Jeques, jequesas, príncipes y principesas.

Esto de las relaciones internacionales es un asquito. Lo siento mucho por los monárquicos, pero es que ver al Rey recibiendo a pie de pista a los dueños y señores de Catar (antes Qatar) y a los tontos del haba de la prensa cardiopatatera  y de la otra loar las virtudes de la Jequesa y sus esfuerzos en pro de la igualdad (?????)  me produce una cierta urticaria. Vamos que esto de la sangre azul, o color petróleo en el caso de los ilustres visitantes, no acabo de verlo claro.

Por más que Catar sea uno de los países árabes más «abiertos» me parece que conviene recordar que entre otras cosas se mantiene el sistema de avales por el que aquel que quiera entrar al país a trabajar, al igual que el que quiera abandonarlo, debe contar con el beneplácito de un kafeel que lo avale, lo cual no deja de ser una refinada fórmula de semiesclavitud moderna.

Claro que en el civilizado occidente no nos quedamos cortos en cuanto a refinamientos esclavizatorios. La diferencia es que aquí no se llama «sistema de avales» como en el Golfo Pérsico, sino  «Sistema de Bancos, partidos políticos, castas diversas y la madre que nos trujo a todos».

La diferencia esencial entre ambas fórmulas es que allí el Estado te lo deja muy clarito desde el minuto cero, y si por ejemplo  te das accidentalmente con el alfanje en mitad del cielo de  los cataplines y se te ocurre mentar al profeta aunque sea de  refilón, te vas al talego de cabeza. No es broma. Le ocurrió a un desdichado lugareño que al quedarse sin saldo en el móvil osó ciscarse en lo más sagrado, el muy imbécil. Si al menos hubiera sido lo del alfanje en los cataplines tendría un pase, pero por el saldo del móvil… ¡A quien se le ocurre tontorrón!

 Aquí te puedes defecar en medio santoral sin mayores complicaciones, pero nos dan más vueltas con la cosa del Estado de Derecho, la Justicia, la Igualdad, la Libertad, y todos esos conceptos prostituidos hasta la médula por los de siempre. Pero el resultado final, amiguitos, es siempre es el mismo: nos dan por el orto,  por el ocaso, por levante y por poniente, todo ello con la mayor de las libertades. Será que nos lo merecemos, no digo que no.

Y en ese mar de dudas que tengo sobre estos temas de la monarquía y la sangre azul, que para mí que no la tiene ni Papá Pitufo en estado cianótico, me despido hasta la próxima temiéndome muy seriamente que tantas prebendas y riquezas jamás las vamos a Catar por más que el Emir invierta.

Va a ser que no.

Arroz, flores, salsa de soja y otras delicias

Ahora que ZP está de gira por la China Popular, que diría Carod Rovira, se me viene a la mente aquello que se supone que dijo Confucio: «¿Me preguntas porqué compro arroz y flores?  Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir»

Tanta belleza oriental  encerrada en una frase acojona, y le hace a uno evocar aquello de que «La tierra no es de nadie salvo del viento». Aunque hay malas lenguas que dicen que la cita completa era: «La tierra no es de nadie salvo del viento, del banco, de la señora duquesa y de la madre que los expulsó a todos con infames dolores de parto». Habría que contrastarlo, pero le veo visos de realidad…
En definitiva, y dejando claro que un servidor no tiene ni repajolera de economía (al margen de la familiar, de la cual tengo unos conocimientos tan incomensurables como deprimentes),   no puedo evitar la desasosegante impresión de que el colega está vendiendo el país en cómodos fascículos coleccionables y encuadernables. Y es que no deja de ser sorprendente que Ozeluí, defensor a ultranza de los derechos humanos, le venda a Wen Jiabao deuda soberana, participación en nuestros aeropuertos (que se suponía que ERAN rentables), en nuestras Cajas de Ahorros (que hasta tenían obra social y todo), y vete tú a saber  en cuantas cosa más y a qué precio. Para echarse a temblar como una gelatina Royal perdida en  mitad del Mar del Norte. Y eso que decía que le iba a poner las cosas claritas a los chinos, por aquello del respeto a las libertades, que todo el mundo sabe que en China es una cosa de la que van sobrados. Vaya tropa. Si las amistades de Josemari Aznar daban miedo, las de este tampoco son mancas.
Y puestos a citar, le contesta  Wen Jiabao al presi que  «Dos países conocen la verdadera amistad en las adversidades, como se conoce el verdor del pino en lo más crudo del invierno».  Y se queda más ancho que pancho el tío. Por algo se acuñó el término «tortura china». No debe haber en todo el orbe una cultura que sea capaz de expresar la mala baba con tanta belleza. Esto en versión hispánica sería algo así como «Te ví a dar un patadón en los morros que te avío pa los restos, majete». Digo yo… 
Te das una vuelta por cualquier villorrio patrio y te encuentras catorce bazares chinos de 500 metros cuadrados cada uno cada tres portales, lo cual no deja de ser llamativo dada la lamentable situación del comercio hispánico medio que, con suerte, se puede costear un local de 50 metros cuadrados a precios desorbitados, que esa es otra… Y que nadie piense en xenofobias ni en cosas raras. La cantidad de comercios cerrados avalan lo que digo. Esa es la realidad amiguitos.  Mientras tanto, sigamos comprando productos fabricados en régimen de esclavitud, que así compite cualquiera. Que nadie olvide que millones de chinos viven en barracones junto a la fábrica en la que trabajan, que lo mismo produce muñecas hinchables que balones de fútbol o gomas para el pelo hechas con condones reciclados en turnos de 14 horas. Nosotros a lo nuestro. Así es que, la próxima vez que se les ocurra decir aquello de «picar como un chino», mejor se lo piensan dos veces.
Que alguien me lo explique porque a mí todo esto me suena a chino cantonés. Claro, que Confucio también dijo aquello de: «¿Uno que no sabe gobernarse a sí mismo,cómo sabrá gobernar a los demás?»
La sabiduría oriental es gratis, oigan. Lo demás está por ver… 

Limones verdes fritos

Ataúlfo Corrochano, nuestro aguerrido héroe hispánico,  miraba al cielo mientras el sol quemante le freía el hipotálamo sin piedad. Por alguna extraña razón tenía el día ácido como un limón salvaje del caribe exprimido antes de tiempo. El parque estaba hasta la bandera de gente matando las horas y sufriendo el calor moderada y gratuitamente  bajo la sombra de los árboles, arbustos, farolas, y demás elementos ornamentales. En el banco de al lado, una pareja de abueletes con chaqueta de pana desarrollaba una conversación de ritmo pausado, de esas con las que podrías escribir el guión de una peli china de siete horas de duración en unas siete páginas contando la portada:

Ni que fuera verano…
-Sí…
-Mucha calor pa ser abril…
-Antes el tiempo era de otra manera…
-Nos ha jodío mayo…

Ataúlfo pensó si tendría la suerte de llegar a la edad de los venerables ancianos para mantener conversaciones de nivel mientras veía la vida pasar de largo sentado en un banco del parque. Claro que, para ello habría que contar con variables tales como llegar a esa edad,  haberse jubilado, o que aún hubiera parques y bancos en los que sentarse de forma gratuita, cosas todas ellas más bien dudosas a la luz de los acontecimientos.  

Una pareja en torno a los treinta y tantos se saludaba a escasos metros:

-¿Cómo te va?
-Tirandillo…

A casi todo el mundo le iba «tirandillo», que al parecer es una categoría inferior al tradicional «tirando». A casi todo el mundo, menos a los mangurrianes a sueldo de los diversos partidos y sus respectivos cuates, muy ocupados en escupir a los cuatro vientos lo malos que son los demás. Campaña electoral, lo llamaban…

Las tres en punto. Ataúlfo se levantó del banco resoplando a causa del montón de grados centígrados que pululaban por el tórrido ambiente y decidió irse a currar mientras pensaba en los cuatro cabrones que se mantenían fresquitos a costa de exprimir a los cabreados y temerosos ciudadanos que habitaban un país aún verde en materia democrática. Por si no tuvieramos bastante con ser limones, encima exprimidos, ácidos, verdes y fritos.

En estas, Ataúlfo se topó de frente con un jefecillo de sección del curro.

-¡Hombre Corrochano! ¿Cómo te va?


Y sin poder reprimir la risa, Ataúlfo sólo pudo atinar a contestarle lacónicamente antes de alejarse:

-¡Tirandillo, Fernández!, !Tirandillo!….

Yo inauguro, tú inauguras… ellos pagan.

Vaya temporadita que llevan nuestros dirigentes patrios. Ahora resulta que la ley les va a prohibir darse baños de multitudes inaugurativos en tiempos de precampaña electoral, y lógicamente hay que apresurarse a inaugurar todo lo que se pueda sin ton ni son e incluso sin estar las obras acabadas, cosa esta última muy llamativa. Agotaditos han de estar, ¡Pobrecicos míos! Y es que esto de las inauguraciones es muy cansino, porque  tienes que ponerte a cortar cintas, poner primeras piedras, mezclarte con la plebe (que como todo el mundo sabe es un asco), correr cortinitas que tapan  placas conmemorativas y plantar pinos sin tregua ni conocimiento ninguno.

Y todo ello por el bien de la ciudadanía, que tenemos que ver como los faraones y faraonas dan a conocer al mundo las magníficas pirámides que legan a la posteridad, todas ellas con su correspondiente estela conmemorativa de bronce o mármol pegada con celo y un moco justo antes de la inauguración, por aquello de las prisas:

«Se inauguró esta excelsa pirámide siendo Alcalde el Ilmo. Sr. D. Hermeneguncio Conejales el 18 de marzo de 2011″

Lo curioso es que siempre omiten la parte que debería decir:  «…y se finalizó en fecha por determinar con los correspondientes sobrecostes.». Debe ser que todo no cabe.

Y cuando se trata de hospitales, la inauguración se repite cada vez que se instala un inodoro:

«Se inauguró este retrete el 26 de febrero de 2011 siendo Presidente el Ilmo. Sr. D. Facundo Cascajal, que plantó con éxito el primer pino. Sirva este sanitario como evocador homenaje a su buen hacer»  

Y de las carreteras mejor no hablamos. Obreros trabajando a tres turnos para que parezca que todo está terminado a tiempo para la inauguración oficial, pintando las marcas viales con tiza y sujetando las señales con cinta aislante. Queda todo muy aparente, pero lo malo es que acto seguido hay que cerrar la carretera en cuestión para rematarla en condiciones. Es una cosa loca.

 Y la pregunta que surge es: ¿Nos tomarán por imbéciles? Que nadie se moleste en contestar, que la pregunta es retórica.

Claro que, también cabría preguntarse si no seremos un poco imbéciles por permitirlo. ¡Qué desazón!

Milana bonita

Milana bonita

Cuando Delibes puso negro sobre blanco «Los Santos Inocentes» y Camus la llevó al cine, le hicieron un traje a medida a Paco Rabal. Pocos actores más habrían podido ponerle vísceras al personaje de una forma tan brutalmente honesta. Si hay una imagen que me produce ternura es la del Azarías llamando a su «milana bonita»:
– ¡Quiá, quiá, quiá…!-  Y la milana volaba dócil hasta su hombro.

Lo curioso es que cincuenta años después de la época en la que transcurren los acontecimientos, el mundo ha variado mucho en las formas pero muy poco en el fondo. Ahora el Señorito Iván sigue gobernando a su antojo  a Paco el Bajo, al Azarías, a la Régula, al Quirce y  a la Niña Chica, que aunque ahora ya no van vestidos con harapos, tienen estudios y viven para el resto de sus días esclavos de un pisito muy apañado y un utilitario molón siguen dejándose la piel bajo otras formas de tiranía mucho más asépticas. El tema es que ahora el Señorito Iván adopta las formas más variopintas y lo mismo se aparece en forma de capullo engominado, de cargo político designado por el método dactilar, de reyezuelo de taifas autocrático o de niñato incrustado a perpetuidad en el sofá nadando en su babeante mar de ignorancia y prepotencia. Y para sostener el tinglado tiene que haber un ejército de  Pacos y Régulas que saquen las castañas del fuego  y agachen la cabeza por miedo a que el desempleo los sumerja en el fango del que todos venimos.

El problema llega cuando el Señorito Iván se carga de un perdigonazo a una graja vulgar y hay cerca un Azarías que ve una milana bonita  donde el infame veía  un mísero pajarraco. Y ese Azarías, en su retraso mental o en su inmensa cordura, según se mire,  antes o después  imparte su justicia colgando al señorito de una encina, que bien pensado no es mal sitio para morir.

Y cuando la cantidad de Azarías que han perdido a su milana bonita ya forman legión, los «Señoritos Iván» deberían replantearse las cosas porque no hay enemigo más letal que aquel que no tiene nada que perder. Pocas sogas va a haber para tanto pescuezo vil.

Así que, por el bien de todos, más vale que al grito de !Quiá, quiá quiá» las milanas sigan acudiendo a descansar en sus respectivos hombros.

Porque sin duda, aunque no seamos santos, ni mucho menos inocentes,  a un mundo sin milanas poco le quedará de bonito.  

Al pairo o a pique

Es llamativo que tras varios días de guerra en Libia, la progresía profesional no se haya lanzado a la calle con pegatinas solidarias de «No a la guerra» en la pechera. A los Bardem y demás miembros y miembras supernumerarios no se les espera en esta ocasión.Y es que por lo visto lo de Libia es más legítimo que lo de Irak porque esta vez China y Rusia no han puesto pegas a la intervención armada por vaya usted a saber qué razones.  De todos modos, me parece a mí que el hecho de que sea una guerra «legal» no la hace menos repugnante y rechazable. Claro que en su día el inefable «Ánsar»se lució con su amigotes en Las Azores  hablando de armas de destrucción masiva. De lo que no hay duda es que aquella guerra resultó tan rentable para los de siempre, como lo será la actual. ¡Gana la banca, señores!

Es lo que tiene esto de fomentar teledirigir y dar sustento a sátrapas y dictadorzuelos que sirvan a los intereses del civilizado «mundo occidental». No creo que haga falta aclarar a estas alturas  que «Mundo occidental»  significa en realidad «Petroleras, industrias armamentísticas, mercados financieros y lobbies de lo más variopinto». Todos ellos eso sí investidos del halo de respetabilidad que les dan sus trajeadas y organizadas vidas. Los designios del mundo se rigen en animados saraos sociales, clubes de campo y fundaciones diversas donde tienen muy clarito que para que uno gane muchos tienen que perder. Cada vez me dan más asco estos tiburones de champagne y canapé.

Y es que Sadam, Gadafi, y demás especies han sido según el momento, malos malotes o buenos chicos a los ojos de los hijos de la chingada mencionados en el párrafo anterior. Y claro, cuando se ponen malotes hay que darles un cachete en nombre de los derechos humanos que, a mi juicio, estaban tan pisoteados entonces como lo están ahora. La diferencia es que ahora, eso que Marx denominaba «las masas» están cabreadas y se atreven a manifestarlo.

Y como cuando las aguas se revuelven la ganancia de pescadores es exponencial, está por ver cual será el rumbo final que tome todo esto, porque los extremistas más radicales intentarán buscar su hueco en el reparto del pastel como sea. Y de nuevo veremos por la tele  la guerra en directo, sin muertos ni nada. Sólo con ráfagas de balas trazadoras que quedan preciosas de noche en el telediario, alguna que otra explosión y algún daño colateral sin importancia.  ¡Hala! ¡Por malo!

Y lo jodido es que al final los señorones y señoronas  que viven de estos lances a miles de kilómetros del «teatro de operaciones» comentarán en el salón de sus respectivas mansiones lo terrible que  es la guerra.

.-¡Oh cielos, George querido! ¡Es tan terrible!

Y George asentirá mientras le da vueltas a su copa de Brandy y repasa los índices bursátiles en el Financial Times:

.-¡Así es, querida!, ¡Así es!

Y mientras tanto los políticos hablarán de respeto a los derechos humanos y de paz mientras negocian los contratos de reconstrucción.

Y ya de paso con un poco de suerte, igual hasta nos bajan el precio de la gasofa. Lo que está clarito es que una guerra por más que esté investida de legalidad es un asco y un fracaso más en el suma y sigue de la humanidad.

Ya podemos poner el barco al pairo  porque cada vez tengo más claro que es un milagro que no se haya ido todo a pique. Ver veremos dijo un ciego, y un sordo no lo oyó…