A ver si a vuzotroh uhtedeh también os pasa muchas veces lo siguiente, o por el contrario sois normales: alguien se hace un presunto cambio de look de cualquier tipo: da igual que haya ido a la pelu, lleve pendientes nuevos, o se haya hecho un lifting & serum a base de aceite de ojete de karité con limón y extractos de lo negro que sale en las juntas de las bañeras proletarias. El caso es que la diferencia es imperceptible para el ojo humano, para el ojo de buey, para el ojo de pez y para el ojo en general.

Y lo pone en redes sociales con gran despliegue de medios, fanfarrias, alharacas y detalladísimas imágenes ahí en plan «¡Eh, mirad todos lo que me he hecho! ¿a que me se nota munchísimo? ¿Eh, eh? ¿A que sí? ¡DÍGANME QUE SÍ, HIJUEPUTAS!».

Y tú, con grandes dudas, vas a buscar las gafas de ver, aterrado ante tu escasa agudeza visual y/o mental. En el móvil no notas na de na. Vas al ordenador a ver si así… Tampoco. Lo miras en la tele de 350 pulgadas. A la persona en cuestión le ves hasta los ácaros de las pestañas, pero no terminas de captar los presuntos cambios. Consultas con el CNI, con la CIA, con el INEM, y con Josie, pero ninguno ve nada. Claro, que este último no ve los mierdones que perpetra, va a ver los presuntos cambios en la persona en cuestión…

Y tú, perplejo, ves cómo una horda de gente le dice en los comentarios cosas como «¡Menudo cambio!» «¡Hey, luses fantástica Mary Margaret!», y otras falsedades. O sea, a lo mejor es verdad que notan el cambio. Pero yo no me lo creo ni de coña.

Hasta aparece el mongolo ese de la teletienda que lleva 30 años diciendo «¡Sielos! ¡Jamás vi algo igual! ¿No es increíble, Mike?». Que viniendo de alguien que se asombra por una mierda de plástico que la pinchas en un limón haciendo rosca, aprietas a lo burro, y sale zumo, no parece una opinión muy a tener en cuenta. He visto Twingos pasar por encima de una bolsa pipas y sacarles tol aceite por el mismo principio, pero a lo bestia. No tiene mérito ninguno.

Es verdad que no tarda en aparecer la amiga sincera que, asombrada ante los hechos, no duda en preguntar «¿Pero tú qué c*oño dices que te has hecho, Mari? ¿Qué cambio ni qué p*llah, si estás igualica que en tos los selfis que te haces desde que se inventaron los filtros?». Yo soy muy fan de esta amiga sincera, precisamente porque no tiene filtros. Que a día de hoy es una cosa que se ve muy poco.

O sea, en serio: tal como lo veo es como si Biden sale por la tele y en mitad del discurso que lleva dando de espaldas al público desde el minuto cero, sin pantalones y con un calcetín de Bob Esponja y otro de Trump bebiendo de un botijo, le da un beso a un buzón, abraza un cajero automático, y sacando del bolsillo una revista de esas de hacer sudokus y sopas de letras dice «¿A que no se me nota nada que estoy regulero de lo que viene siendo lo mío? ¿Eh, eh? ¿A que no? ¡DÍGANME QUE NO, HIJUEPUTAS! ¡VIVA HONDURAS!».

El resultado es que a él también le van a dorar la píldora, pero no solo porque sea el jefazo del mundo libre, sino porque en estas cosas sí que somos iguales de verdad.

He dicho.

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