Como un mantra se repetía la historia. Una vez. Dos. Miles. La misma idea rumiada una y otra vez sin tregua. El mismo clavo que, golpeado sin la menor piedad, mantenía la herida en carne viva, lozana y sangrante. Y en esa calidez infame vivías como el peor pagador de entre los huéspedes.
Tirano a pensión completa y con derecho a roce en mala hora acogido. Yo te di las llaves y la espada. Yo te las quito.

No. Nada eres. Por más empeño que saques de las entrañas que, por más señas, son las mías. Me cansas, sí. A veces me agotas sin más victoria que la miseria de verme de nuevo en pie. Y los muros inmensos que tantas veces como levantaba te empeñabas en derruir a golpe de soplidos, quedaron al fin en el suelo vencidos porque no volví a poner piedra sobre piedra. Ya no. Porque a base de odiarte aprendí que muralla vencida hace buena calzada por la que transitar saltando de piedra en piedra. Eso viniste a enseñarme, y esa lección me queda.

Fue muy ingrata tu compañía, maestro. Gracias por hacerme verlo. Llegó la hora. Depón ya las armas y ríndete porque tu misión está cumplida y empieza la mía. Ya no eres mal hallado. Ya no eres. Ya no.

Lo que haya de venir, sea sin esfuerzo. Que del esfuerzo dejé media vida sin mayores frutos. Que de subir peldaños y arrojarme al vacío perdí las fuerzas y gané la única certeza de volver de nuevo al mismo sitio. Ya no. Que el camino no era ese, y por ello vuelvo al camino. Porque por andar buscando no encontré, dejo la búsqueda y abandono el anhelo, de tal suerte que sea la búsqueda quien me encuentre a mí si lo tiene a bien.

Y por eso te escribo, maestro. Para hacerte saber que agradezco el servicio inmenso de tu presencia exasperante, tanto tiempo repitiendo sin descanso que el empeño en no querer, nada es lo que concede. Y al fin te escucho.

Por eso quiero. Por eso nada espero. Por eso.

Justo por eso. Gracias maestro. Aquí ya no tienes posada ni nadie que te odie. Por eso es. Por eso te suelto. Vete. Que donde antes había muralla tienes, a falta de plata, puente de piedra. Vete, que el triunfo es tuyo y en esa derrota está la victoria que hago mía.

Aprendí. Por eso. Justo por eso.

Buen camino tengas, maestro.

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