Soy consciente de que esto me va a servir para  catar  los humos y los calores  de la hoguera de las críticas y  del insulto por razones muy diversas, de lo cual me alegro porque es señal de que al menos por el momento se puede hablar.

Dado que al igual que la inmensa  mayoría de la población en España no le debo NADA a NINGUNA  de esas agencias de colocación mafiosas de amigotes en que se han convertido los partidos políticos, sindicatos, la patronal, y otros Clubes de la Comedia  patrios actuales (subrayo lo de «actuales»), NADA tengo que agradecerles ni a los unos ni a los otros.  Y dicho esto,  me explico:

Hace tiempo que mantengo una teoría acerca de la diferencia real entre las posiciones más radicales y sectarias de las mal  llamadas «izquierdas  y derechas democráticas» actuales en España (porque hay varias, no sólo dos) y veo que la realidad viene a confirmar mis sospechas. Ambos frentes hablan del bien para la ciudadanía, de la Justicia, de defender los intereses del pueblo, de la igualdad de todos los españoles ante la Ley (¿Ante  qué ley? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo?). Unos van de matacuras,  otros de beatos irredentos, muchos llevan años viviendo profesionalmente de las rentas del guerracivilismo y de empeñarse en  resucitar a Franco cada cuarto de hora,  otros fueron lobos o hijos de lobos y ahora se han convertido en corderitos filodemócratas de toda la vida de Dios. Y muchos de estos especímenes se permiten el lujo de llamar «fascista» sin saber lo que se traen entre manos ni haber leído dos párrafos seguidos en su puta vida de nada que no sean sus panfletos de cabecera ni habiendo sido cocineros antes que frailes, a todo aquel que se desvíe un ápice de SU pensamiento normalizado y políticamente correcto. Eso sí, todos ellos tienen muy bien aprendido el «usted no sabe con quien está hablando», el «ordeno y mando» y la defensa a ultranza de la poltrona personal maquillándola de justificaciones históricas y éticas que no resisten media colleja dialéctica.

Mis sospechas, que intuyo que son las de millones de españoles, apuntan a que las diferencias que hay entre ambos bandos a día de hoy son puramente estéticas y poco más. Unos llaman blanco al negro y cara al culo,  y otros no dicen si se llama pan o se llama vino, ni si suben,  bajan o se quedan. Y poco más.

Y es que llama poderosamente la atención que los oligarcas, gobernando tanto los unos como los otros, siguen siendo los mismos o como mínimo se apellidan sospechosamente igual y están metidos en todas las salsas. Con la salvedad, eso sí, de que hay que añadir al elenco de nuevos ricos y aprendices de oligarcas  a los procedentes de la política profesional de cazo amplio,  tragaderas ideológicas y personales  incomensurables y cuentas corrientes venusianas, a los enriquecidos a base de especular con el ladrillo, y a la madre de moral distraída que los trajo a todos. Casualmente, algunos incluso  son miembros de  ambas  sectas.

Y digo esto, porque con frecuencia se olvida que la historia de España empieza muchísimo antes de  1936. Lo que ocurre es que las etapas anteriores no dan tantos  réditos electorales, por lejanas, aburridas, o porque «no dan bien en cámara». Pero el equipaje histórico, mal que les pese a algunos, está ahí para quien se quiera molestar en abrirlo y tratar de comprenderlo. Pero, claro está, es mucho más cómodo tirar de consigna preelaborada y repetir como un mantra las paridas que se vaya sacando del orto la cúpula del partido hasta convertirlas en dogmas de fe y de ese modo convertirse en  superguay con opción a puesto público vitalicio.

 Porque me consta que muchos de los españoles que no nos hemos casado con ningún partido, los que comemos de nuestro trabajo y no de prebendas obtenidas a dedo por la Gracia de la Deidad o del viento reinante, los que sabemos lo que vale un café, lo que cuesta pagar la luz y mantener a los nuestros y a los que no son los nuestros, los que sabemos lo que es vivir con la espada de Damocles y la Tizona del Cid sobre nuestras devaluadas cabezas,  estamos HARTOS de comemierdas ideológicos, de vagos, de ineptos, de chulos, de ladrones de alta y baja alcurnia, de financiar la fiesta y los orgasmos ajenos y encima tener  que pagar los platos rotos, fregar el suelo,  bajar la vista al suelo y apagar la luz al salir. Y, claro está,  aún tendremos que estaros agradecidos, salvapatrias y adalides proxenetas de libertades ajenas.

Que nadie se llame a engaño: en este país han  luchado toda su vida  generaciones enteras al margen de colores y partidismos para conseguir un futuro mejor para los suyos y para los que hemos venido detrás. Y desde los años de la Transición, que fue una oportunidad como pocas para reconciliar de una vez a este país de mierda,  toda esta casta de cantamañanas venidos a más se han asegurado de que lo que el dictador había dejado «atado y bien atado» siga igual, cambiando las formas, el lenguaje y, eso sí,  teniéndonos en cuenta una vez cada cuatro años. Pero el caso es que la res publica sigue siendo coto privado y hereditario. Porque hay mucho descendiente y deudor de  la CEDA, del Frente Popular e hijos de Falangistas que llevaron la camisa azul en su juventud pero ya no se acuerdan porque la memoria es frágil.  Porque queda mucho progre acomplejado y mucho fascista de los originales y genuínos y de los de nuevo cuño ahora subidos al carro del sufragio universal y del asiento calentito respaldado por carnés vacíos de memoria y de contenido, pero muy juntitos todos ellos.
 
Por eso, señores del gobierno saliente de infausto recuerdo y dorado futuro, y señores del gobierno entrante      que de momento no sólo no  le han tocado un pelo a los que se han enriquecido a costa de nuestro sudor y encima nos miran con asquete como populacho sudoroso que somos, sino que han empezado dándonos otra patada más en los dientes a las clases medias, que somos los que sostenemos este vodevil, permítanme desde el respeto y la humildad mandarles a todos a la mierda sin billete de vuelta. No busquen nuestro crédito cuando la banca a la que ustedes rescatan y mamporrean con nuestros dineros se lo niegan a las Pymes y a las familias, y si se lo dan es a base de demostrar que no lo necesitan y de endilgarles a cambio seguros de vida y planes de pensiones a precios de usura y condiciones leoninas. Buceen un poco en la curiosa manera que tienen las entidades bancarias de conceder préstamos ICO, por poner un ejemplo ilustrativo,  y sabrán de qué les hablo.

Sigan recortando a los más machacados, a los que tienen agarrados por los mismísimos o por  la goma del tanga,  a los que les sostienen el cotarro, a los que aún tienen algo que perder aunque ese algo sea lo último.  Terminen de rematar a las clases medias, que nos va a ir muy bien a todos.

Y el que venga con historias para no dormir  que argumente y ponga razones sobre la mesa o que calle para siempre, que está todo muy visto y muy sobado como para andarse con idioteces.   Que la Historia, al igual que la sombra del ciprés,  es alargada y aún tenemos memoria. Y se os ve el plumero  a todos a siete leguas de distancia, próceres de la patria. Y nosotros, españolitos como somos,  con estos pelos .

Depositen aquí sus insultos, hermanos.