Pues se acaba 2023, que se fue en medio suspiro. Más concretamente, y como soy asturiano, lo expresaré en varias escalas de medición: se ha pasao en medio Suspiro del Nalón, en 0,37 Carajitos del Profesor, o en 0,7 Gonmimadres por segundo. Para los que sois de letras, son magnitudes estándar del Sistema Métrico Asturiano Universal junto con muchas otras como el fostión por metro cuadrao, los cagamentos por hora o las farturas por kilopondio cúbico.

Aparte de una baja médica más larga y cansante que el campofúbol de Oliver y Benji, que me deja unas manos más débiles y torpes que antes, 2023 me ha traído la edición de mi primera novela tocha y seria, y además justo en la fecha del aniversario de mi padre. Esa fue una de las mayores suertes, porque aunque tenía la voluntad de hacerlo coincidir, no estaba totalmente en mis manos que así fuera. Pero en las primeras horas de la madrugada de aquel día, recibí un mail indicando que la novela ya estaba disponible. Y ese deseo se cumplió. Y con ello, una promesa que les hice años atrás a mis mayores que ya no estaban. A los míos y a los de todos en realidad. Los que habéis leído La herencia de los cautivos hasta el final, sabéis que así es y que vuestra gente también vive en esas páginas. Y las promesas están para cumplirlas.

En eso, 2023 me deja la conciencia tranquila y el regalo de que el primer ejemplar de La herencia de los cautivos repose junto a los demás libros en una estantería de la casa de mis ancestros. Eso vale oro molido, y la infinidad de horas y horas de documentación, trabajo e inmersión en capítulos muy dolorosos que supuso ese proyecto. Esto último, para mí se queda. Lo que yo veo no es un tocho de 660 páginas. Es un exorcismo, y una limpieza del caminito recorrido y del que quede por recorrer. Y, como queda dicho, una promesa sagrada que pude dar por cumplida.

Sé que los míos -los nuestros- nos sonríen desde donde estén.

Este año también me trajo el inicio de otra novela, con título definitivo y la portada ya en mente tras haber escrito unas cuantas páginas, pero que tengo parada de forma indefinida porque uno sabe cuándo toca escribir algo y cuándo toca dejarlo reposar para mejor ocasión. Sé muy pocas cosas pero, esa al menos, sí.

También escribí mucho humor en redes, y alguna que otra historia triste. Escribir historias tristes es mucho más fácil. Hacer llorar es más simple que hacer reír. Seguramente porque así es la naturaleza humana, y llevamos dentro muchas miserias sin sanar y muchas emociones contenidas. Por eso es tan sumamente fácil despertarlas.

Este fue el año en el que hice mío lo que una amiga, ante el bajón que arrastraba en cierto momento, y a la pregunta de «¿Cómo es posible que pueda hacer reír a otra gente, pero no a mí mismo?», me dijo: «Querido, uno no puede dar lo que no tiene». Y me di cuenta de que las alegrías, igual que las penas, se llevan siempre encima. Y están ahí para usarlas en cosas que lo merezcan. Y me permití aceptar que si puedo regalar risas es porque también las llevo dentro. Efectivamente, no se puede dar lo que no se tiene. Por eso procuro entregar todo lo que puedo. Según parece, tengo el don de hacer reír o llorar poniendo las palabras en un determinado (des)orden. En lo personal no es que me sirva de mucho de forma directa, pero sí que lo hace de vuelta a través de mucha gente que -y alucino con esto- me escribe para darme las gracias por haber aliviado sus penas con unas risas o con unas lágrimas. Y todas y cada una de las veces me pilla por sorpresa. Y todas y cada una de ellas me recuerda por qué hago esto y me impulsa a seguir haciéndolo.

Este año conserva a mi gente con salud y trabajo. Y a mi perrete Lucas, viejito y camino ya de los dieciséis años, con la misma mirada de cachorro que cuando llegó a casa con tres meses. Este año me trajo la noticia de que mi hijo mayor se casa en 2024 con la hija adoptiva riojana con la que comparte su vida hace años. Es verdad que también se llevó a personas cercanas a gente muy querida para mí. Demasiado joven en algún caso, y pura ley de vida en otros. Duele, pero forma parte de lo que todos sabemos que ha de ocurrir. El más reciente, Darío. Te pudiste reunir de nuevo con la mujer de tu vida tras haber vivido más de noventa años siendo una buena persona. No está nada mal.

En 2023 he puesto en orden muchas cosas, y he podido darme cuenta de lo amable que ha sido la vida conmigo en casi todo lo realmente importante. Salvedad hecha de algunos episodios que me golpearon muy duro hasta llegar a tumbarme, pero con los que hace años ya que aprendí a convivir.

Y con 2023 también cierro de la mejor forma posible, y con mil emociones y experiencias increíbles, la andadura de mi primer libro, Vida y Milagros de Sindo Morán, cuyos ejemplares restantes se han ido para contribuir a que 29 asociaciones que defienden y promueven causas justas puedan seguir haciéndolo. Recordad que podéis adquirir ejemplares en todos estos sitios, y que el importe íntegro es para sus actividades:

https://www.ismaalvarezpaz.es/puntos-de-venta-vida-y…/

En lo personal, a 2024 le pido que me ilumine un poco en el tema laboral y me traiga un trabajo que me llene, me permita ganarme la vida, y seguir haciendo las cosas que de verdad me gustan. Y si eso se resuelve, también la vuelta a un medio que adoro: LA RADIO. Pero esto último depende de lo primero por aquello de no echar el carro por delante de los bueyes.

A todos los que estáis, os deseo lo mejor de lo mejor, y que nos sigamos acompañando en el camino. Si tienes que pintar, pinta. Si tienes que cantar, canta. Si tienes historias que contar, hazlo. Entrega los dones que tengas y verás que, antes o después, la magia ocurre de la forma más inesperada.

Soy un tipo con suerte.

Uno por uno, os mando abrazos a mansalva. Gracias siempre.

PD: gracias a mi primo Horacio Rodriguez por la foto.