Ataúlfo Corrochano reloaded: la resistencia terrestre frente al caos aéreo

Ataúlfo Corrochano reloaded: la resistencia terrestre frente al caos aéreo

El vuelo salía a las 19:45. Nuestro héroe sabía perfectamente que en materia de aeropuertos no se puede funcionar con improvisaciones. Por ello, con puntualidad de Lord inglés fundamentalista, Ataúlfo se presentó en la cola de facturación de Piltrafilla Airlines con tres horas y 2 minutos de antelación. Había adquirido el billete dos meses atrás por el módico precio de 48,50 euros ida y vuelta para hacer el  trayecto Barajas – Jacarandal de la Babilla y pasar el largo puente estudiando el comportamiento de la gallineta común, muy abundante en la zona. Las gallinetas – y más las comunes – eran otra de las grandes pasiones de Ataúlfo.

Jacarandal de la Babilla había ganado muchos enteros desde la apertura de su flamante aeródromo, que ya movía más de siete viajeros semanales. Incluso en una ocasión llegó a haber una cola de tres personas en el Duty Free, donde se daba salida a los tapetes de ganchillo que confeccionaban los controladores para aliviar el stress en sus tiempos muertos. Optimización de recursos lo llamaban.

Tras poco más de 20 minutos, su equipaje ya estaba facturado, por lo que decidió darse una vuelta por la enorme terminal. Ataúlfo había leído por alguna parte acerca de una leyenda urbana que decía que en una ocasión, un viajero llamado Johann Van Huygens se perdió en el intrincado laberinto y nunca más volvió al mundo de los vivos.  Desde entonces, son muchos los que aseguran que vaga errante por los desagües atormentando a los viajeros que osan aliviarse en la fría soledad de los WC. Así se forjó la leyenda del holandés aerofágico errante. Otros, de forma menos poética,  cuentan que apareció en coma etílico tirado en un lavabo tras haber escrito con su propia sangre «Que os den» en el espejo cuando llevaba 72 horas esperando el embarque. A saber…

De pronto, la megafonía vomitó un inquietante aviso a navegantes:

«Señores viajeros, por razones técnicas desde este momento queda cerrado el espacio aéreo. Permanezcan atentos»

.-¿Permanezcan atentos?, ¡Jodeeeer! ¿Atentos a qué? ¡Ay Diooooooos…. – Ataúlfo sintió un sudor frío que recorría su espalda en imparable descenso, en parte por la gravedad de la situación y en buena medida también, por la gravedad terrestre que parecía ser lo único que seguía haciendo su trabajo contra viento y marea. Trató de calmarse, y decidió que iría a refugiarse en la ventanilla de Piltrafilla Airlines, que al fin y al cabo, era a quien había  confiado su equipaje y su equipo de observación de gallinetas.

Según se iba acercando, observó que todos los mostradores de facturación estaban colapsados y los viajeros más avezados habían comenzado a montar elaboradísimos campamentos donde hacerse fuertes ante el asedio que se avecinaba. Incluso le pareció ver que algunos llevaban sus propios generadores eléctricos y letrinas de campaña – la experiencia sin duda es madre – o al menos madrastra- de la ciencia-.

Ataúlfo abrió su equipaje de mano  para hacer recuento de la munición con la que contaba: un supermóvil con conexión a internet y repleto de música, juegos y pelis con su correspondiente batería de repuesto. Un cargador. Su cartera, con suficiente dinero y tarjetas de crédito para resistir lo que hiciera falta. Un cartón de tabaco, chicles de clorofila para mantener el aliento fresco y el último número de «Gallineta’s Magazine».

Ataúlfo se hizo fuerte entre dos jardineras y una cabina de teléfono, a escasos metros del WC más próximo y justo enfrente de la cafetería. Y sonriendo  de nuevo, se sintió como Viriato, dispuesto a defender la plaza al precio que hubiera que pagar mientras pensaba que no hay nada como ir a la guerra bien provisto de munición.

Las gallinetas tendrían que esperar…

El espacio aéreo y la madre que lo parió

Súbitamente, los controladores aéreos se ponen malísimos que te pasas debido al estrés que, lógicamente les impide hacer su ya de por sí desagradecida y mal pagada labor.  Uno no puede dejar de pensar que en tiempos de zozobra e incertidumbre como los que corren – en realidad todos los tiempos han sido de zozobra e incertidumbre, pero bueno…-   lo mismo es una actitud pelín incoherente, insolidaria, incomprensible, inadmisible,  y todos los «in» que se quieran mentar, incluyendo el in-fantil.

Ya se sabe que el argumento esgrimido cuando se cuestiona su privilegiada situación es el manido «¡Ah! ¡Haber elegido muerte!». Es lo que tiene generar situaciones de privilegio tan extremas. En este país hay mucha gente tanto o más cualificada en sus respectivos  ámbitos profesionales y realizando trabajos infinitamente peor remunerados, que mira tú por donde no se dedican a secuestrar al resto del paisanaje cada vez que les da el flato. Si Nino Bravo levantase la cabeza, tendría que cambiarle la letra a la coplilla aquella:  «Libre como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar…»  y añadirle un sonoro  «… ¡Y una mierda!».

Va siendo hora de reflexionar un poco sobre la sociedad que hemos construido sobre la base de la democracia que, aun siendo el mejor de los sistemas conocidos, es evidente que  hace aguas por bastantes sitios:  una Ley Electoral más que discutible y que ha dado sobradas muestras de ser poco equitativa, una estructura sindical demasiado aposentada en la dependencia económica del gobierno de turno, un sistema financiero que hace ya tiempo que se ha erigido en verdadero órgano de poder  favorecido hasta la náusea a costa de las arcas públicas, un clientelismo político que raya, si es que no sobrepasa, la barrera de lo indecente, una perversión del derecho de huelga como la que estamos viviendo…

Vivimos en un país de desigualdades por mucho que se empeñen en vendernos  lo contrario. Y buena parte de ellas vienen de mucho antes de la Guerra Civil,  aunque bien es cierto que  se han visto sublimadas durante cuarenta años de dictadura infame que aún seguimos pagando aunque el dictador lleve 35 años en la tumba.  Y lo seguimos pagando porque, entre otras cosas, nuestros políticos se empeñan en seguir enfrentándonos instalados en su permanente «conmigo o contra mí», porque seguimos teniendo un país profundamente fragmentado en castas, algunas muy antiguas y otras de nuevo cuño nacidas al socaire de los nuevos vientos,  porque ni siquiera tenemos leyes iguales para todos, porque se muere tu padre  y según de donde seas te sale gratis o por un ojo de la cara, porque seguimos empeñados en simplificar las cosas al extremo de que o se es matacuras o se es fascista rematado.

Y tal vez, sólo tal vez, las cosas no sean tan simplonas y la inmensa mayoría sólo deseemos un poco de cordura y de respeto. De cordura para agarrar nuestra historia por los huevos para ver si de una vez acabamos de comprenderla. De respeto porque para mí tengo que  muchos, quizá la mayoría,  estamos muy  hartos de que nos tomen por imbéciles.

Salud y trabajo, hermanos. Al menos  para el que pueda.

Crónicas escandinavas: cómo redecorar tu vida

Ataúlfo Corrochano  estacionó su utilitario en el abarrotado aparcamiento. En la columna, un cartel de color azul decía que aquello era el sector M42, a unos 400 metros de la entrada. Armándose de valor, se bajó del coche y se sumergió en  la marea humana cargada de paquetes planos y bolsas reciclables. A falta de 150 metros para llegar a la puerta de entrada, esquivó  a una criatura que conduciendo un carrito de forma temeraria se dedicaba a arrasar la rabadilla y los juanetes de todo lo que se meneaba a su alrededor.


Ten cuidadín guapo, no vayas a hacerle pupa a alguien! – Como respuesta, el pequeño cabroncete le lanzó un certero escupitajo justo en medio de la pechera y continuó su camino. Toda una declaración de principios a tan temprana edad. Ataúlfo se vio súbitamente inmerso en una ensoñación de violencia y destrucción masiva de la que despertó al ser abordado por la mamá del infame engendrillo, completamente desencajada.


¡Perdone, es que el niño es de un travieso…! ¡Espere, que le limpio la camisa!
-Es igual señora, no se moleste. Son cosas de críos – respondió mientras trataba de absorber el esputo con un pañuelo de papel marca Hacendado. Y es que, a pesar de pasadas vivencias Ataúlfo seguía siendo fiel a la marca.


Siguió caminando hacia la entrada mientras iba pensando que  Herodes debió ser un tipo majete. Pasó la puerta giratoria, y sus penas se evaporaron de inmediato al verse inmerso en un mundo de luz, color y estampados suecos por doquier. La excitación de Ataúlfo iba en aumento mientras pensaba extasiado en las infinitas combinaciones que podría hacer con las estanterías Garrülensen, disponibles en 18 colores, 14 modelos de puertas y 387 accesorios diferentes entre baldas, cajones, rejillas, organizadores  y colgadores de  jamón. Disimuladamente, cogió 8 lápices y unos 250 gramos de papel que se fueron directamente a la buchaca. Las cosas gratis molan. Completamente obnubilado, comenzó a apuntar referencias mientras la libido se le iba disparando peligrosamente. 


Avanzó por el camino que le iban marcando las flechitas dibujadas en el suelo, regodeándose con los sofás Apalankä, las mesas Jödensen, los grifos Gotëan, las lámparas Alümbrik, las escobillas  Waternlïmp, las mantas Täpaten, los relojes de pared Punktüalsen… 


Ataúlfo, metódico como nadie,  llevaba 18 cuartillas escritas y ordenadas escrupulosamente por pasillos y estanterías. En la sección de menaje se sintió el rey del mambo mientras metía en el carrito 12 copas Täjaten, un juego de café Torrefakt, 2 sartenes Friktängart y un picador de cebolla Llörenson. Sintió que el mundo era suyo mientras adquiría un juego de cuchillos Machëten, un pelapatatas Mönda y 12 cucharillas de postre Empaläga. Naturalmente, añadió a la lista un cargamento de velas aromáticas  Cïrien, 
sus favoritas de toda la vida, 7 bolsas de popurrí Golifäten, y las imprescindibles perchas Kuëlga.


A estas alturas de la película, Ataúlfo estaba próximo al orgasmo y sentía que su vida se estaba redecorando irremediablemente mientras se convertía en un aguerrido guerrero nórdico sediento de batalla. Se dirigió a la salida no sin antes comprar una planta  Hierbäjen, que haría un estupendo avío frente a la ventana de la cocina. En un arrebato de cordura, y cuando estaba a punto de ponerse en la cola de cajas, decidió hacer una arriesgada maniobra evasiva hacia la sección de oportunidades.


Fue  en aquel preciso instante cuando lo vio: un flamante colchón de látex Revölkon a mitad de precio, y la mamá del cabroncete mutante que se dirigía con ojillos de codicia a cobrarse el preciado botín. Sin pensarlo dos veces, Ataúlfo soltó el carro y se lanzó vociferante sobre el mullido artefacto. 


-¡Por Thor y Odín, juro que será mío aunque tenga que morir atravesando las 540 puertas del Valhalla!


Ataúlfo desfiló triunfante  ante la petrificada mamá y el boquiabierto zagal, que en su perplejidad ahora  babeaba sobre su propia pechera. Una vez más, nuestro héroe pensó que la vida merecía la pena. 


El Valhalla podía esperar…



Tarjeta roja

Tarjeta roja para el cabrón que maltrata a su mujer,  a sus hijos, a sus empleados… Para el malnacido que se apropia de los símbolos comunes y los pone al servicio de sus intereses personales o partidistas- tanto da lo uno como lo otro. Para quienes se mueven dentro de la corrección política más estúpida  sólo para salir en la foto. Para los que se escudan falsamente en el argumento de los malos tratos para pisarle la cabeza a su pareja. Para los que miran para otro lado cuando delante de sus miserables narices se está produciendo un genocidio y se apoyan  en la prudencia, en el ya veremos y en la amnesia histórica selectiva.

Para los que se aferran al escaño, a la silla,  al triclinium del poder mientras se deleitan a la romana con el racimo de uvas común como si fuera propio. Para los que viven cómodamente en la oposición esperando que la manzana de Newton se rinda a la gravedad  sin aportar nada. Para los que viven el presente a costa de un pasado lleno de lamparones.

Para quienes se apropian de la Historia dándole la vuelta. Para los que creen que términos como libertad, solidaridad u honradez sólo son reales si salen de su boca.  Para los que consideran que fascista es todo aquel que piensa diferente.

Para los que oyen pero no escuchan. Para los que escuchan pero no aprenden. Para los que aprenden a no escuchar. Para los que ignoran que existen términos neutros que sirven para todos (y por tanto, también para todas). Para quienes se empeñan en reventar la historia y sus símbolos, que aún habiendo sido nefastos están ahí como testigos de lo que ocurrió y no debería repetirse.  En definitiva, para los talibanes del pensamiento político y la indigencia moral e intelectual.   Al final va a terminar por resultar cierto aquello de que «la historia se repite».

Lo que sí parece cierto es que la verdad tiene muchas caras.  Tal vez sea mejor así.

¡La leche con la muñeca!

¡La leche con la muñeca!

Ojiplático  me hallo con el anuncio de la muñeca con sacaleches para promocionar la lactancia materna. Que no es que me parezca mal la cosa de la lactancia natural, y todo eso. ¡Qué va! La cosa es que la muñeca en cuestión, tiene como accesorio un sacaleches de pega con su pera y todo, para que la niña se «extraiga» el preciado líquido y otro miembro (o miembra) de la familia amamante al tierno lactante de polipropileno mientras la niña-mamá está en el cole. No es cosa de que el pelele en cuestión pase hambrota. Faltaría plus.

La muñeca sale por la nada desdeñable cantidad de 40 machacantes, aunque eso sí, es capaz de succionar y eructar entre otras cosas. Desconozco si también suda, tiene flatulencia, le sale cera en las orejillas o pelusillas en el ombligo. Si no lo hace, por ese precio debería hacerlo.

Eso sí, el sacaleches por lo visto se vende aparte por el módico precio de 12 leuros de curso legal

Al parecer, el kit lúdico maternal está avalado por pedagogos y pedagogas muy reputados. ¡La reputa! Vamos, que no acabo de verle el intríngulis al tema del sacaleches.

Digo yo que, ya puestos, habrá que ir pensando en otros juguetes de alucinante realismo.

Para ir haciendo boca, propongo los siguientes:

  • Mi primer kit de fertilización In Vitro (no haré comentarios sobre el sacaleches, aunque ya adelanto que se venderá aparte) 
  • Barbie Superhipoteca Subprime
  • Mi primera melopea de Jesmar
  • Mi primer laboratorio de speed (este, lógicamente lo fabricaría  CEFA)
  • Aprende a traficar con Pin y Pon
  • Aprende a destilar cazalla con la Señorita Pepis 
  • Ken Supersubvención Estatal
  • Trivial Pursuit, Belén Esteban Edition
  • Nancy Farlopilla

Juguetes todos ellos de dudosa calidad educativa, pero de acreditado  realismo.

Pero vamos, que sólo es una idea…

Cómo llamarse Ataúlfo y no morir en el intento.

10 de la mañana de un sábado cualquiera. Llaman a la puerta. Ataúlfo Corrochano, con las legañas aún frescas, posa apresuradamente su tazón de humeante cacao marca Hacendado sobre la mesa de la cocina,  y la mitad del mejunje se le cae por los pantalones del pijama. La otra mitad se reparte entre la sección de deportes de un periódico del día anterior,  y el folleto de Ikea que utilizaba para nivelar una pata de la mesa que, curiosamente, también era de Ikea.  Ironías de la vida.

¡Mierda!– exclamó mientras se iba defecando en todos los santos por orden alfabético. Ataúlfo era un hombre metódico para según qué cosas. Se dirigió raudo hacia la puerta,  perdiendo en el trayecto una de sus descalcañadas zapatillas de felpa. Media vuelta. A estas alturas Ataúlfo, rápido como él solo, ya iba  defecándose por la «E» de San Emeterio. Recuperada la zapatilla, se encara hacia la puerta de la entrada.  Observa por la mirilla y ve a dos hombres de mediana edad impecablemente vestidos, ambos con repeinado flequillo y unos papeles en la mano. – ¡Ufffff!  ¡Estos deben ser del Redondel de Leyentes! – Piensa para sus adentros. Decidido, abre la puerta dispuesto a despedir con cajas destempladas al invasor literario. 
Antes de abrir la boca, el más alto de los dos le ametralla verbalmente:  
Buenos días. Somos de la congregación de los Fedatarios Intesticulares de Cleofás y venimos a anunciar la palabra y traerle la salvación porque sólo aquellos que recojan la semilla y la dejen germinar en sus corazones alcanzarán el Reino de la Luz y vivirán alejados por siempre de la senda del mal.-
Ataúlfo, que  ya avanzaba en su carrera escatológica hacia la «S» de San Sulpicio, comenzó a cerrar la puerta  airadamente mientras acertaba a esgrimir una excusa que en aquel momento  se le antojó cuasi genial:
Oiga mire, que no me interesa… Es que ese ya me lo he leído porque mi hermano es socio y claro, cuando veo en la revista algún libro o algo que me gusta pues ya se lo pido a él y eso… ¡Hale! Buenos días.-

Tras el portazo de rigor, aún perplejo a la vez que satisfecho consigo mismo por la eficacia con la que había defendido la plaza, se dirigió hacia la cocina, donde el cacao del Hacendado iba formando caprichosos reguerillos por doquier. Ataúlfo cogió la bayeta ecológica, y rodilla en tierra comenzó a limpiar el oprobio mientras juraba en copto antiguo por lo bajinis y se imaginaba  prendiéndole fuego a la hacienda y dejando al Hacendado, que ya empezaba a adueñarse del mundo, en la puta miseria.  La venganza es dulce como el cacao en polvo,  y cada uno se venga de lo que le da la gana
Ensimismado  como estaba en sus tareas, no pudo evitar  pegar un brinco al oír el teléfono móvil, descuernándose en el lance contra el borde de la mesa Jödensen.-¡Cagüen los suecos de los…!– Aún conmocionado, corrió hacia el salón mientras el tono del Polvorete se desgañitaba proclamando a los cuatro vientos que el gallo, muy currante él,  se sacudía por segunda vez.
¿DIGA?- 
.-Buenos días, mi nombre es Winston Hernandes y le llamo del departamento de atención al cliente  de Nauseafone. Tengo el gusto de ofrecerle nuestra nueva tarifa «Habla hasta que te salgan nódulos laríngeos» que por tan sólo 23,58 euros al mes…-
.-Mire Winston, perdone que le corte, pero no estoy interesado y...- Ataúlfo se vio sorprendido por el timbre de la puerta que, de nuevo, sonaba insistente. Tiró el móvil encima de la mesa y de nuevo avanzó veloz por el pasillo con la cabeza como un bombo y el escroto humedecido en ardiente cacao. Sin molestarse tan siquiera en usar la mirilla, abrió la puerta mientras el humo comenzaba a rebosarle peligrosamente por las orejas. 
¿Qué quiere?- bufó al borde del ataque de pánico.  Ante sus ojos apareció una muchacha  vestida con eso que ahora llaman «estilo casual», como si se hubiera puesto lo primero que había salido del armario. Todo ello, eso sí, muy conjuntadito y de marca. El coste de los ropajes de aquella mozuela tranquilamente permitiría financiar siete escuelas y dos hospitalillos en Sierra Leona.
¡Holaaaa! ¡Soy Naiara,  de «Trancabares sin Fronteras»! Estamos por la zona solicitando su colaboración económica para desarrollar nuestros proyectos de trancabarismo en pro de la juventud, que…. – ¡Mira bonita!- rugió Ataulfo-  Ahora mismo no te puedo atender porque…- ¡Hombre, no me sea insolidario!- cortó tajante la tal Naiara- ¡Piense que por lo que le costarían dos cafelitos al día usted puede colaborar con una causa justa que…– Un sonoro portazo atronó la escalera dejando a Naiara solidarizada consigo misma y con dos palmos de narices que pasaban por allí.

Mientras, Ataúlfo se dirigió hacia la mesa del ordenador para ver si se le calmaban los furores prostáticos  leyendo el correo electrónico mañanero. Tras seis amables comunicantes  que le ofrecían viagra de pega, relojes Rolex a 12 euros y diversos kits de alargamiento de pene,  lo vio: El amenazante asunto del mensaje no dejaba lugar a dudas: «Reenvíalo, infiel de mierda, o la desgracia caerá sobre tí hasta la decimosexta generación» Básicamente,  si no  reenviaba el mensaje a otros 20 infieles de mierda en los próximos  3 minutos y después pulsaba F6, todas las cuitas del mundo se lo comerían inexorablemente empezando por la  pata derecha. Mientras tanto, le pareció oír la voz de Winston Hernandes, que seguía lanzando ofertas rompedoras  por el auricular del «selular».

Lentamente se levantó, abrió la ventana, y respirando  profundamente lanzó el móvil con ira poco disimulada mientras  consumaba a voz en grito el martirio escatológico de  San Zósimo ante la general sorpresa de los compradores que salían del Mercadona.

Una vez más, el Hacendado había salido invicto y avanzaba hacia la conquista del mundo…