius.  Los más frikis también se moverán en grados Farenheit y Kelvin mientras recitan haikus y juegan a Dragones y Mazmorras  versión “I Love You so much my Little Troll” como si les fuera vida y hacienda en el empeño.
Pero independientemente de Días de los Enamorados y otras hierbas, hay lugares comunes que a muchos se nos repiten todos los días del año, aunque marcee, mayee o septiembree como si no hubiera un mañana: sí amiguitos. Me refiero a esa perla de las relaciones amorosas. Ese conocidísimo juego cuya variante más común se denomina, agárrense al sofá,  “Cari… ¿Me quieres?” (La fatiguita me invade…).
Y a sabiendas de que parte de la concurrencia ya habrá cavado una trinchera de profundidad media con provisiones suficientes para subsistir un asedio moderado, no puedo dejar de desarrollar el conocidísimo argumento, que deja al mismísimo Tenorio reducido a escombros de consumo marginal:

-Cari…
-¿Qué? (ya empezamos)
-¿Me quieres?
-Claro que
(suspiro de resignación)
-¿Cuánto?
-…¡Mucho!
(ainssssss….)
-¿Cuánto es mucho?
A partir de  este delicadísimo punto ya se masca la tragedia y la cosa puede derivar por derroteros muy diversos en función de los años de convivencia y/o la insistencia de la parte que efectúa el despiadado interrogatorio.

Por eso, a la hora de agasajar a sus respectivas partes contrarias con motivo del magno evento del día 14 piensen en que hay que reactivar la economía. Y si en el intento su billetera les golpea en la cara con un guante, no acepten el duelo. No les compensa el honor sabiendo que van a perder y que siempre les quedará ese comodín tan socorrido como de dudoso efecto:

“La intención es lo que cuenta”.


Y si cuela, miren ustedes, pues eso que se llevan….

De mugres, vidas y haciendas.

En el rincón más oscuro de aquel tugurio de vida abundante y mala muerte, a la luz de lámparas mugrientas de tan bajo consumo como alto derroche de desesperanza lumínica, Isaac Olleros apuraba su sexta cerveza barata. Tal vez la séptima – las matemáticas nunca habían sido lo suyo-.

La mayoría de los parroquianos eran los habituales. Los de plantilla.  Hacía años que algún cliente iluminado, entre los vapores etílicos, comprendió que él y los que le rodeaban cada noche de cada día de cada semana, merecían un término que los diferenciase de los borrachos ocasionales que plegaban velas en el muelle de aquel antro alguna noche de tormenta. Y desde entonces se denominaban a  sí mismos «los supernumerarios» con esa seguridad que proporciona el sentirse parte de algo, aunque ese algo orbite en un microcosmos sórdido y pegajoso. Y además, aquello de homenajear al Opus en la cuenca del ojo le daba un valor añadido. Eran gentes de un incombustible mal vivir que a fuerza de revolcarse en los cenagales del camino terminaban por  convertirse en  perdedores con una inquebrantable mala salud, de esas que no proporcionan la inmortalidad pero conservan el pellejo en formol ingerido por vía oral.

 Todos estaban cortados por ese patrón que hace que la pana deje de partirse desde el momento en que le tocan el entorno. Cuando Paco «El Puta», el fósil de macarra de tupé en franca decadencia reconvertido  en mesonero urbano a medio domesticar se planteó darle una manita de pintura e instalar más luz a su amado local,  los exaltados acólitos hicieron uso del milenario arte de la democracia de la muchedumbre y Paco tuvo que dar marcha atrás y dejar las miserias, las penumbras  y la mugre en su sitio. La lógica era aplastante: a más luz más polvo, más suciedad, más se evidencian las arrugas y puñaladas talladas a cincel y martillo en la jeta del alma. En definitiva, su ejército de menesterosos le hizo comprender que el orden natural de las cosas en sus dominios no debía ser alterado. El triunfo de la escupidera frente al inodoro burgués.  Los caminos identitarios son intrincados y además inescrutables. Los muy cabrones.

Isaac, probablemente el más sereno de aquel ejército de parias, contemplaba el panorama desde su rincón disfrutando de la superioridad que le confería ser un sucedáneo del Polifemo en el país de los que no tienen niña de los ojos. Magra hacienda por otra parte, pero hacienda al fin y al cabo. La Chata, prostituta añosa con la culata del revólver ya comida a base de muescas, arrastraba por los pelos a la Antonia, más conocida como«La Pomposa» o simplemente «La Pompo», antigua «Señora de» que desde que había dejado de ser «Señora de» por K.O. técnico a manos de una rubia veinteañera y calculadora,  se había tirado a la piscina del alcohol sin gafas, respirador ni toalla pero, eso sí, con una pensión que le permitía sostener las adicciones. Hasta en el lumpen hay clases.  Las razones de la trifulca eran lo de menos. En esta guerra, como en todas,  las diferencias se dirimen por aniquilación del oponente y el que gana tiene toda la razón «ipso facto». Al final, unos pelos más o menos en el cuero cabelludo de «La Pompo» no cambiaban en nada la mecánica del cosmos ni el devenir del karma, por lo que tomar partido era perder el tiempo, las fuerzas y la borrachera a lo tonto.

Y en el fragor del combate ajeno,  Isaac le dio una calada al purito que fumaba desafiando los designios del Estado,  y entre la bruma nicotínica alcanzó a ver a Mario «El Legionario» retorciéndose entre convulsiones al otro extremo del local.  La ambulancia llegó media hora después para certificar el fallecimiento.

Isaac Olleros encendió otro purito y entre mares de nicotina y lúpulo concluyó que en toda guerra hay daños colaterales por más legionario y supernumerario que uno sea. Por más apodos, cicatrices y muescas en la culata del revólver que uno tenga a la luz de bombillas de poca enjundia…

Viernes fríos, fijaciones orales y sexo escrito.

Noche fría de viernes –fresca, como diríamos en el norte-. Las calles se llenan de ejércitos de curritos batiéndose en retirada con la moral carcomida pero aliviada ante la perspectiva del armisticio del fin de semana. Viviendo un presente simple y viendo venir un  futuro indefinido pero alicatado de letras por pagar  hasta el techo, que se dirigen como buenamente pueden a sus respectivas casas, bares y/o tugurios de mala muerte, estos últimos también hipotecados pero al menos a nombre de otros infelices. Para que no se diga que no hay para repartir.

Una vez más nuestro héroe hispánico -el inefable y sin embargo normalísimo Ataúlfo Corrochano- se despidió de su antaño estable trabajo hasta el lunes suponiendo que a  los dioses variopintos,  los hados, la patronal y el primo segundo de Standard & Poors se les cantara o cantase por el arco de triunfo. Que podría ser que no, pero hay que alejarse de los pensamientos negativos y los malos rollitos en general porque en caso contrario dicen que se te avería el karma y te sube la tensión y el azúcar, con los costes emocionales y sanitarios que ello  supone.

Ataúlfo sacó el bonobús de su raída  y viejuna cartera de Christian Dior – regalo ya añejo de los Reyes Magos de Oriente que se caía a pedazos-  y no pudo evitar la tentación de blasfemar defecándose en Dior al ver tanta decrepitud carteril   de marca sin solución de continuidad a corto o medio plazo. Con lo que él había sido hace unos años. Aunque lo cierto es que no estaban las cosas para bobadas…
El cartelito luminoso de la parada del autobús decía por obra y gracia del GPS que el vehículo en cuestión, de la línea 2 para ser exactos,  llegaría  en cosa de 3 minutos. Y así fue, porque como todo el mundo sabe lo que diga el GPS va a misa aunque sea dando un rodeo de tres pares de albardas.

Pasó el bonobús con desidia por el lector, que le correspondió con un «bip» tan aprobador como indolente. Es lo que tiene  usar el transporte público a diario y pagando, lo cual es una cosa muy poco antisistema, todo hay que decirlo. Por aquello de que el que paga y además calla, no solo otorga sino que además colabora….  Se sentó lo más adelante que pudo en uno de esos asientos individuales tan prácticos para ejercer de lobo solitario de autobús. No es que Ataúlfo fuese un ser asocial, es que le agradaba más el silencio que las conversaciones forzadas, sobre todo las de autobús y ya no digamos las de  ascensor.

Mientras la voz impertinente del GPS autobuseril iba recitando de memoria el trayecto – ya saben:  «Próxima parada: Marqués de Santojete» y otras cosas por el estilo– Ataúlfo observaba el paisaje urbano invernal de viernes a las ocho y cuarto de la noche, plagado de exploradores de rebajas ávidos de gastarse los últimos cuartos, y una amplia representación al más puro estilo de la ONU de manguis, trileros, carteristas de medio pelo  y menesterosos profesionales en general a la espera de aliviar a navegantes incautos del peso de algún  euro o artilugio convertible en euros. Últimamente la cosa también estaba muy mal para los soldados rasos del ejército del  lumpen. Las carteras de los que antes eran nuevos ricos ya sólo contenían tickets viejos,calendarios de años pasados y tarjetas sobreexplotadas y apenas se conseguía afanar un miserable Iphone al día. En ocasiones, incluso el Iphone era una cutre imitación china a la que se le borraba la manzana rascando un poco con la uña. Porca miseria.

Y enfrascado como estaba en su cómoda observación tras la ventanilla del autobús, al pararse en un semáforo  pudo ver en vivo cómo tres  ciudadanas pertenecientes a una minoría étnica con aspecto de provenir de la zona de los Cárpatos le sustraían por el método del descuido la cartera y el móvil a una pareja de turistas asiáticos que tomaban algo en una terraza.  O dicho en román paladino del de antes, Ataúlfo observó impasible cómo tres gitanas rumanas desplumaban a unos con pinta de chinos o de por ahí que,  no seamos tiquismiquis,  es como todos lo contaríamos al llegar a casa.

Despertó de su letargo al percibir que su parada era la siguiente y tras pulsar el preceptivo botón rojo lleno de mugre y bacterias con las letras STOP medio borradas se  levantó para acercarse a la salida. Y fue en ese momento cuando, al enfrentarse a la perspectiva que ofrecía el autobús ya medio vacío, pero plagado de miradas fijas en el suelo o perdidas en la observación del mundo que había al otro lado de la ventanilla, deseó no tener que abandonar aquella efímera sensación de seguridad contemplativa para zambullirse otra vez, otro viernes más, en aquella  jungla humana, urbana y fría. O fresca, según se quiera mirar.

Y al poner pie en tierra firme, sin ventanillas ni luces fluorescente de por medio y ya a merced del olor a desesperanza y polución,  le asaltó la idea de que tal vez nos iba regular por  rascarnos  la rabadilla en un desesperado intento por calmar la tos, o por empeñarnos en nadar en cueros en mares de inexplicables fijaciones orales repetidas hasta la náusea. Dedicados a resolver tensiones sexuales con apaños de sexo escrito, tan propenso como es a las faltas de ortografía.

Pero Ataúlfo, inasequible al desaliento la mayoría de las veces, se levantó el cuello del abrigo y mientras caminaba pensó que frente a las noches de viernes de filosofías tabernarias siempre habrá mañanas de lunes de esas que no se andan con chiquitas y nos anuncian semanas de sexo duro y además de pago. Y ahí la ortografía y la gramática cotizan poco… Soldaditos somos y en el fragor de la batalla nos encontraremos, y muy probablemente en bandos opuestos. Y por algún extraño mecanismo o fijación oral en este caso pensada, le vino a la cabeza aquello que dicen que dijo el Conde de Romanones, aquel noble con apellido de mala rima, y repitió Mariano décadas después: ¡Joder, qué tropa!  y añadió para sus adentros un sonoro: «…¡Que somos!» sin darse cuenta de que lo había dicho para sus afueras a juzgar por la mirada que le dirigió una señora que al pasar junto a él aumentó distancias y aceleró el paso pensando muy acertadamente que había mucho loco suelto…