Hoy te fuiste, Francisco Sánchez. Paco, el de la señora Lucía. Mal comienza el día para quienes amamos profundamente tu arte, tu genio, tu talento y tu esencia, porque sin quererlo la bulería se nos torna soleá al vernos huérfanos, con un rincón del alma dolorido y un nudo negro en la garganta con letra amarga de petenera.  
Huérfanos como tu niño Curro y  su rondeña, que iniciaba la liturgia cada noche flamenca como una declaración de intenciones, clara y rotunda, para aviso de navegantes a la deriva. Salía Paco a las tablas, sin adornos ni artificios, sin más armas que su arte y simplemente al templar el silencio se hacía en la sala. Y a los primeros compases le sacaba punta a los palos desde la Alegría al Zorongo, como sólo puede hacerlo quien nada tiene que demostrar a sus fieles, que acudíamos al templo con la fe intacta y la verdad de su música incrustada en las entrañas a escuchar con respeto las palabras del maestro. Palabras trazadas a golpe de cuerdas entre picados y rasgueos,  tremolando de la prima a la sexta, seda sobre seda, dueño y señor del compás.
Y hoy nos vemos repitiendo incrédulos el lamento de tu voz llorando la pérdida de Camarón: «con lo que yo lo quería,  se fue de mi vera pa tóa la vida».

Con el último adiós y a la vera del mar, nos dejas con hambre de más, y el alma entre dos aguas. Descansa en paz Francisco Sánchez. Paco, el de la Lucía.
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