Las sectas del Facebook y otras alucinaciones

Las sectas del Facebook y otras alucinaciones

Lo mismo que Antonio Machín tiene una debilidad,  o Marta tiene un marcapasos, un servidor tiene una teoría: mayormente porque cada uno tiene lo que le da la gana, o en su defecto lo que decida la autoridad competente. La cosa es tener.

Sí, amiguitos de la fauna ibérica: después de interminables instantes de estudio, puedo afirmar sin rubor alguno que en general  el Facebook no es sino  un nido de sectas donde cada cual elige sin saberlo la que le da la gana para mostrarse al mundo. Esto es tal que así
Una secta, como todo el mundo sabe, es un concepto que puede referirse a varias cosas:



1.-Lo que viene después de la quinta y antes de la séptima

2.-Esporocarpos, o cuerpos fructíferos, de un conjunto de hongos pluricelulares (basidiomicetos) que incluye muchas especies tales como el champiñón y que están muy buenas al ajillo. Las buenas hasta son alucinógenas y todo.



3.-Conjunto de seguidores a ultranza de una determinada doctrina o pauta de comportamiento. La que sea.


    Dicho esto, quede claro que nos vamos a referir a la tercera acepción del término.
    Atendiendo a este concepto, podemos catalogar las diferentes sectas básicas atendiendo al perfil de usuario, que suelen pulular por la cosa del Facebook: 

    1.- El chupiguay que lo flipas en Dolby Surround:

    Básicamente se trata de un ente asquerosamente positivo que piensa que la vida es un perpetuo orgasmo y todo es chachipiruli. Normalmente siempre  publica foticas guays de cosas tirando a moñas y jartibles. Por las mañanas, en lugar de levantarse como cualquier persona normal con el Kit de Humanidad Estándar de la Señorita Pepis  que incluye de serie legañas, exceso de bilis, dolor de riñoñada, halitosis y mala baba, o sea, lo normal en el ser humano medio- se levanta ultrapositivo de la muerte y deseándole al mundo sin anestesia ni nada aberraciones que joden muchísimo a las siete y media de la mañana,  tales como  «Hoy es el primer día del resto de tu vida» , o «¡¡Haciendo running al amanecer!!!. #IFeelGoodQueTeCagas»  Algunos, en el colmo de la perversión incluso dicen cosas como «¡¡Buenos días mundo!!!», que eso ya es intolerable. Y como es lunes, hace frío,  te acabas de levantar, llevas las zapatillas todas descalcañadas y cambiadas de pie, y tu mayor meta en la vida en esos momentos  es conseguir dar con la puerta del baño, pues te sientes molesto y te preguntas si el ente en cuestión no tiene ácido úrico, colon irritable, triglicéridos, colesterol del chungo, hemorroides, ojo vago, hipoteca, la tensión alta o algo.

    Lo cierto es que en el fondo los de esta secta  te dan una envidia que te pasas y por tanto son enemigos a exterminar. Y lo sabes.

    2.- El negativo que te defecas por la pata abajo:

    Como tiene que haber de todo en la viña del Señor, el miembro medio de esta secta es todo lo contrario. Todo es una mierda pinchada en un palo- en la lengua de Shakespeare y de los Aznar, «a fucking shit pinched in a pal«- o una conspiranoia permanente. Da igual lo que sea: si es porque es, y si no es porque no es.  La cosa es que jamás de los jamases –never ever– algo puede estar ni medianamente bien. Es el tipo de ejemplar que si lee en la prensa que se avecina una ciclogénesis explosiva del copón y que tengas cuidadín si vas a salir a la carretera, opina que «toda la vida ha hecho mal tiempo y sois unos asquerosos alarmistas al servicio del poder» o si la prensa no dice nada y llueve un poco fuerte se queja de que «los perros al servicio del poder no han avisado a la ciudadanía de esta infamante ciclogénesis».  La cosa es dar por el orto.

    3.- El ultratalibán del activismo

    Se trata de activistas que desarrollan una activa actividad de activismo activo y centran todas sus horas y todos y cada uno de sus esfuerzos en demostrarte a toda costa a través del Facebook que eres un insolidario inconsciente de mierda en todas las materias y por tanto no les dejas más remedio que concienciarte porque eres un zoquete. Aquí hay de todo: talibanes políticos, de la alimentación, de la ecología, o de los Sugus de piña… Se suelen gastar una cierta mala hostia –a certain bad water– y lógicamente no puedes llevarles la contraria jamás. Normal, porque como queda dicho, eres un insolidario inconsciente de mierda y por tanto te callas.

    Lo peor de este tipo de usuarios es que, a veces, hasta tienen razón y todo.

    4.-El hooligan del balompié

    Jamás publican nada de nada, excepto en día de partido y exclusivamente para dedicarle toda suerte de exabruptos y desearle todo tipo de sufrimientos, plagas y hemorroides al otro equipo.  Ya está. 

    5.-El jugón profesional

    Suelen afirmar que nunca usan el Facebook, pero curiosamente a cualquier hora del día te llegan publicaciones suyas invitándote a jugar al Big Ojete Crush Saga, o con mensajes indescifrables como «¡Conchi acaba de ganar diez  Loving Powers de nivel 45 en Fucking Mistery Adventure!»

    Hay quien cree que afirman este tipo de cosas a causa del efecto de las drogas y los psicofármacos en general.

    6.-El reportero de sí mismo  

    Este tipo de usuario tiene firmado un contrato con Facebook que le obliga a contar todas las cosas que hace a lo largo del día. No puede pasar más de 3 minutos sin contar lo que está haciendo,  porque de lo contrario morirá un gatito. Y la cosa no queda ahí: además provoca víctimas colaterales porque también dice con quién.  Sus frases favoritas son: «Haciendo pis Yo sola, jajajaja #MeMeoToa««Tomándome un cafelito con Puri Fernández, jajajaja #La PuriEstáViejuna«,  «Aquí, sufriendo en el gym con Engracia Alonso jajajaja #LaEngraciaTieneLorzas«, «Tomándome una cervecita con Manuel Retuerta jajajajaj #CervecitaFresquita #ElManuEsAlcohólico» , «Aquí, comprando Tampax y un mandil en los chinos con la Mary, que llevaba pantalones blancos, le ha pillado la regla en plena Gran Vía y parece la bandera de Japón, jajajajaja #LaMaryEstáEnEsosDíasDelMes« y así… 

    7.-El indescifrable

    Normalmente escribe como el orto, usa los signos de puntuación como si fueran gratis, y no acaba de hilvanar del todo las ideas que pretende expresar, pero el caso es que no tienes del todo claro si te está vacilando, le falla el autocorrector del móvil, o es que es así realmente. O todo ello junto. Por ejemplo, alguien comparte en el Facebook una noticia que dice: «Alerta naranja por lluvia, viento y nieve» y  contesta cosas como «Balla. monja, duraque bamos ha coguer,,,,,¡HIPOTENUSA EH?:GAGAGAGAGAGA!.. meparto,.,que-descogone.manzana,tablon,monaguillo»

    8.-El profundo-trascendental

    Viene a ser como el anterior pero escribiendo bien, aunque igualmente no se le entiende un carajo. Para decir que tiene estreñimiento, va y pone en su estado cosas como: «En ocasiones percibo que las trabas interiores no me permiten exorcizar mis propios demonios y expulsarlos al oscuro Hades del que jamás habrán de salir. Y sin embargo se empecinan en habitar mi ser, atormentando mis días y haciendo eternas mis noches …»
    Ni que decir tiene que no es conveniente fiarse nunca de gente que da tantas vueltas para decir que está que no caga.


    Que no digo yo que estén todas las sectas que son-que haberlas haylas- pero doy fe de que son todas las que están. Y les dejo hasta la próxima, porque el Gran Líder me reclama para no sé qué de celebrar con un sacrificio humano que ha alcanzado el nivel 256 en el  Big Ojete Crush Saga. ¡Qué nervios!




    Las sectas del Facebook y otras alucinaciones

    Juicios, letrados y otras cosas molonas

    Desde los albores de la humanidad – que es una expresión fina para referirse a tiempos incluso anteriores a cuando Marujita Díaz era zagala o Franco cabo furriel- los seres humanos han tenido conflictos, desencuentros y desavenencias varias que había que resolver de alguna manera. Preferentemente y siempre que fuera posible, con sangre y violencia, que siempre mola más y te quedas más a gusto. Si, por ejemplo, a un despreocupado homínido que por no tener no tenía ni hipoteca, ni Euribor, ni preferentes ni nada – que hay que ser «pringao«- se le ocurría robarle el mamut al de la tribu de al lado, la lógica y la decencia dictaban que el perjudicado le sacase los intestinos e higadillos internos en una delicada operación con hacha de sílex de por medio sin anestesia ni nada, y todos tan amigos. Y en ese mismo momento, se inventó a lo tonto el concepto de «justicia«.  El símbolo de la justicia es una señora ciega con una balanza y una espada, porque lo de la espada acojona mucho como queriendo decir que mariconadas las justas. Lógicamente, si en lugar de una espada la señora en cuestión llevase un palo de hacer selfies, impondría menos respeto. Está todo «pensao»…
    El ser humano, a lo largo de la historia, fue currándose una serie de tochos legales, como por ejemplo el código de Hammurabi que venía a decir que si mangabas algo te cortaban la mano, o si pecabas de onanismo también te cortaban la mano  por guarro. Luego ya vino Justiniano, que era un emperador romano del mismo centro de Roma- bueno, del centro, centro, no, pero da igual- que como trabajaba para Telecinco  (en latín Tele V), y tenía el listón muy bajo,  se inventó el Código de Justiniano porque para qué iba a molestarse en buscar un nombre más elaborado.

    Hay quien dice que además de ciega, la señora en cuestión tenía otras discapacidades sensoriales tales como la sordera, pero como esto no sale en la  Wikipedia ni en el Sálvame Deluxe, se queda en una mera suposición.
    La justicia es una cosa de pura lógica que suele funcionar según un esquema muy sencillo:
    A) Tienes posibles, los amiguetes adecuados, la cagas y te pillan: te afean la conducta por malo y te obligan cruelmente a prometer que no lo vas a hacer más, como mínimo hasta la próxima vez que lo hagas.
    B) No tienes posibles ni los amiguetes adecuados, la cagas y te pillan:  la cagaste
    C) No tienes posibles ni los amiguetes adecuados y hay ciertas sospechas de que tal vez, con carácter de presunción,  la hayas podido cagar y te pillan: la cagaste
    En todos los casos mencionados, es posible que termines teniendo que ir a un tribunal de justicia, que es un sitio muy serio con columnas  como las de los romanos,  y mesas de madera gorda que no son de Ikea en el que hay unos señores y señoras que se llaman jueces y van vestidos con una túnica como la de Demis Roussos pero muy sosa, negra y sin estampados ni nada, y por eso se llama «toga» y no túnica. Los jueces dicen cosas en latín, como por ejemplo Ad litem, o In dubio pro reo, que nadie sabe muy bien lo que quieren decir, pero marcan paquete que lo flipas. A veces también dicen  cosas en castellano, pero de modo que no se entiendan. Por ejemplo,  para decir «Te ví a meter un paquete que te se van a salir los ojos por el corvejón» usan expresiones tales como: «Vista la demanda rectora de la presente litis y en virtud de la facultad contemplada en el artículo 125.6 in fine de la Ley Intersticial de Procedimiento Procesal, resuelvo condenar al acusado a  la pena de prisión menor de un año, un día, dos horas, veinticinco minutos, seis segundos y  treinta Newtons por metro cuadrado, sin perjuicio de las acciones a las que en derecho hubiere lugar».
    A esto último, curiosamente, se le llama «Fallo«. Que desde la ignorancia puede parecer que tiene huevecillos la cosa, pero te callas y si no «hubieras estudiao» ¡Ignorante!
    Luego, si la cosa que se juzga es muy gorda están los fiscales, que son a los tribunales lo que a los colegios el acusica, y normalmente son los que te señalan con el dedo por malo malote y por malandro cabrón. Hay una excepción a esta regla en algunos casos,  siempre y cuando seas lo bastante molón o si, por ejemplo, te llamas Cristina (esto es  un mero ejemplo casual y sin mala intención alguna).
    Normalmente, antes de ir al juzgado tienes que nombrar abogado, que es un ente que sabe mucho de la cosa de las leyes. A los abogados también se les llama letrados porque saben mucha letra. Los abogados se caracterizan porque trabajan en unos sitios que se llaman  «Bufete» y tienen unas estanterías con libros gordos, como el de Petete, o los de El  Señor de los Anillos» pero a lo bestia. 
    Hay dos tipos de abogados. A saber:
    A) El abogado de la acusación: es el que le dice al juez que un señor muy malo te agredió salvajemente sacándote un ojo con una cucharilla de café con agravante de menoscabo de la visión estereoscópica.
    B) El abogado de la defensa; es el que le dice al juez que su cliente ha sido agredido  salvajemente con tu globo ocular provocando graves daños en su cucharilla de café con la agravante de café con leche con disolución parcial de azúcar.
    Al conjunto de la defensa y la acusación se le conoce como «las partes«, que le son asignadas a un determinado juez que a su vez emite su fallo. Es decir, que a un determinado juez le tocan las partes y luego falla, cosa que por otra parte es de lo más normal.
    En España, para poder ir al juzgado hay que pagar una cosa muy justa que se llama «tasas judiciales» que consiste en demostrar que te puedes pagar el acceso a la justicia porque de lo contrario querrá decir que no te puedes pagar la justicia que, como todo el mundo sabe, es gratuita. Esto es así y nos define estupendamente. En caso de discrepancia, es tan sencillo como pagar las tasas judiciales y asunto resuelto. Para todo lo demás, Mastercard. Y a veces, en el supuesto de que quieras salir del talego, la justicia te puede ofrecer salir bajo fianza, que quiere decir que si te lo puedes pagar, se fían de tí y, si no, pues no se fían porque eres un lumpen de la peor especie. Normal.
    La cosa de la justicia recae sobre el llamado «Poder judicial», que es totalmente  independiente del Poder Legislativo y del Poder Ejecutivo. Excepto cuando despiertas y te caes de la cama. Es lo que se llama «separación de poderes» según un señor francés que se llamaba Montesquieu, cosa lógica siendo francés, porque si hubiera sido español se llamaría Gutiérrez y no sería de París, sino de Algete o de Morón de la Frontera.
    En definitiva, la cosa es que uno no sabe si recurrir a la justicia ordinaria o darse a las hachas de sílex, que no saben de latín ni de otra cosa, porque ser hacha es lo que tiene. Pero en lo de sacarle las tripas al contrario no tienen rival y quedar, lo que se dice quedar, te quedas de lo más  a gusto.
    Y en virtud de lo establecido en la legislación vigente y sin menoscabo de las acciones a las que en derecho hubiere lugar, por el poder de Greyskool y Mister Proper les emplazo hasta el próximo fallo, no vaya a ser que Sansejodió caiga en jueves.
    Comuníquese a las partes.
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    Je suis Palomeque

    Mi nombre es Airmail Palomeque y soy básicamente imbécil. Es una característica que me acompaña desde la más tierna infancia, en aquellos lejanos  días en los que yo era un recién nacido y mis padres, que de imaginación iban algo justos,  buscaban desesperadamente un nombre que ponerme. Como yo ya tenía dieciocho meses, y la policía y el juez empezaban a presionarlos para que me pusieran algún nombre legal,  mi padre me había inscrito temporalmente en el registro civil como «Nene Número Dos».   Pero una mañana de enero,  recibieron una carta de mi tío Argimiro, que había emigrado a América –más concretamente a la del norte- veinte años atrás. Y fue justo en aquella carta procedente de tierras lejanas, y más en particular en su sobre, donde hallaron la solución a su escasa imaginación para la cosa de los nombres filiales: Air Mail. Al menos tuve más suerte que mi hermana mayor,  All Bran Palomeque, -anteriormente conocida como «Nena Número Uno»- que tuvo la desgracia de nacer en la época en que mis padres padecían de estreñimiento pertinaz.
    Mis padres, que seguían rigurosamente las tradiciones familiares y por tanto eran unos perfectos imbéciles, emocionados ante el hallazgo, olvidaron abrir la carta y la tiraron directamente a la basura -aunque de todos modos nunca habían sido mucho de leer ni cartas ni otra cosa más allá del bote del champú cuando el All Bran obraba su milagroso efecto-. El tío Argimiro murió años más tarde perplejo y  sin saber por qué extraña razón mis padres no habían cobrado nunca aquel cheque de 50.000 dólares que les había enviado al nacer yo. 
    Ya en el colegio, mi nivel de imbecilidad alcanzaba cotas épicas. En el recreo, repartía entre los matones de clase la carta de bocadillos para que eligiesen cual quitarme, y se conoce que eso le quita emoción al asunto y no se molestaban en hacerme bullying ni nada. Aquello frustró muchísimo a mi madre, que todas las mañanas me preparaba con gran ilusión mis dieciséis bocadillos. 
    Con las chicas tampoco tenía mucha suerte y nunca conseguí que ninguna se interesase por mi colección de cerumen de oreja ni por las bufandas que me tejía con la pelusilla del ombligo. A las chicas no hay quien las entienda. Incluso aunque no seas imbécil ni nada.
    Pero no todo eran desgracias.  Cuando estaba en quinto curso, profesores y alumnos me dieron por unanimidad el Premio al Imbécil del año, galardón que se sumaba al Premio al Imbécil Revelación que me habían concedido en el parvulario. Mi familia se puso muy contenta  pero lamentablemente no pudimos recibir el galardón porque al ir a recogerlo nos equivocamos de colegio, de ciudad y de día. Mi padre le echó la culpa al GPS. Años más tarde me dí cuenta de que el GPS no se había inventado aún por aquel entonces. Y es que mi padre, además de imbécil, era un visionario.
    Llegaron los años de la universidad, por la que pasé sin pena ni Gloria (a Gloria tampoco le gustaron mi colección de cerumen ni mis bufandas de pelusilla y dejó la carrera y el país a los tres días). Fueron años muy confusos porque yo me había matriculado en Derecho pero siempre me equivocaba e iba la facultad de Fisioterapia, que me pillaba más cerca. Al terminar la carrera abrí mi propio bufete. Perdía todos los juicios pero, eso sí,  mis clientes nunca tenían contracturas ni nada. 
    Pero pasados los años, llegó a mi vida la herramienta definitiva que me permitió mostrarle al mundo mi imbecilidad en todo su esplendor: Internet.
    Lo primero que hice fue contratar una conexión a Internet de las buenas a la  que al principio no le sacaba mucho partido porque no tenía ordenador ni nada, pero todo cambió al comprar mi primer portátil. A los dos meses ya tenía un dominio considerable y conseguí sacarlo de la caja yo solo. No obstante no pude arrancarlo hasta la primavera siguiente porque no encontraba el pedal del embrague ni el contacto. Pero los señores de la tienda fueron muy amables y finalmente mandaron a un técnico a mi casa para instalarlo y darme un curso de unas horas para enseñarme las cosas más básicas. Durante aquellos meses entablé una amistad entrañable con el técnico, que había terminado por instalarse en mi casa y se había hecho adicto a los psicofármacos por vía oral, rectal y parenteral. 
    Por fin, me vi con mi cuenta de Facebook, Twitter e Instagram y comprendí el poder que todo aquello me daba.

    Y ahora, por fin, puedo hacer cosas molonas como participar en sorteos de 300 Smartphones y 250 fajos de billetes (que lógicamente no se pueden vender porque han sido abiertos) con sólo dar mi número de tarjeta de crédito y mi PIN, hacerme selfies con la escobilla del WC, opinar de política, de papiroflexia, de física cuántica o de lo que se me cante,  a cualquier hora del día y sin necesidad de tener ni repajolera idea de nada. ¡Y es fantástico porque lo mejor de todo es que se me nota muchísimo! Y si la cosa se pone fea y alguien me afea la conducta o rebate mis argumentos, evito quedar como Cagancho en Almagro colgando cualquier cita filosófica de Paulo Coelho, o de quien sea, como por ejemplo Amar es no tener que decir nunca «No me pises lo fregao»,  o «Dale a tu prójimo las gracias por estar ahí porque si no estaría aquí»  que siempre da mucho juego y uno queda bien como si hubiera leído algo de Paulo Coelho. O de alguien.
    Y es que nosotros los Palomeque  somos a la imbecilidad lo que Paco de Lucía a la guitarra o lo que Paquirrín a tocarse la entrepierna a dos manos: unos auténticos virtuosos. 
    Porque como dijo Paulo Coelho: «Todos llevamos un Palomeque en algún recóndito rincón del alma, y algunos incluso a jornada completa». 


    ¡Qué bonito!

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    Orcos, elfos, y otras historias de Hispaniendor

    El vasto reino de Hispaniendor vivía tiempos de zozobra, cosa por otra parte muy habitual en su dilatada historia. Por tanto, podía decirse que nada nuevo había bajo la cegadora luz del Monte del Destino, cuya luz no era ya tan cegadora en realidad a causa de los recortes y de la carestía de la lava, en manos de las malvadas hordas de Endeser, Iberdrolon, Gasnaturalion y otras fuerzas oscuras. El hecho de que la luz estuviera en manos de fuerzas oscuras, y las legañas en ojos sin pestañas, era muy propio de la idiosincrasia de Hispaniendor y explicaba en buena parte su historia pretérita y reciente.

    Enanos, elfos, hipsters, adoradores de Apple y  otras tribus que  conformaban los pueblos libres de Hispaniendor, estaban enfrentados entre sí tras años de sufrir y alentar a partes iguales las artes de los gobernadores Felipender de Gonzelor, Aznarion de Abdominalia , Zetaperion de Buenhendor, Marianender de Rajhoyl y los señores oscuros a los que servían. Los pueblos libres de Hispaniendor se enzarzaban en interminables luchas intestinas  a través de las redes mágicas de Pheisbukhon y Tuitendarl  que llegaban a todo el reino, mientras el trono seguía ocupado por la dinastía de Borbin, que entre cacería y cacería de huargos se dedicaba a reinar y a visitar sitios, que era lo suyo.

    Muchas cosas habían sucedido en Hispaniendor desde la desaparición del malvado Franquelor y su cuerda mágica, de la que contaban las crónicas que una vez atada no había hijo de elfo que la desatara. Incluso había quien afirmaba que tampoco había quien la desatase, pero eso amigos, ya es otra historia.

     Las luchas se multiplicaban por doquier. Los muros de Hispaniendor se resquebrajaban mientras el gobernador Marianender centraba denodadamente todos sus esfuerzos en no hacer nada, con ocasionales mensajes a su pueblo a través de su plasmatron mágico.  Al igual que su antecesor Zetaperion, el gobernador Marianender  había recibido un duro correctivo desde los Reinos del Norte gobernados por la malvada Merkelia, y desde entonces no había vuelto a ser el mismo que decía ser. Sus  allegados afirmaban que incluso había dejado de fumar la hierba de La Comarca que tanto le gustaba, mientras que sus más acérrimos detractores opinaban precisamente que fumaba demasiada hierba, a la vista de su última aparición en el solsticio de invierno a través de su plasmatron mágico, donde anunciaba que la vuelta al esplendor de Hispaniendor estaba cerca.

    A Marianender le crecían los enanos y los orcos por doquier, y ya no sabía si atender a levante, donde el insurgente Mas de Barretin, que iba a lo suyo, se alzaba en armas unos días más que otros, o a sus deudos de la Comunidad de Valentior, que a duras penas tapaban sus vergüenzas a la sombra de los majestuosos palacios encargados al mago Calatravion, que tenía el precioso don de convertir el oro en derrumbes y ruinas. Igual ocurría en su propia casa, donde mágicos pliegues de papiro repletos de monedas élficas circulaban sigilosos sin que nadie advirtiera su presencia ni su destino gracias a las artes de Mangalf de Barcenor, que finalmente había sido encerrado en las confortables mazmorras de la fortaleza de  Sothion de Realender junto a algunas antaño señaladas figuras del reino como Isabella de Panthojer cuya voz se apagaba a causa del malvado recaudador de impuestos Christobal de Monthor, siempre sediento de riquezas.

    Al sur del reino el panorama no era más alentador. Los escándalos se amontonaban en océanos de oro arrebatado durante décadas por la aristocracia local, casi todos ellos discípulos aventajados de grandes magos como Rhobar de Lhasakka, y Chuppar del Bhote,  pero curiosamente nadie rodeaba el Palacio de Santhelmer, sede del poder del Sur desde hacía décadas, clamando justicia y la devolución del oro sustraído porque Hispaniender es así.

    Además, Marianender y su rival y aspirante a gobernador del reino, Pethros de Sanchelor, se inquietaban ante el avance de Phablos de Iklesiaster y sus ejércitos, de los que se contaba que habían recuperado la antigua fórmula de la Pócima de los Druidas de Fründhelor, azote de los enemigos de los Pueblos Libres de Hispaniendor y tormento de los esbirros de Fachendor y del poder corrupto, cuyos efectos impedían que la casta gobernante pudiera permanecer por más tiempo a la cabeza de Hispaniendor: No obstante, Phablos de Iklesiaster prefería llamar a la pócima Champú Anticasta, porque ante todo hay que ir con los tiempos y dar mensajes de limpieza y frescor.

    Y así, queridos elfos, enanos, hipsters, adoradores de Apple y tribus de los pueblos libres de Hispaniendor, este humilde narrador se despide hasta que la ocasión sea propicia, los dioses lo permitan, o nos encontremos haciendo churrasco de Troll en las faldas del Monte del Destino. Y ya que  Lhoterion no nos ha colmado de riquezas, que al menos las dádivas de Jhamon de Jhabugo alimenten nuestro ser, los caldos de Rhiojon calmen nuestra sed y las dulces notas de Thurron , Mazhapan y demás deidades nos den fuerzas.

    Que falta hace…

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    Otoño y otras estaciones de difícil rima

    Hay cosas que son como son y una de ellas es que, como todo el mundo sabe, el otoño y las demás estaciones llegan cuando lo diga El Corte Inglés. Y punto. 

    -Oiga, que ya sé que es octubre y eso, pero es que de la misma caló que jase me sobran hasta el tanga y las chanclas y…

    -¡HE DICHO QUE YA ES OTOÑO Y TE VAS A PONER ESTAS ESTILOSAS BOTAS DE INSPIRACIÓN CAZADORA, ESTE IDEAL  FOULARD ESTAMPADO EN FLORES NEGRAS Y ESTA PARKA MONÍSIMA, ANTISISTEMA DE MIERDA!


     Pero el caso es que ahora que ya es noviembre y ya pasó el jalogüín,  El Corte Inglés sí que lleva razón en lo del otoño, cosa que se adivina fácilmente porque la Preysler, como cada año, coge la fragoneta y vuelve a repartir por los Mercadonas y Carrefures patrios los Ferrero Rocher que había retirado en primavera, no fuera a ser que en la fiesta del embajador al imbécil de  Ambrosio se le ocurriera servirlos todos derretidos y sin glamour ni nada. Porque no sé si saben que el servicio está fatal.  

    El otoño, amiguitos de la fauna ibérica, es una estación muy molona que se caracteriza, además de por la vuelta de Ferrero Rocher, por elementos tales como las migraciones de las aves migratorias. Las no migratorias se quedan en el país a pesar de todo, viniendo a demostrar que o bien las aves no migratorias tienen escaso criterio,  o bien no leen la prensa ni el Facebook. O que los lean pero no entiendan un pepino, cosa que nos llevaría de nuevo a lo de la escasez de criterio y explicaría a  la vez la  abundancia de aves no migratorias en el Facebook.
    Otra señal inequívoca es que los árboles caducifolios pierden las hojas, cosa que por otra parte los árboles de hoja perenne, en coherencia con su condición, no hacen. Además proliferan las setas y las castañas, por las mañanas hace un frío del copón, y a media mañana no, lo cual se resuelve quitándose la parka monísima para así poder lucir el foulard estampado en flores negras que combina con tus estilosas botas de inspiración cazadora. De no hacerlo así vendría el de El Corte Inglés a romperte la boca con toda la razón porque no se puede andar por el mundo con esas pintas que me traes. Proletarios sí, pero con estilo.
    El otoño también sirve para que las compañías de luz y gas hagan anuncios ultramoñas de ciencia-ficción con señores y señoras estilosos megafelices y calentitos en su casoplón de diseño disfrutando al calor de su supercalefacción como si les importara una mierda el recibo que les va a venir a final de mes. Se conoce que estos anuncios se graban fuera del país, o que el guión lo escribe un exministro en los ratos libres que le dejan los consejos de administración,  porque si no, no se comprende. 
    El tema es que , como queda dicho, en otoño básicamente las cosas o proliferan – como es el caso de las setas, las castañas o las corruptelas-  o se caen – como es el caso de las hojas de los árboles caducifolios o los corruptos. Claro que estos últimos sólo caen, y poco, si son corruptos de medio pelo.  Los de melena entera no se caen, probablemente porque están en la fiesta de otoño del embajador poniéndose hasta el orto de Ferrero Rocher, y descojonándose  del pastón que se van a sacar con el ERE falso que le van a hacer a Ambrosio, o en Suiza haciendo bíceps a base de tirar de tarjeta black, que también  es una cosa molona y además combina fetén con el ideal foulard estampado en flores negras.
    Y si el otoño viene frío, no hagan ni caso de los anuncios moñas de gas y electricidad, que  hay formas mucho más baratas de calentarse: dense una vueltecica por las redes sociales, que cada poco se incendian ellas solas,  y verán como entran en calor leyendo y participando en las animadas tertulias donde la sufrida ciudadanía se insulta  en paz y armonía repartiendo a diestro, siniestro y viceversa carnés de facha y perroflauta, que como hasta el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla saben, son las dos únicas categorías posibles en el mundo hispánico conocido.
    Si lo de las redes sociales no les va,  siempre les quedará el Canal Parlamento para calentarse a base de bien.  Y si eso tampoco les funciona, prueben a leerse la factura de la luz que les mandan los de los anuncios moñas, que eso sí que es un infierno.
    Para todo lo demás, Master Black, orgías, putillas, y viajes a Canarias a ver a la churri jamona, que con un poco de suerte te recibirá sólo con el foulard estampado en flores negras.
    Pero todo ideal, oigan.
    Mercadillos y otros placeres cotidianos

    Mercadillos y otros placeres cotidianos

    Ya se sabe que a buena parte del género masculino el tema de ir de tiendas de ropa, complementos y moda en general no nos va en demasía. A un servidor desde luego, nada de nada. De hecho tengo vividos momentos más emocionantes cortándome las uñas de los pies o reflexionando sobre la relación  entre las orejas y el cerumen, el ombligo y la pelusilla, Ortega y Gasset o el culo y las témporas. Por poner algún ejemplo más o menos gráfico.
    Y es que entrar a un H&M, Primark, Springfield, Alcampo y demás familia donde nos vestimos el proletariado y  la chusma en general, y darte los siete males es todo uno. Todo lleno de fotos de maromos y maromas de buen ver vistiendo la misma camisilla, pantaloncete, o gayumbo de chichinabo Made in China que te acaba de elegir a traición tu partenaire, sin comerlo ni beberlo, ni anestesia ni perro que te ladre «porque te queda ideal» (?????????).
    Que eres plenamente consciente de que a ti, con tu cuerpo escombro,  te queda como a un Cristo un Colt 45 pero te callas y tragas por aquello de mantener la paz social, o lo que es lo mismo,  no dormir en el sofá durante los próximos dos milenios bisiestos.
    A tí, amiguito de la fauna ibérica, que llevas el mismo uniforme todo el año -en verano a pelo y en invierno igual pero con una rebequita echá por los hombros– para quien la palabra «moda» se reduce a dos conceptos básicos: taparte las vergüenzas y progerte razonablemente de las inclemencias del tiempo. A tí, piltrafilla humana cuyo look no resistiría un análisis superficial de los presentadores gays ultraortodoxos de Cazamariposas.
    Sin embargo, de vez en cuando, un soplo de aire un poco más fresco entra en tu miserable vida en el preciso momento en que tu pareja te pregunta, como quien no quiere la cosa, si te apetece ir al mercadillo. Que naturalmente no te apetece nada de nada  pero piensas que, de someterte a tortura, que sea al aire libre que al menos te oreas un poco.
    Un mercadillo es como un centro comercial, pero sin techo ni  mariconadas. No pretendas encontrar en él un Starbucks, un Mc Donalds,  un Apple Store, o un Victoria’s Secret porque no hay. Ni falta que hace.
    Lo primero que uno percibe al entrar al mercadillo es que los estímulos no sólo son visuales sino  también auditivos. Lo que se dice un derroche de marketing total. Esto es: en lugar de una foto en blanco y negro  de un efebo en calzoncillos Calvin Klein marcando paquete Photoshopero con cara de orgasmo indolente, lo que te encuentras es un señor voceando «Animarsus, Marías, que me lo quitan de las manos», «A tres leuros lo tengo«, o «Tengo calzoncillos de marca recién robaos para el marido y el querido». Esto último en particular, vivido en primera persona, se vio adornado por una de las mejores sentencias de la historia de la humanidad después de «Sólo sé que no sé nada» o «Un pequeño paso para el hombre pero un salto del copón para la humanidad». La sentencia en cuestión era:  «Es mejor ser querido que marido, porque por algo al querido  lo llaman querido y al marido gilipicho».  No tengo una idea muy clara de lo que quería decir el camarada Heredia, pero hay que reconocer que la frase tiene enjundia.
    El caso es que a medida que vas deambulando entre los mil millones de puestos del mercadillo, casi todos regentados por uno que se parece al cantante de Camela, como un pulpo en un garaje, un alma en pena o un Amish en un puticlub, te vas encontrando con joyas literarias escritas en cartón del calibre «Tengo el tanga piloto, pa poner al marido como una moto» -que te hacen pensar que Lorca no tenía ni puta idea-  mientras  de forma inadvertida tu pareja ya lleva una bolsa llena con tres docenas de calzoncillos de diseño «Dulce y Camino» y «Calvete Klein» que, ser son bonicos, pero sabes a ciencia cierta que no sólo te van a presionar el escroto en el día a día, sino que además, debido a la natural decoloración del tejido, harán que alternando gayumbo rojo,  amarillo y morado los lunes martes y miércoles, el jueves lo tuyo parezca la bandera republicana. Por tres euros la docena, poco más puedes pedir.
    Luego, aparte del mundo textil está el puesto de fragancias, Eau de Parfum y colonias en general, donde puedes encontrar exquisiteces tales como Manuel Nº 4,13223, que es clavadito al Chanel Nº5 pero sin IVA y hecho en Albacete, o Invictus Interruptus de Paco Rabanal. Todo ello en cómodas presentaciones de 6 litros y te regalan el aspersor. El que huele a chotuno es porque quiere.
    Mención aparte merecen los puestos más molones del mercadillo: los de material vintage, ferrallas diversas y derivados, donde lo mismo te encuentras un single de Los Payos, un radiocasete pa’l coche, un abrelatas de cuando Franco era bachiller, o una lámpara con el cable pelao de las que salen en Cuéntame.  Aquí es donde por primera vez sientes un cierto interés, que es detectado ipso facto por tu pareja, la cual dictará una orden de alejamiento inmediato del puesto en cuestión «porque a ver qué pintas mirando esas mierdas».
    Y te lo dice la que te acaba de comprar gayumbos asesinos para los tres próximos lustros y una garrafa de Invictus Interruptus. Con un par.
    Y les dejo, que me está entrando como una congoja y una opresión que no me deja vivir.
    A ver si va a ser cosa de los gayumbos…