No terminó la historia como debía. Pero el simple hecho de que hubiera comenzado, también entra en la categoría de aquello que no debería ser. Nunca. Y menos, si cabe, con una criatura tan pequeña.

Y como cada vez que ocurre una tragedia de las que se escriben con mayúsculas, en tinta negra y sin florituras, asoma lo más rastrero y lo más sublime de la condición humana. De lo más rastrero no toca hablar hoy. Tiempo habrá. Hoy, lo que toca, es sentir el orgullo de que, por más empeño que se ponga en demostrar lo contrario, no somos un país de mierda. No. No lo somos.

No somos una país de mierda, porque hay una evidente mayoría que merece la pena. No somos un país de mierda, porque hay mucha gente decente, que a la hora de la verdad sabe echar una mano al margen de cualquier otra consideración. No somos un país de mierda, porque salta a la vista que para ello tendríamos que ser, a la fuerza y mayoritariamente, una gente de mierda. Y para mí tengo, y mantengo, que no lo somos.

Y a las pruebas me remito: a pesar de los pesares seguimos en pie, y no será gracias a derrotistas y gente llena de veneno. No será gracias a oportunistas que se dicen amigos del pueblo cuando no conocen más amistad ni querencia que capitalizar lo ajeno, como ajena les resulta toda responsabilidad.

Y dicho esto, ese minero diminuto, hasta el punto de caber por un hueco por el que probablemente no lo haría su pelota favorita, está fuera. Y lo está porque mucha gente formada y profesional pudo dar con la manera de hacer lo imposible en unas condiciones y un tiempo más imposibles aún.Y eso es el resultado necesario de haber sido formados y educados en valores. Y sí: ahí van incluidos ingenieros, geólogos, maquinistas, conductores, bomberos, Guardia Civil, pilotos, un pueblo entero que se vuelca y se moviliza hasta el extremo de tener que pedirles que dejen de traer comida y todo tipo de ayudas…

Toda esa y mucha más gente. Y ocho mineros que salieron de Asturias, donde todos sabíamos que desde ese momento, ese chiquillo iba a salir de ahí. Eso era lo único incuestionable.

Por esta y muchas otras cosas no somos un país de mierda, por más que los próceres, protectores y salvadores de la patria se empeñen en inundarla del fango pestilente en el que acostumbran a medrar a costa de esa amistad inquebrantable que suelen encontrar en lo ajeno.

Toca, pues, honrar la memoria de esa criatura a la que apenas le dio tiempo a empezar a vivir, como le ocurrió a su hermano mayor. Toca respetar el dolor de una familia que ya no puede perder más. Toca reflexionar acerca del potencial inmenso que tenemos como pueblo, muy por encima de banderas, enseñas, pensamiento, o falta de él.

Para otra ocasión queda la cara más vil y miserable que, desde la maledicencia, siempre aparece. No importa que se trate de una guerra o de cualquier otro desastre. Siempre aparece, y hay que señalarla para que su propia vergüenza la devore.

Pero hoy, no toca. Hoy no.

Que eso permanezca.Que eso quede. Que nada de lo bueno se borre nunca del recuerdo. Sin saberlo ni comprenderlo, fuiste capaz de sacar lo mejor de mucha gente buena.

Descansa con tu hermano. Descansa.

Descansa en paz, pequeño…

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