Vehículos a motor y otros velocípedos

Hoy, amiguitos de la fauna ibérica, toca hablar de esos objetos de deseo carísimos y, al igual que los políticos y las eléctricas, siempre ávidos de euros en modo cornucopia con gastroenteritis galopante: los vehículos de tracción a motor y derivados.

Apartado 1: La adquisición del vehículo

La cosa empieza porque sale por la tele un anuncio molón. A continuación vas a la tienda de vender coches, que curiosamente no se llama cochería sino concesionario, con  la ilusión a adquirir tu nuevo troncomóvil que tantas horas de disfrute orgiástico y apasionantes aventuras te va a proporcionar. Lo decía el anuncio, y la muchacha que salía estaba muy buena, así que…
 De mano el vendedor, que ya antes de entrar por la puerta te ve una cara de pardillo de competición que se funde el misterio,  te abruma con cosas muy complejas:

-Hola buenas, que yo venía a comprar un coche
-Por supuesto ¿Lo quiere cabrio, monovolumen, spider, sedán, ranchera, 4X4?
-¡Dieciséis! No, no. Yo lo que quiero es un coche. Que entren cinco y el perro. Si puede ser.

Y luego ya viene el tema de la tecnología punta: que al final no te aclaras con el  Automatic Aparcómeter Assistant, Abeese Retrobático, 78 válvulas bisiestas, manos libres blutuz, piernas libres WiFi, tracción a la rueda de repuesto, detector de menstruación  y dispensador de profilácticos de serie. Y tú, que de puro macho te sales, pones cara de entender perfectamente  lo que te están vendiendo y de paso quedas como Zeus delante de tu partenaire. Y sales convencido de que eres el rey del mambo y con una colección de letras como para alicatar  seis cuartos de baño de la Preysler.

Y por si fuera o fuese poco, desde ese mismo momento te metes en una espiral de gastos de  nivel porno guarrindongo y comprendes, demasiado tarde, que no sólo acabas de pagar el Full Total Mega Equip  -que es una expresión que viene a decir que tu troncomóvil tiene de como si no costara-  sino que acabas de vender tu alma al diablo o, en palabras más llanas, de defecarla con vistas al parque.

Apartado 2: La gasofa:

Todos sabemos que tu coche anda como un avión y consume como un mechero, pero lo que no cuentas es que te cuesta como un harén. La cosa es que para andar, tu vehículo precisa de un un líquido carísimo de olor penetrante que sale de unos grifos de inspiración fálica en una proporción aproximada del 50% de octanos y cosas químicas y otro 50% de impuestos. El precio de la gasofa depende de la cotización del petróleo, y sigue un sistema sencillísimo que básicamente consiste en que si sube el petróleo cuesta más, si se cree que hay atisbos de que el petróleo tal vez pueda subir, cuesta más, y en el hipotético  caso de que baje el petróleo,  cuesta más por razones estratégicas. El consumo medio de tu vehículo se mide en litros cada 100 kilómetros, que no deja de ser una cosa arbitraria teniendo en cuenta lo bello que sería decir: mi coche gasta la módica cantidad de 0,12 fanegas por legua. Todos los coches vienen de serie con dos consumos: el de contar a los amigos y el de verdad. Hay una excepción a la regla, y es que si tienes un todo terreno puedes contar el consumo de verdad para dejar claro que tú tienes poderío y las menudencias te la refanfinflan.

Apartado 3: El mantenimiento

Tu velocípedo, por más Full Equip que sea o turgente que fuese la moza que lo anunciaba, tiene un montón de chismes que hay que cambiar cuando diga el fabricante, que para eso te ha vendido un ordenador de a bordo que no sólo NO sirve para ver porno o descargar pelis, sino que además te dice que tienes que pasar por el taller a revisar el ajuste de la junta de admisión telúrica y los niveles de colesterol.

Al coche hay que cambiarle el aceite cada X kilómetros o cada X tiempo: lo que más te joda.

-Hola, es que me dice el ordenador de a bordo que me toca cambiar el aceite
-¿Qué aceite prefiere?
-Pues virgen extra, que dice Arguiñano que es mejor

Además, tu coche tiene filtros para todo:

-Le hemos cambiado el filtro del aceite, el del aire, el del café, el de partículas subatómicas y el de polen y ácaros. Son 450 leuros mas IVA
-No, si no soy alérgico ni nada…

Por no mencionar las pastillas de frenos, las de la tensión, las correas, los tirantes, las ruedas de invierno, las de verano, las de de otoño, que esta temporada se llevan en estampados monísimos, la trócola, los chiclés de esfuntración, la válvula aórtica, el caudalímetro cuántico y los 14.237 latiguillos, tubos, codos, centralitas de control, de descontrol, y las cosas de la ecología.

Apartado 4: La viñeta y el seguro


Como es lógico, tienes que asegurar tu coche por si las moscas. El seguro es una cosa que tenemos que pagar más cara todos por culpa de los cenutrios profesionales que se hacen Porriño-Madrid en tres cuartos de hora parando a mear.   La viñeta es un impuesto que tienes que pagar por circular aunque tu ciudad tenga unos baches nivel sima. Yo he visto a Jesús Calleja salir de algunos de ellos gritando «¡Desafío Conseguido!» y sin embargo mi ayuntamiento se empeña en jincar una suma anual que podría cubrir varias farras desenfrenadas de las de no llegar a casa ni con GPS.

Apartado 5: La  ITV

La ITV es un sitio lleno de aparatos en el que miran si tu vehículo está fetén. Básicamente llegas, pagas, esperas, y a continuación viene un señor con una tablet que, al igual que el ordenador de a bordo, no sirve para ver porno. A continuación te mandan que toques el claxon para ver si está afinado, te abren la puerta y luego la cierran, cosa que es una gilipollez porque obviamente tú estás dentro y en algún momento has tenido que entrar y cerrar. Que te dan ganas de decir que tú no venías de serie con el coche y eres un ente autónomo que cada X tiempo tiene que salir para hacer sus cosas. Luego tienes que encender las luces, los intermitentes, y  bajar la ventanilla, que digo yo que debe ser para comprobar que puedes atender a los vendedores de pañuelos de los semáforos y coger el ticket del parking de Mercadona.

Luego te meten en un artilugio que te bate y centrifuga el vehículo hasta ponerte los calzoncillos del revés y desprenderte las retinas y varios órganos internos, después te meten en unos rodillos que sirven para lijar y exfoliar los neumáticos  y a continuación te ponen encima de un agujero. Tú te quedas arriba y el inspector se pone debajo. Lo que viene siendo el misionero de toda la vida. Después de los preliminares te inspeccionan los bajos y te dicen que muevas la dirección a izquierda y derecha rítmicamente, pero sólo cuando te digan. En plan sumiso ¡Oh, sí, sí..! que tienes un poro en el escape y que tienes pérdidas de aceite.

Finalmente te dicen que abras el capó, le insertan a tu coche una sonda por vía rectal, el inspector, que ya sabe que la puerta abre y cierra -el muy cabrón-  te expulsa del vehículo, se sienta y sin anestesia ni nada hinca la chiruca en el acelerador hasta que la saca por los bajos, mientras tú rezas para que no empiecen a salir las bielas disparadas como misiles Tomahawk, para acto seguido decirte con sorna que tienes los gases y los triglicéridos altos. Finalmente te dan un papel que dice que debes ir inmediatamente al taller a cambiarle el muelle de la cabeza al muñeco del Fary, reponer el ambientador del Hacendado, sustituir la pegatina de Gurú y  renovar inmediatamente los discos de Bisbal y Bustamante, no sin antes advertirte que de no hacerlo te parará la Guardia Civil, que es una cosa que acojona mucho.

En resumidas cuentas, amiguitos, el coche es una cosa que mola mucho, te lleva a los sitios y fomenta la natalidad, cosa que por otra parte también hace un harén y por menos pasta. Para gustos colores.

Paz y amor hermanos…

Queridos Reyes Magos de Oriente

Queridos Reyes Magos de Oriente

Queridos Reyes Magos:

Este año los españoles hemos sido mú güenos, excepto en las ocasiones en las que no lo hemos sido en absoluto, pero no nos lo tengáis en cuenta, que al fin y al cabo muchos de nosotros no somos monárquicos y tampoco os decimos nada. Vamos, que entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera porque ya se sabe que  nadie es perfecto. Bueno, excepto Cristiano Ronaldo, Ramón García, David Bustamante y algún otro, pero vamos, que lo decimos por generalizar.

Este año los españoles nos hemos portado tan rematadamente bien que ya parecemos tontos de los de carné y paga mensual, pero sin paga mensual. Por la cosa de los recortes.
Más que nada para no gastar perras a lo tonto ni vivir por encima de nuestras escasas posibilidades y al menos morir decentemente por debajo de las mismas.

Que digo yo que a pesar de la notable dilatación de esfínteres que arrastramos gracias a los sucesivos gobiernos que nos han desgobernado,  no hemos prendido fuego a todo lo que se mueve y en las Plazas Mayores en lugar de practicar el noble deporte del Linchamiento Sanguinolento sobre Patíbulo Fijo lo que hay son relaxing cups of café con leche Pascual y bandas de ciudadanas oriundas de la zona de los Cárpatos afanando «esmarfones» y carteras al personal. Los españoles otra cosa no, pero los tenemos muy gordos. Baste señalar al respecto que el estándar medio  nacional de talla testicular es el caballo de Espartero. Tendréis que reconocer que eso es una cosa que tiene mucho mérito y vale para subir nota.

Por eso, humildemente nos atrevemos a pediros que tengáis a bien traernos alguno de los siguientes regalos (si son varios ya sería una cosa orgásmica):

  • Ya que nos recortan los sueldos, la sanidad, la educación, y demás cosas superfluas, más que nada para ir a juego con la situación, os pedimos  una recortada de fabricación nacional o en su defecto un Kalashnikov de oferta en el Carrefour y munición en abundancia, aunque sea del Hacendado 9 milímetros parabellum.  Si no pudiera ser por la cosa de la paz, el amor, la concordia y todo eso, y con el noble objetivo  de estimular el empleo en el sector de la construcción, también nos vale que tapiéis el Congreso, el Senado, y tantas otras instituciones patrias de cuyo nombre no podemos acordarnos  no vaya a ser que sea delito o algo… Si no fuera mucha molestia, con sus respectivos inquilinos dentro.
  • Que, dentro de los límites de lo posible, seamos todos iguales ante la ley (risas en la sala) y que deje de haber inimputables, irresponsables, intocables  e impresentables en general.  O si no puede ser dado el serio riesgo de despoblación nacional que eso supondría, que al menos no tengamos que pagarles un sueldo por ello y se busquen las habas como buenamente puedan o sepan. Bueno, vamos a dejarlo en  «como puedan», que somos buena gente -lo dice el anuncio de los embutidos, así que eso es inapelable- y  así a lo mejor sacan para ir tirando.
  • Que a Gallardón le den el Premio Nobel con mención especial Alain Afflelou a la Miopía Galopante Cum Laude, a Rajoy que le den el Príncipe de Asturias de las Artes Sodomizatorias Llueve Mucho Mireushted, a Wert que le den el Globo de Oro para que se lo ate donde mejor  proceda a ver si hay suertecilla y sale volando a lo «UP» pero con turbulencias de las chungas, a Rubalcaba que le den el Goya al mejor Atornillamiento Poltrónico Jurásico, y a los sacrosantos defensores de la clase obrera con cuentas corrientes de marqués, que les den el Grammy al mejor arrimamiento de ascua a sardina con mención honorífica «a mí que me registren». En definitiva, que les den a todos y todas (por la cosa de la paridad)
  • Para los que  sientan sus reales en los sillones de los consejos de administración de eléctricas y afines como pago a los servicios prestados, pedimos una descarga moderada de carísimo y deficitario fluido eléctrico en la parte de los genitales y que tengan que pagar de su bolsillo el recibo de la descarga para que les entre la risa floja un rato. Eso en los tiempos gloriosos de Grecia lo hacía Zeus, que se le daba de miedo la cosa de los rayos y la generación eléctrica en general, y además gratis.
  • Que los sindicaleros profesionales actúen como sindicalistas y no como mercachifles de todo a cien a precio de Louis Vuitton con cargo a subvención  sin mayores explicaciones. Y que a los sindicalistas de verdad, que no son pocos,  les dejen hacer su trabajo si puede ser. Y ya puestos, que no les apliquen a sus propios trabajadores despedidos las leyes laborales de las que, con razón,  tanto reniegan
  • Para la cúpula de la patronal, os pedimos lo mismo que para los del apartado anterior y, a mayores, un poco de decencia y dignidad  antes de abrir la boca, que cada vez que lo hacen sube el pan y baja la Bolsa de Tokio y el Saco de Orihuela. Que se dediquen a crear empleo en lugar de escudarse en esta estafa y lloriquear porque ya no ganan pasta por contenedores. Más que nada porque muchos de ellos nos están prestando a módico interés nuestro propio dinero, y se quedan tan anchos. Como para ciscarse de forma blasfema en el anuncio de Campofrío.
  • A la nobleza en general que se vayan al cuerno o a vivir en las pelis de Disney,  en lugar de que les financiemos sus castillos, palacetes,  fundaciones dedicadas al saqueo del erario público y la venta de humo en general y demás puterío para que encima tengamos que escuchar  por las orejas lo mucho que trabajan o que ellos no saben nada. Efectivamente: «No saben ná». Que digamos…
  • Que se moderen las dosis de llenado de orgullo y satisfacción, que hace años ya que los depósitos rebosan por doquier
  •  Que está muy bien que baje la prima de riesgo y suba la bolsa, pero es que los de abajo como que no nos enteramos gran cosa, oigan. Pudiendo ser, que se note algo en la cuenta corriente para que podamos pagarnos la luz, el gas y demás lujos y oropeles de los que tanto abusamos.

De todo lo demás, habiendo curro, ya nos ocupamos nosotros. Y si no pudiera ser nada de lo anterior, al menos os pedimos que aprovechando que en el viaje de vuelta vais con los camellos y los tractores de las carrozas de vacío os llevéis toda la gandalla posible y la depositéis en alguna zona de Oriente Medio, o abusando de vuestra generosidad, del Lejano. Preferentemente en alguna zona incomunicada por tierra mar y aire no vaya a ser que encuentren el camino de vuelta. Si además la zona en cuestión es conflictiva y con la luz y el agua carísimas, mejor que mejor.

Y como somos muy realistas y sabemos que lo que pedimos está un poco chungo, al menos que nos caigan juguetes y trapos molones, corbatas, Eau de parfum de la buena o al menos Eau de Toilette del Mercadona que también huele bien.  O carbón, si puede ser nacional,  que al menos muchos no pasarían frío.

A ver si os enrolláis un poco con el club de fans, que está algo mustio…

Juégala otra vez, Sam

Juégala otra vez, Sam

No falla. Cada año de cada lustro de cada década, llega el 22 de diciembre y con tan señalada fecha la Lotería de Navidad  llama a nuestras puertas, igualito que los Intestículos de Cleofás, que siempre vienen de parte de dios -que hay que tenerlos muy  gordos- o la vecina de abajo cuando le inundamos el cuarto de baño. Esto es así.

Y es que  en los meses previos, allá por donde vas está la peña provocando con sus participaciones de la  Asociación de amigos del Orto Ibérico, del  Clús de Júrgol San Fulgencio Nonato o de la Agrupación Coral de la Parroquia de Santa Frígida.  Y por ese extraño mecanismo del «no vaya a ser…» que los de la Lotería, perversos ellos, conocen muy bien,  tú vas y compras confiado en que algo caerá aunque en el fondo sabes que es más probable que te caiga un satélite orbital de tamaño medio en mitad de la chepa. Eso es una cosa científica de la estadística, no se vayan a pensar.

Que por cierto, la llegada del euro, además de hacerle daño a todo lo demás, también ha hecho polvo la banda sonora de la lotería. Me explico:

Antes, los zagales de San Ildefonso cantaban aquello de:

-Potocientos miiiiiil cuarentay ciiiiiiiiiiiiiiiiiiincooooooooo
-¡Ciento cincuenta miiiiiiiil peseeeeeetaaaaaaaaas.

Y aquello sonaba rotundo: ¡PESETAS!, que rima con pizpiretas, culturetas y tetas.  Ahora lo que suenan son unos chuchurríos: -¡¡¡Miiiiiil eeeeeuroooooos!!! Que eso, con sus tres sílabas de mierder no tiene ni sonoridad, ni rima con nada decente. La lotería molaba más antes.

El caso es que cada año te ves con una bolsa de Ikea de las azules llena hasta arriba de participaciones y, con la desesperación de saber a ciencia cierta que de ilusiones vive el tonto de los testículos, te pones a mirar número por número con un ansia preocupante:

-¿QUÉ NÚMERO ERA? ¡RÁPIDO, MÍRALO EN INTERNET!
-Es que está el servidor «colapsao»….
-¡COÑO, PUES COMO YO Y NO ME QUEJO TANTO!

Y si hay algo que demuestra y explica a partes iguales que los españoles tragamos lo que sea, es el anuncio de la Lotería. Porque si no, a ver quién da una explicación mínimamente creíble de juntar a semejante troupe y obligarles a que pongan esos caretos de estreñimiento inmisericorde. Y claro, como somos muy influenciables hacemos caso y ponemos nuestros sueños a jugar y nuestras ilusiones a volar. Lo que pasa es que las ponemos a volar en Low Cost y lógicamente no te dan ni cacahuetes.

Y luego está la cosa de la distribución geográfica. Que siempre toca en una pedanía que se llama Palanquillos del Esfínter, que ni siquiera sale en el TomTom, porque el Nemesio se trajo unos décimos cuando fue a Madrid a la Feria de Adminículos Agropecuarios para comprarse un «radiocasete» con MP3 para el tractor. Que vamos, todos nos alegramos por el Nemesio pero…

Total, que como cada año vuelves a picar y se te queda una cara de «al menos tengo algo de salud» que espanta a la humanidad. Y eso si no cuentas la hipertensión, el colesterol malo y los triglicéridos. Que si los tienes un poco decentes ya te encargarás tú de remediarlo en las dos semanas siguientes.

Así pues, amiguitos de la fauna ibérica, poned vuestros sueños a jugar, pero al parchís, que al menos algo te comes. O como mínimo a remojar, a ver si les damos un poco de brillo y esplendor. Nos han jodido Bustamante, Raphael, la Niña Pastori y aledaños.

Pero como dijo «Janfri Bogar» con las manos in the gabardina and the melón under the sombrero: «siempre nos quedará la pedrea….»

Yo me remendaba, yo me remendé y otras perversiones.

Yo me remendaba, yo me remendé y otras perversiones.

Como cada año por estas fechas llega esa cosa que se llama Navidad, exceptuando, claro está, a El Corte Inglés, porque allí llega aproximadamente en agosto como queriendo decir que el que avisa no es traidor, cosa que es de agradecer. Pasa lo mismo con la estaciones del año, que estás en pleno febrero a lo tuyo y sin molestar a nadie con el moquillo aflorando por la pituitaria y te restriegan por el carús sin anestesia ni nada  que allí ya es primavera. Te jodes.

Luego, eso sí, ya se van sumando el Carrefour, el Ikea y el Mercadona a eso de primeros de noviembre, momento en el cual es obligatorio poner villancicos a todo trapo doce horas seguidas para que el chiquirritín, en clara connivencia con los peces en el río, el Adeste Fideles y la chocolatera, que debe ser oriunda de Marruecos,   nos inciten a la compra desenfrenada y el consumo orgásmico sin tiento ni conocimiento ninguno de cosicas del Hacendado que por no tener no tienen ni gluten. Luego, ya se sabe, yo me remendaba yo me remendé la Visa y asunto resuelto. Para todo lo demás MasterCard por vía parenteral.

 Sin embargo el resto de la humanidad se corta un poco y espera hasta el puente de la constitución, momento en el cual se activa un mecanismo ancestral que tenemos en el hipotálamo o en alguna guarrería similar,   que nos dice que antes de las 00:00 horas del 9 de diciembre hay que sacar el árbol y los adornos de los chinos y del Ikea del altillo del armario y montarlo todo de inmediato porque de lo contrario se altera el continuo espacio-tiempo y el universo puede entrar en bucle, con el agravante de que se te puede averiar el karma a lo tonto.  Que dicho sea de paso, la interpretación que hacen los chinos de los adornos y la simbología de la cosa navideña le ronca los perendengues. Basta ver los Papás Noeles ahorcados o las banderas con el niño Jesús que meten susto al miedo que se ven colgados por los balcones patrios. Válgame la paya. Que nosotros no nos metemos en sus Budas o sus Confucios por la cosa del respeto y el desconocimiento, porque de lo contrario igual lo flipaban en Dolby Surround del bueno.

Otro clásico de estas entrañables fechas es tu señora que, como cada año, no sabe qué regalarte. Porque por si no lo saben, a la parienta es MUY fácil regalarle (parienta dixit) y sin embargo a nosotros es dificilísimo porque con esas aficiones raras que tenemos  no hay quien se aclare.

Ejemplo inapelable:

-Buenas tardes amable tendero. Quisiera regalarle a mi marido algo para el iPad
-Sí señora. ¿Qué versión de iPad tiene su marido?
-Pues uno de color blanco.

Y ahí el tendero ya se pone a sudar tinta china y a cavar una trinchera lo bastante profunda  porque sabe que es una batalla perdida de antemano. Esto es aplicable a casi todas las aficiones:

-Hola buenas. quería una caña para mi marido, que le gusta mucho la pesca.
-¿La quiere de surfcasting, de boya, de coup, de spinning…?
-No, no. Para pescar. Peces concretamente.

Por el contrario, si tienes que comprarle algo a tu señora la cosa es muy simple:  le preguntas a la dependienta y ya ella te da la orientación necesaria:

.-Hola, quería unos pendientes que sean monísimos

Y ella ya te entiende perfectamente y te empaqueta que lo flipas unos pendientacos con un envoltorio con lacitos y puntillas que tú jamás podrías igualar ni mirando un tutorial en Youtube en cuatro vidas que vivieras (o vivieses).

Atención: obsérvese que es de vital importancia utilizar el adjetivo «monísimo» aplicado a cualquier objeto. Al loro que esto entra para examen, amiguitos.

El tema culinario merece capítulo aparte. Porque cuando es Christmas Time hay que comer en condiciones. Esto viene en el convenio y hay que respetarlo. Y es que ir a casa de tu cuñada o de tu suegra, comer que lo flipas y que encima te lleves varios tuppers de escalopines al Oporto, Lubina en salsa Bercy y langostinos es una cosa inigualable se mire por donde se mire. Y sin pagar ni nada.

Otro tema es el día 1 de enero. Esa jornada de Ibuprofeno’s Day que debería estar prohibida por Decreto-Ley. Vamos a ver: ¿Qué necesidad hay de pasar una jornada absurda en la que tienes lagunas mentales, acidez de estómago y te entran unas ganas insuperables de comerte las uvas pasas, las peladillas y las roscas de anís  que el día anterior te parecían perfectamente prescindibles? Y luego, naturalmente te forras a base de bien con los tuppers anteriormente mencionados mientras te ves a los Chunguitos en la repetición del especial de Nochevieja. Vamos, que no hay donde colgar un candil.

Pero eso sí: luego llega el día de Reyes que es una cosa que mola mucho aunque seas republicano y muy mayor. Y es que, amiguitos de la fauna ibérica, el que no se consuela es porque no quiere.

Sin olvidar el discurso de Su Majestad el Rey, que como cada año se llena de orgullo y satisfacción porque ya se sabe que la justicia es igual para todos, excepto para los que no lo es ni jarto de grifa de la buena. Pero eso es otro tema.

Así es que, cada cual pase estas fiestas lo mejor que pueda o sepa y nuestros ínclitos dirigentes le dejen. Más que nada porque no está de más llevarse medianamente bien con el prójimo aunque sólo sea unos días. Luego ya se sabe que a partir del 7 de enero se levanta la veda y cada cual volverá a esputarle legítimamente en el ojo al vecino como quien no quiere la cosa. Miren ustedes, yo concretamente a Papá Noel le tengo unas ganas que lo flipas pero lo disimulo como puedo. Y no pasa «ná de ná».

A mí, que quieren que les diga, las Navidades me molan mucho. Qué se le va a hacer…

Relaxing cups of infusiones hispánicas y otras fundaciones

Relaxing cups of infusiones hispánicas y otras fundaciones

Es curioso ver cómo en estos lares patrios somos capaces de malvivir inmersos en un marasmo guarrindongo de convulsiones sociales, hordas de parásitos de corbata o chaquetilla de pana según sople el viento, onanismos mentales mal resueltos, memorias históricas selectivas y otras finas hierbas de similar aroma, retozando  revueltos pero no juntos, y agitados pero no mezclados y sin embargo pase lo que sucede sin que se monte una que parezcan dos. Hombre, es verdad que la pensión del abuelo amortigua mucho el tema, pero aún así la cosa tiene mala rima y difícil explicación
Que no me negarán, amiguitos de la fauna ibérica, que el hecho de que se formase la de Zeus sería lo normal en cualquier país medio normal poblado por gente  más o menos próxima a la normalidad.
Pero a la vista está que, como dirían en Ana Bottle’s Escul of Inglis, «Spain is different», pero 

different  que te pasas siete pueblos, catorce pedanías y dos concesionarios de Chevrolet.

Porque uno se pone a leer cada mañana los iconos informativos de la prensa patria y se queda patidifuso y ojiplático, todo de una tacada mas el 21% de IVA. Da igual que uno lea El Inmundo, El Pis, El Diario Púbico, La Sinrazón o la Hoja Parroquial de Santa Tiburcia Virgen y Mártir. Es leer casi cualquier noticia y te da una risera floja que te sales del planisferio.



Y es que no puede ser legal, por poner un ejemplo,  que te suelten en las noticias sin anestesia ni preliminares ni nada, que Felipe González acaba de crear una fundación acerca de sí mismo para investigar y recopilar datos sobre su propia persona, su trayectoria política, sus cosicas, y su canesú. Dicen las malas lenguas, y algunas regulares también, que todo comenzó una mañana tormentosa en la que mientras desayunaba conversando animadamente consigo mismo se preguntó: «¿A que no hay huevos a fundar una fundación fundamentada en mí mismo?» Y así, por consiguiente y sin «acritú»,  va el tío y la funda con un par (with a pair, que diría la alcaldesa).  Ya se sabe que no hay español que se resista a hacer cualquier cosa por absurder que sea, si la premisa es «¿A que no hay huevos a…?». Es una cosa genética.
Y es que  hasta Aznar, ese señor con abdominales y parálisis supralabial que está casado con Ana Bottle,  tiene su propia fundación, lo que pasa es que en su día le dio «cosa» llamarla «Fundación Josemari» porque le faltaron huevos. Pero ya se sabe que Aznar, con perdón, no tiene ni fucking idea de la cosa del marketing.
 La cuestión es que Felipe había pensado inicialmente en llamarla «Fundación Yomemíconmigomismoymispropiascircunstancias«, pero finalmente se reunió con él mismo y entre ambos  decidieron ir a lo seguro y llamarla, en un alarde de ingenio sin precendentes, «Fundación Felipe González», también conocida cariñosamente como «Fundación Yo». De momento ya tienen sede, muebles guays de diseño, computadoras y tablets, «aifones» con cuatrogé,  familiares enchufados y de todo. Y cuando empiecen a caer las subvenciones eso ya va ser la bomba, con sus desvíos de fondos, sus estudios sesudos sobre las Sinergias y tipologías de ojete en el ámbito del progreso social y sus concomitancias y concomitancios en pro de las libertades ciudadanas, y esas cosas molonas que hacen las fundaciones.
Del tema del presunto cura que entró con una presunta pistola en la presunta casa del presunto Bárcenas a exigir los presuntos «pendraifs» de los presuntos papeles, de la policía afostiando gratuitamente a chavaletes en una manifestación perfectamente legítima, de la reaparición estelar de la Esteban con potocientos millones de audiencia y videncia, o de Willy Toledo y aledaños apelando a los derechos humanos a tiempo parcial y según se mire, ya ni hablamos no vaya a ser que se nos salten los puntos de la apendicitis y los empastes del mismísimo descojone.  
Seguro que Rajoy ya está pidiendo los papeles para ir creando su propia  «Fundación
Mireushtéunoshpicaneoutroshnon» dedicada al noble arte de contestar a la gallega los días pares y a la galaica los impares, excepto si llueve, porque como todo el mundo shabe una cosa esh contestar con claridad a preguntas incómodas y otra mojarshe a lo tonto y que alguien se percate de si subes, bajas, o eres mediopensionista.

Pero qué se puede esperar de unos tiempos en los que llamamos «mechas californianas» a lo que toda la vida se le llamó «Nena, tíñete esos pelos que tienes más raíces que una secuoya»

Nos ha jodido Hispania con sus relaxing cups…

Imbéciles y otras dicotomías

Eran aquellos, días de canícula infernal en los que lo mismo el sol salía por Antequera que el sentido común,  aburrido por la falta de uso, se iba de picos pardos por los cerros de Úbeda y de vez en cuando, por si éramos pocos, a la abuela le daba por parir a traición y con fingida desgana.  Como si no le importara nada.

Seña de identidad muy hispánica por otra parte, que sin embargo y precisamente por lo que tenía de común por aquellos lares, a nadie llamaba  la atención. En aquel poblacho con ínfulas de pueblo llamado Jacarandal del Orto habitaban unos cuantos entes saludablemente mal avenidos, algunos de los cuales poseían a mayores  el don de transitar  por la vida dejando constancia a los cuatro vientos y en los siete mares de su más que evidente falta de cocción mental –y de la otra–  cada vez que abrían el apéndice facial situado bajo su vello supralabial. Una cosa corriente y normal.

Y es que aquello era un muestrario que iba de lo mejor a lo más rancio, una colección de lo más granado de la parafernalia celtibérica en todas sus formas y fondos: Jacarandal era, en definitiva, eso que antaño llamaban «crisol de culturas», pero  adobado a la vez con todas las especias y lugares comunes del cutrerío más casposo y retazos del oropel más hortera  y jactancioso.

En Jacarandal la estructura social era más o menos como en cualquier otra parte:  había gentes de posibles
-unos pocos- gente de «más que posibles» –los menos- y un ejército de parias –casi todos- que «iban tirando» y arrastraban sus esqueletos como podían tratando  de esconder a base de disimulos y con escaso éxito sus abundantes miserias. Lo que viene siendo, una sociedad civil al uso.

Y en aquella mañana de julio, como vienen todas las desgracias, sin avisar,  llegó Obdulio Mampodre, reputadísimo imbécil profesional, a establecerse en el pueblo. La imponente casona de La Seca, que los albañiles  llevaban meses remozando y que tanto había dado que hablar en el pueblo  – donde se había corrido el bulo de que aquello iba a ser una casa de alterne de mucho tronío y empaque  para mayor regocijo de los parroquianos y monumental cabreo de las parroquianas– resultó ser finalmente la pretenciosa morada de aquel currutaco de mangarrián sin oficio definido pero de abultado beneficio, con pretensiones de Lord venido arriba a base de vender al peso  esencias de humo y fragmentos de  la nada más absoluta, amén de serruchar alegremente  las molestas cabezas ajenas que se había ido topando en el camino.

Don Obdulio, como le gustaba que le llamasen, era, además de imbécil profesional,  y a decir de Don Gilberto – el ya ajado pero mordaz cura párroco – precisamente como consecuencia de ello, experto  en todología y materias aledañas. No había tema que no dominase, asunto cuyos entresijos no diseccionara sin despeinarse  ni playa desierta que sus lustrosas botas no hubieran hollado – con «h», entiéndase el lance-.

Apenas llevaba unos días en el pueblo y no había hijo de madre ni sobrino de monje que no tuviera noticia de sus múltiples posesiones terrenas y su derroche de sapiencia. En la tasca y demás mentideros etílicos, los filósofos de taberna y demás subespecies de Tintocles locales, no hablaban de otra cosa.  Obdulio siempre llevaba razón, tenía cuatro si el contrario tenía una, volvía cuando el otro aún iba,  y tenía además más grande la sapiencia. Podría decirse que Obdulio la tenía más grande en general…

Atesoraba además Obdulio entre sus múltiples virtudes la de poner a todo parroquiano viviente de acuerdo en lo tocante a su  imbecilidad con sólo oírlo hablar no más allá del medio minuto, lo cual daba al pueblo una sensación de unidad y pertenencia al grupo nunca antes vistas  por aquellas tierras donde tantas veces había corrido la sangre por un nimio quítame allá esas lindes.

Así, en casa del ilustre no entraban objetos que no fuesen y pareciesen, como mínimo, caros o muy caros y poseía una biblioteca adquirida por colores y a tanto el metro, cuya única misión era abrumar a cuantos ignorantes visitaban su morada. Obdulio consideraba que su estatus no le permitía menos, y la concurrencia, parias de la tierra y famélicas legiones incluidas, empezaban ya a hartarse del infame mentecato .

Y para cuando el ínclito prócer de la sabiduría infinita quiso darse cuenta, el horno de Jacarandal, rebosante de imbecilidad,  ya no estaba para más bollos ni para más imbéciles. A fuerza de insistir, Obdulio, o más concretamente su cabeza apareció de buena mañana rodando por el suelo de las eras tras probar el filo del hacha del Epigmenio, el de la Felisa, que había zanjado una monumental discusión con Obdulio de la manera más tajante. El Epigmenio no se andaba con chiquitas.

Y cuando llegó la Guardia Civil con el juez y detuvieron al  Epigmenio, preguntado el homicida por los móviles del ilícito perpetrado, acertó a levantar la cabeza hasta encontrar los ojos del magistrado para decir con sorna:

-Porque era mucho imbécil pa’ tan poco pellejo, señor juez. 

Y todos los jacarandeños tuvieron la certeza de que, puestos a elegir,  mejor apaño hace prostíbulo de tronío a riesgo de  relajar moral y costumbres, que morada de imbécil y la certeza de  no relajar cosa alguna.

Dónde va a parar…