Sin previo aviso, tal y como acostumbran las malas noticias.  Un domingo 18 de noviembre, millones de niños de cuarenta años empezábamos el día con mal pie porque la vida, que a veces es áspera como una mala madrastra, nos robaba un trozo de la ya muy lejana y algo maltrecha infancia.  Se fue un hombre bueno.

Alguien que en unos años aún grises nos regaló color en forma de risas, que nos enseñó que los ratones comen chocolate turrón y bolitas de anís. Que junto a Gaby y Fofó nos llevaba de paseo en un auto feo. Alguien que cuando se veía en aprietos gritaba ¡Cosorro! ¡Aulixio!, que sabía como sacar de quicio al Señor Chinarro  a la mínima oportunidad…-

Se fue Miliki como se van los buenos, dejando a millones de niños que hoy vivimos sepultados en el alma de un adulto un poco más huérfanos.

Y por eso, a muchos niños de cuarenta años largos que guardamos en un rincón muy preciado  un hueco bien grande para  él y su acordeón, junto a Gaby y Fofó, se nos «lengua la traba» al pensar que en adelante nos queda el recurso de la memoria para gritar bien fuerte:

¡Tócala otra vez Miliki!

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