Ya sé que para muchos esto será una herejía gordísima, pero la verdad es que mayormente me da lo mismo. Alguien tenía que decirlo: la historia de Marco no hay por dónde cogerla ni con la punta un palo. Y pensar que de eso puede salir una adaptación cuqui para hacer una serie de dibus adecuada para niños es una perversión intolerable. Así hemos salido los de nuestra generación y se explica el elevado consumo de psicofármacos. Esto es así.

Naturalmente me refiero a Marco, el niño italiano repelente que se fue solo por el mundo a buscar a su mamá cruzando el mar a otro país ante la pasividad de su hermano de 18 años y su papá, ambos con unos huevazos como balones de Nivea, dicho sea de paso.

-¡Papa, papa! ¡Il tontopoglia di Marco se va a buscare a la mamma!

-¡Santa madonna! ¡Il puto bambino dei coglioni! ¡Bah! ! ¡Ya ritornerá cuando se le acaben los tortellini e non tenga una merda que mangiare! ¡Con lo que traga il figlioputa!

Digo esto por no confundir con Marco Antonio, el romano repelentus que cruzaba el mar a otro país, pero para trequinarse a Cleopatra VII entre otras nobles causas ante la pasividad de Tulio Caius Cistilio, que era el podólogo de Marco Antonio y se la traía floja a quién se trequinaban o dejaban de trequinar sus pacientes. Esto último, al menos, es normal.

Es cierto que el hecho de que las cosas se pongan malamente y tengas que pirarte a currar a otro país en un trabajo de mierda y sin asegurar, dejando atrás a tus hijos de 11 y 18 años con su padre, que seguramente será un vago borrachuzo, no es una cosa difícil de imaginar, sobre todo si vives en 2020.

El tema es el siguiente: la mamma se va a trabajar de mucama en Argentina, más o menos a finales del S. XIX o principios del XX, que de aquella no había messenger ni videoconferencias, ni Frigopieses. No había una mierda de nada. Claro, normal que la gente se pirase cruzando el mar a otra galaxia más entretenida. Y para más INRI lo hacía desde un puerto italiano al pie de los Apeninos, que por lo que se ve, de aquella la cosa estaba tan mala que merecía la pena irse a currar de mucama sin asegurar al otro extremo del mundo. Vamos, que la cosa tenía que estar mala, pero mala de usar el papel higiénico por las dos caras.

Mientras la mama se alimenta del aire y de las florecillas del campo para poder enviar su miseria de nómina a casa, el hermano mayor de Marco se pasa la vida tocándose los webos jugando a la pleisteishon, que por aquel entonces era de madera de fresno, y el borrachuzo del padre se gasta la mitad en la taberna. Como si fuera español o algo. Lógicamente, el pequeño Marco vive asqueado en semejante familia desestructurada.

La mamma, que debido a que en la época no había otra cosa metía los whatsapps en un sobre y tras pegarles un sello a escupitajos los enviaba por correo ordinario, que por entonces era tan ordinario que no había otro correo, se pone malita y deja de enviar whatsapps. Ni por correo ordinario ni por correo elegante. Ná de ná.

Por aquel entonces no era como ahora, que si no se tienen noticias de alguien, a los 3 minutos ya se moviliza a la Guardia Civil, la Ertaintza, los Mossos d’Esquadra y al payaso de Micolor. No. De aquella nadie se alarmaba si no tenía noticias de un familiar hasta pasado un año. Ahí ya, se empezaban a preocupar y lo comentaban a la hora de la cena. De hecho, a los dos años sin saber nada de la mamma, ya se empezaron a mosquear de verdad e, incomprensiblemente, deciden que Marco, al que aún no le había cambiado la voz ni le había salido pelusa en el entrepato, sea el encargado de irse a buscar la mamma a casa Dios. Vaya familia de mierda. Vale más tener un radiocassette, que al menos puedes poner cintas de Los Chunguitos y deprimirte cuando te dé la gana.

Se conoce que el padre y el hermano mayor se quedaron en casa con la peregrina excusa de vigilar la pizza que estaba en el horno, o por si venía el repartidor de Amazon, o el cartero traía un whatsapp urgente o algo. A mí es que con esto me pasa como con la teoría de la relatividad, o con las opiniones de las redes sociales: que no lo entiendo ni pa Dios.

¡Home, no me jodas! Que una cosa es mandar al chiquillo a comprar un cartón de Ducados y otra muy distinta hacerle semejante putada sin que los servicios sociales de los Apeninos movieran un puto dedo. Menudos inútiles. Y eso que de aquella faltaban como 20 años para la siguiente pandemia ¡Ojocuidao con el dato!

La cosa es que el pequeño Marco, por alguna extraña razón, a pesar de ser pobre de los de reutilizar las bolsas del Alimerka, tenía un mono exótico y probablemente carísimo, que se llamaba Amedio. Que las vacunas de mono deben de costar un pico. Y con un par, ahí se piró por el mundo con unos calzoncillos de repuesto, cinco euros y un chusco de Bollycao de marca blanca sin relleno de chocolate ni nada.

Marco, después de pasar mil aventuras de mierda que harían vomitar a un facóquero y deprimirse al mismísimo Chucnorris, siempre termina llegando al sitio donde se supone que estaba su mamá trabajando de mucama para una familia pija con pasta, pero resulta que la familia se ha mudado a otra ciudad que queda a tomar por saco. No en el concejo de al lado, no. ¡A TOMAR POR SACO, DONDE PILATOS PERDIÓ LA PALANGANA!

Que la primera vez pase, pero es que al chaval le pasa eso mismo una pila de veces. Que es que hay que ser gafe de cojones. Es llegar POR FIN a la nueva residencia que la familia había elegido para vivir ese capítulo, llamar a la puerta, y que alguien con cara de estreñido y mala baba le diga a ese niñomierda repelente con pinta de politoxicómano que lleva un mono sin desparasitar en el hombro, que la familia Mequínez ya no vive allí. No me jodas. Esa familia se pira sin pagar el alquiler ni la luz ni nada. ¡PERO SI NO LES DA TIEMPO NI A QUE LES INSTALEN LA FIBRA ÓPTICA, JODER!

Lo cual me lleva a pensar que a la familia Mequínez no le va tan bien como pretenden aparentar, los muy snobs de los cojones, que mucha mucama y mucha movida, pero andan a dos velas y al padre lo echan del curro justo tres minutos después de firmar el contrato. Si no, no se comprende.

Vaya, que a los Mequínez les va muy malamente y la madre de Marco tiene la puntería en el culo a la hora de elegir familias adineradas de otro continente para las que trabajar como mucama.

Al final, resulta que el ingeniero Mequínez logra mantenerse en su puesto de trabajo hasta pasada la hora del pincho, y a Marco le da tiempo de llegar a la casa, donde su madre enfermísima ya se da por jodida pensando en hacer el equipaje OTRA VEZ antes de la hora de la merienda. Que menudos cabrones los Mequínez, obligando a su asistenta enferma y sin asegurar a trabajar como una esclava haciendo y deshaciendo el equipaje todos los días.

Entonces, al ver a su pequeño Marco, y tras echarle la bronca por andar con un mono piojoso y sin vacunar, se pone muy contenta y se opera de lo suyo recuperándose satisfactoriamente en pocas semanas, contrayendo una cuantiosa deuda con la clínica privada y con COFITRÍS, que le ha concedido un préstamo abusivo. Que ya hay que ser desgraciado. Pero la mamá de Marco, que no es muy larga de luces, acaba cayendo en la cuenta de que Marco ha venido solito desde el puerto italiano al pie de las montañas, que eso queda a tomar por saco de allí, y el comemierdas de su hijo mayor y el pichafloja borrachuzo de su marido se han quedao con los webos posados en el sofá rascándose los Apeninos a dos manos mientras dejan a su bambino pequeño solito por el mundo. Bueno, vale, con un mono sin vacunar, que al menos hace compañía aunque transmita la rabia y cosas chungas por falta de vacunas.

Nos ha jodido mayo con las historias conmovedoras y bonitas…

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